Columba Arias Solís
Responsabilidades
Jueves 25 de Septiembre de 2014
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Por donde quiera que se le mire, es una desgracia para el país y para el estado la colusión de personas de diversos sectores de la sociedad con la delincuencia organizada o no; como lo es también el ejercicio indebido de las funciones públicas que derivan en la comisión de delitos contra el propio estado, y los juicios mediáticos antes o en lugar de la investigación seria y apegada a las disposiciones legales.
De video en video un juego perverso, sádico, se pone en ejecución -¿por quién?- para ocupar el tiempo y el espacio de ciertos sectores en la adivinanza de los próximos actores que compartirán el escenario mediático con el más famoso líder delincuencial, circunstancia al parecer indispensable para que la autoridad proceda a la investigación correspondiente.
Algo o mucho está podrido en este país, en este estado, desde hace tiempo y ahora para que tantos y tan disímbolos personajes de toda laya y condición se encuentren inmersos en esa red de ilicitud que ha cobrado tantas vidas, patrimonios y penas a otra parte de la sociedad.
Por años, los villanos favoritos del imaginario colectivo han sido las instituciones del Estado por el uso y abuso de la función pública, la corrupción, la inaplicación de la ley, las relaciones peligrosas que derivaron en el grave estado de inseguridad a que se ha sometido a tantas poblaciones en el país.
A propósito del último video presentado en conocido noticiario nacional, en el que se evidencian a periodistas, el investigador Lorenzo Meyer exponía: “La falla no la encuentro tanto en la prensa, sino en el Estado, en el poder público que a lo largo de mucho tiempo fue permitiendo que se degradara la situación en Michoacán hasta llegar a crear un Estado en la sombra”.
Según Meyer “saliendo del campo de la prensa y yendo a nuestro sistema político, donde la gran falta, la gran responsabilidad política y moral hace que un montón de gentes tengan una respuesta ambigua ante la ilegalidad. Saben que están haciendo cosas ilegales, que se pueden beneficiar de eso, pero que no se pueden salir tan fácilmente, porque el costo sí es alto”.
Para el politólogo, “en el caso Michoacán el Estado es el que incumplió”. Y cita a Hobbes para ejemplificar: “Si el estado o el príncipe tiene sentido es porque es capaz de asegurar la vida y los bienes de los súbditos, pero si no lo es, carece de sentido, no hay por qué pensar que existe, ni hay que tenerle respeto”.
Ciertamente, el primer obligado a garantizar la seguridad y los mínimos de bienestar a su población es el Estado, sus instituciones, sus autoridades, empero ¿qué pasa con la responsabilidad de esa sociedad de donde han emergido aquellos que luego se convierten en sus propios verdugos? ¿Por qué quienes se erigen como voceros de eso que llaman sociedad civil -férrea crítica de gobernantes y políticos- no asume la responsabilidad que también se tiene desde la ciudadanía indiferente, la falta de solidaridad, la complicidad, la sumisión y la complacencia con el estado de cosas?
Hace unos años lo escribía Luis Astorga (2007) señalando que es un mito la existencia de un rechazo generalizado de las actividades de los narcotraficantes -en este caso de la delincuencia- “la mayoría no protesta. El grado de protesta está en función de dos factores: el dinero y el nivel de vida, más que en la ley y la moral. Ejemplo de ello -decía Astorga- es la clase política y empresarial de Nuevo León, a la que la presencia de traficantes no le quitaba el sueño, cuando los traficantes sólo vivían, invertían y lavaban dinero en el estado y mataban en otros lugares del país”.
Por su parte el investigador Alejandro Jiménez Ornelas, se refería a “la sociedad que ha fomentado un excesivo individualismo como mera unidad de consumo, pero escasamente ha brindado al individuo un tipo de vida en comunidad o ha ofrecido una escasa influencia en las decisiones de su entorno social”. El investigador atribuye que en el fenómeno los medios tienen un papel muy relevante, porque son los encargados de llevar los mensajes a todo el mundo, a todo ser humano. Ellos son -señala- en parte los responsables de unificar a la tierra bajo los mismos parámetros ideológicos. Son los instrumentos socializantes más fuertes en la actualidad, pues han sustituido en gran medida la importancia que tenían los antiguos, tales como la escuela, la familia o la Iglesia.
Es claro que en esta sociedad se ha fallado desde la formación, la educación familiar, que no es toda responsabilidad de las instituciones. Es en la familia donde en la más temprana edad se influye y se inculcan o no los valores que van formando el carácter del individuo. Hay una pérdida de valores en la sociedad, que como señala Victoria Camp (1994) es indispensable recuperar, porque los valores éticos -en crisis- “son los valores sencillamente humanos” que siempre han nombrado defectos, faltas, algo de lo que carecemos pero que deberíamos tener.
Hay una corresponsabilidad con el estado de cosas; no solamente han fallado los gobernantes, ha fallado la sociedad, esa parte de la misma coludida o complaciente que propaga la máxima del poder y el dinero como fin único y forma de vida, y esa otra indiferente y falta de solidaridad.
Recuperar los valores éticos, restaurar el tejido social profundamente dañado, son tareas urgentes que el Estado y la propia sociedad deben emprender.

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