Rafael Mendoza Castillo
Lucha entre la identidad y el sujeto
Domingo 27 de Julio de 2014
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Inicio estas reflexiones con un pensamiento de Gilles Lipovetsky: “Todos los países, todas las culturas, todas las civilizaciones son movidas por las cinco fuerzas que he mencionado: el mercado, la tecnociencia, las industrias culturales, el consumismo y el individualismo”. Así, ya no hay un solo país que esté al margen de la empresa privada, del mundo de la competitividad y la rentabilidad. Por eso, todo en la globalización se privatiza y se desregula, en nombre de la acumulación de capital en pocos y la producción de pobreza en muchos. En este horizonte se mueven hoy día las identidades. Veamos.
La problemática de la identidad y su sentido exige clarificación, reflexión y crítica, para desentrañar las formas nuevas o viejas, que acompañan sus diversas configuraciones en la historia y, sobre todo, saber hacia dónde son orientadas, por las relaciones de poder y de explotación de los sistemas establecidos. Recordemos que no hay identidad de nada, sino identidad de algo. De ahí que el sentido de la identidad sea el resultado de la constitución del mundo humano. Lo anterior abre la posibilidad de que las representaciones del sí mismo, como valor, norma o creencia, sufran modificaciones o aperturas, como nuevas posiciones frente al mundo y a sí mismo. Como bien afirma Manuel Castells: “La identidad es la fuente de sentido y experiencia para la gente”.
Desde nuestro punto de vista la identidad se inscribe en una triple dimensión, que contempla a la objetividad, la subjetividad y lo práxico. El mundo de la globalización no dialectiza a estos contenidos, sino que intenta una escisión en los tres momentos y esto hace que predomine el sentido de una identidad, cuya representación de sí mismo se coloca en el sometimiento al orden, en que marchan las cosas de la objetualidad, en la economía o la inmediatez de las certezas.
La otra separación hace, del sí mismo, un yo que se imagina que todo lo que existe está a disposición de sus caprichos, deseos y aspiraciones (individualismo). El algo como otro desaparece y el yo gira al infinito, sin límite alguno. Como cita correctamente a Lacan, Anthony Elliot: “El yo representa un mundo imaginario de totalidad y plenitud, es una defensa psíquica que pretende enmascarar las dolorosas contradicciones del deseo”.
Por último, el algo como representación del sí mismo, al quedar cristalizado en lo objetual o lo subjetual, en la tercera dimensión, lo práxico, se traduce en un practicismo o accionalismo que apoya, al final de cuentas, al otro como orden, como amo, como conservación, como tragedia, como sumisión, como derrota o comedia.
La cuestión de la identidad no es un sentido que aparezca patente o claro ante nosotros mismos. De ahí la necesidad de invitar a los lenguajes de lo reflexivo, lo antropomórfico, la filosofía, el psicoanálisis, la sociología y antropología para explicitar, discutir y clarificar, la configuración de las identidades individuales y colectivas.
Es importante colocar la pregunta por la identidad en las configuraciones del mundo histórico, en cuyos contenidos aquélla se ha venido constituyendo. Colocado el problema en los escenarios del mundo, podemos entender el porqué una identidad se puede quedar al nivel de lo natural, esto es, de la necesidad, del instinto, de los hechos o también al nivel de la fantasía, de las ilusiones o la clausura del sí mismo.
Así intentaremos ir más allá de estas identidades e inscribir a la persona, al individuo y al ciudadano, en el lugar de una distinta subjetivación como fundamento, de donde emerjan los fines, las direcciones, las opciones, las utopías y los principios de la existencia. Como bien dice Severo Iglesias: “Lo opuesto al sujeto es la totalidad social, ésta se construye con las relaciones generales de la vida social (educación, costumbre, trabajo, etcétera) de los objetos (producción para el mercado, relaciones dinerarias, etcétera) y de las actividades (formas de acción pública, jurídicas, etcétera)”.
Ya no la identidad que se funda en el deber, en el conocer, en la creencia, la ilusión en el trabajo productivo, el goce, sino que a partir del sí mismo acceder, por mediación del sujeto, al fundamento de la libertad, como la condición que hace acontecer. Por eso, Sigmund Freud empezó por quebrar los absolutos del yo, mencionando la herida de Copérnico, de Darwin y la propinada a la conciencia por él mismo.
El mundo que nos toca vivir presenta una multiplicidad de concepciones, ideologías, creencias, valores, conocimientos y patologías, que están ocupando los espacios del ideal del yo. No vemos en el horizonte una fuerza real o conceptual que se oponga a la colonización de la representación del sí mismo.
Este último se aliena por la saturación de invitados a su casa (consumismo). Lo cierto es que el escape es hacia el simulacro de sustitutos como la riqueza, el poder ilimitado, la corrupción, la impunidad como formas de vida, las pequeñas cosas individuales, el egoísmo y el cultivo mercantilizado del cuerpo. Estos hechos promueven las identidades del dejar-hacer, dejar pasar y su ilusión es: vendrán mejores tiempos (futuro) o tiempos pasados fueron mejores (pasado). El presente se vació de contenidos, no hay memoria histórica, todo vale y donde todo vale, nada vale.
El algo que configura la identidad en el sujeto, no accede ni se internaliza por una vía mecánica directa, sino que lo hace a través de mediaciones (habitus), en relaciones con el continuo societario; éste se representa como depósito o fuente de hechos, objetos, acontecimientos y se configura por tres planos: natural, civil y político. En cada plano existen formaciones de conciencia, la identidad es una de ellas.
En el plano de lo natural, la persona se identifica con la conservación y la reproducción de la especie, es la existencia del hombre en cuanto vida organizada a su manera. Aquí se localiza la familia y el nacimiento del yo, por la vía de la identificación y la imagen del semejante. La identificación es, entonces, un fenómeno psíquico, mediante el cual se construye la imagen de lo humano (fenómeno social) en relación con el otro (fenómeno psíquico-social).Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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