Hugo Rangel Vargas
Reformas: de Acapulco a Atlacomulco
Viernes 15 de Agosto de 2014
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Nadie puede llamarse a sorpresa, o al menos nadie lo ha desmentido: Enrique Peña Nieto ha dejado en claro que él, en el último episodio de su telenovela rumbo a la Presidencia de la República y mientras estaba en el gobierno del Estado de México, creyó “que el país requería un profundo proceso de reformas. Por ello expresó a través de una serie de artículos difundidos en la prensa y de una publicación editada en 2011, un conjunto de ideas para proponer soluciones concretas a los grandes problemas nacionales”.
Así festina la oficina presidencial en un artículo suscrito por Enrique Peña Nieto en su portal de Internet el 12 de agosto, sus triunfos convertidos en el vilipendio opositor del Pacto por México. La ironía no pudo ser más grotesca para una oposición devenida en caricatura y cuyo único asidero es el pataleo de las consultas ciudadanas que en diferentes temas, tanto Acción Nacional como el PRD, han abanderado como discurso político rumbo a la elección de 2015.
“El resultado de este proceso inédito (epígrafe socarrón al Pacto por México) es un paquete de once reformas estructurales que habían sido aplazadas por décadas y que hoy son una realidad”. Así sintetiza Peña Nieto el olvido y el engaño a una oposición que fingió creer, o creyó, en la palabra presidencial de un mandatario emanado del PRI.
Pero es que apenas y pueden decirse opositores quienes desde la izquierda presentaban una cara negociadora en agosto de 2012, en Acapulco, aun cuando no se acababa de enfriar el cadáver electoral de Andrés Manuel López Obrador y mientras una buena parte de los que se declaraban estar dentro de los 16 millones de votos obtenidos por tal candidato en la elección de 2012, sostenían sendos cuestionamientos al triunfo de Enrique Peña Nieto.
El trayecto ya estaba claramente definido, la oposición dócil acudía a una luna de miel con el régimen en Acapulco y la verdadera oposición permanecía fragmentada en dos flancos: el que se agazapaba en la remembranza de las luchas históricas del cardenismo, mientras esperaba lo que hoy es claramente visible, el desollamiento del país, y el que se lanzaba a las calles sin más consigna opositora que la catarsis popular del grito abierto.
Nada fue más claro después de Acapulco, reunión eufemísticamente llamada cumbre de la izquierda electoral a la que no asistió ninguno de sus ex candidatos presidenciales; ni hubo mucho que decir después de la Declaración Política de Guerrero: el camino de Enrique Peña Nieto se había allanado sobre los restos de una democracia aún cuestionada en los órganos electorales debido al dispendio de recursos del candidato priista a la Presidencia de la República.
El trayecto de ese colaboracionismo tenía sin embargo un fin marcado: el despojo celebrado en Atlacomulco hace apenas un par de días en el marco del Aniversario Luctuoso de Isidro Favela, en el que Enrique Peña Nieto celebraba los logros de sus reformas estructurales. Del puerto guerrerense a la ciudad mexiquense no sólo existen 444 kilómetros de distancia por carretera, hay también una ruta de extravíos, traiciones y despojos de los que deben de dar cuenta miles de mexicanos.
Once reformas estructurales han sido fundamentales en la agenda presidencial, pero han dejado en el extravío a muchos de los 95 puntos acordados por la oposición en el Pacto por México. Oposición que, sin embargo, accedió, desde su firma, a las mal llamadas “letras chiquitas” de las reformas Energética, Educativa, Financiera, Política y de Telecomunicaciones.
El Pacto por México ha construido además, en su trayecto de Acapulco a Atlacomulco, la traición de la oposición a su base social. Por ello es que hoy el PRD pretende relanzar su discurso a la calle con la consulta ciudadana en materia energética y quizá alguna justificación similar encuentren los panistas con el llamado a un ejercicio análogo, en el tema del salario mínimo.
Pero el mayor damnificado de esta vorágine que corrió de la costa del país a la parte alta de la República han sido los ciudadanos, despojados ahora de cualquier alternativa verdaderamente opositora. Entramada en el laberinto de la reelección, la clase política tendrá que enfrentar el juicio de la sociedad desde sus espacios burocráticos y sus curules, posición cómoda para enjuiciar a los verdaderos opositores que siguen lanzándose a las calles a la construcción de ciudadanía.

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