Carlos Enrique Tapia
Migración México-EU
El discurso de odio, practicando el odio
Miércoles 22 de Octubre de 2014
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Los estudiantes normalistas asesinados y desaparecidos no sólo son buen ejemplo de la complicidad de gobernantes y delincuentes, la omisión y abandono del Estado mexicano a los ciudadanos, la vulnerabilidad de los jóvenes; son también parte de una franja creciente de ciudadanos odiados.
A raíz de los terroríficos sucesos de Iguala, en algunos medios impresos y electrónicos y entre el ciudadano común ha crecido un discurso que pretende minimizar a los normalistas, culparlos de lo sucedido y justificar su asesinato y desaparición. Es un sector pequeño y oscuro, pero alimenta el odio.
En Michoacán, por ejemplo, un perfil en redes sociales, de un grupo que se asume como “independiente”, difunde y alimenta un discurso de odio. Con improperios, insultos y amenazas, los administradores lo aprueban, sus apoyadores, infaman y arremeten contra los normalistas michoacanos.
La difusión de algunas entrevistas de sobrevivientes del ataque y desaparición, narradas en lenguaje crudo y directo sobre cómo los policías amenazaron, acorralaron, balearon y maltrataron a muchos de los normalistas, muestra la animosidad de la autoridad hacia los normalistas. Animosidad que se ha ido transmutando en odio, el cual del discurso pasó a la práctica esa fatídica noche en que fueron asesinados tres jóvenes y desaparecidos 43. Los encargados de la seguridad pública al parecer sacaron su odio bajo órdenes expresas del gobierno municipal de Iguala.
No justifico las acciones de los normalistas, pero su caso muestra con nitidez el sentir, discurso y deseo de algunos sectores de la población derechizados, proclives a golpear por un modo de vida que fanatiza el individualismo, el consumismo y los discursos de autoayuda y superación personal.
El origen social de los normalistas, indígenas y mestizos marginados y pobres, politizados y dispuestos a luchar por sus derechos, molesta a muchos mexicanos que se identifican con orientaciones políticas y partidistas que tienden a desmovilizarlos después de las elecciones, porque únicamente así les son útiles.
La creciente derechización de amplios sectores medios acríticos que observan la vulnerabilidad de su posición económica y social golpeada cotidianamente por el desempleo, presiones inflacionarias, empleo precario, abandono y utilitarismo gubernamental, perciben a los normalistas como amenaza a su inestable estatus.
Este contexto se sustenta en la estrategia de “guerra irregular” o “guerra sucia” implementada por Felipe Calderón con el apoyo de Estados Unidos y su partido, el PAN, y la creciente subordinación económica y energética; políticas que criminalizan a los jóvenes y no les garantizan un camino lejos de la precariedad.
Las llamadas “reformas estructurales” llegaron para reforzar esa subordinación y para favorecer a la plutocracia. Son incapaces de generar desarrollo, empleo, bienestar y una expectativa distinta para los jóvenes y los mexicanos en general.
El discurso de odio tiene en este contexto social, económico y político, su mejor caldo de cultivo. La movilidad social prácticamente se ha cancelado, el desempleo entre los jóvenes de los sectores medios impulsa a muchos a competir descarnadamente por puestos de trabajo y salarios precarios.
La movilización de los normalistas molesta y estresa en una sociedad en la que el mercado impone las reglas del capitalismo salvaje, mientras la situación de los jóvenes normalistas es percibida como amenaza y supuestamente privilegiada. A los sectores medios no les interesa el origen precario de estos jóvenes.
Muchos jóvenes de los sectores medios, de raíz conservadora y derechista, ultra individualizados, consumistas, peleando por las migajas que el mercado reparte, al atravesárseles los normalistas con sus marchas, mítines y reclamos, se estresan y los ven como obstáculos que finalmente son destino de sus frustraciones y odios.
La actitud de los policías, de similares orígenes que los normalistas, se mezcla con su propia precariedad, subordinación a los poderes locales, corrupción y vínculos con la delincuencia organizada. No es nada más que cumplieran órdenes, también sus frustraciones y odios hacia su situación y el otro intervienen.
Coincido parcialmente con la retórica y tibieza de Enrique Peña Nieto, cuando afirma que Iguala es un reto a las instituciones y la sociedad. Lo es también para el PRI y su gobierno. El PAN operó con la estructura que heredó del PRI, haciendo de la corrupción normalidad. El PRI retomó lo que dejó potenciado el PAN.
El actual partido en el gobierno supuso que la sociedad no había cambiado. El PAN, con sus políticas neoliberales, desprecio a los jóvenes y las mayorías, exacerbación del conservadurismo, derechización de amplios sectores y la lucha de grupos y organizaciones civiles, contradictoriamente cambió a México.
La sociedad mexicana, por un lado, se abrió a la democratización acotada, organizándose, reclamando por sus muertos y desaparecidos producto de la guerra de Calderón, y por otro, se exacerbó el conservadurismo y derechización de las capas medias en franco colapso. El tejido social se rompió también.
En este marco, es importante reflexionar sobre la ilusión de modernización que las élites políticas, representadas por PAN, PRI y PRD, y las élites económicas impulsan, mientras más de 50 millones de mexicanos están estancados en la pobreza y marginación. Un México excluyente.
La exclusión, el capitalismo salvaje, la ilusión de modernización, la democracia acotada, el cinismo de las élites políticas, la impunidad, corrupción y complicidad, además de las interacciones y vínculos con la delincuencia organizada, promueven también ese discurso del odio.
En México la discriminación y el racismo son un hecho. Indígenas, mestizos pobres y marginados, gente sexualmente diversa, discapacitados, entre otros, son motivo de exclusión y odio. No es sólo que la sociedad mexicana sea conservadora, con amplios sectores derechizados, son actitudes normalizadas.
Los normalistas, muchos indígenas y mestizos pobres y marginados excluidos de la ilusión de modernización, subordinados a los poderes locales, abandonados por el Estado mexicano, reprimidos por el gobierno, son blanco de ese discurso del odio, el cual fue puesto en práctica la fatídica noche de asesinato y desaparición.
En los últimos días el gobierno federal ha estado filtrando información a sus “comentócratas” oficialistas, buenos alimentadores del odio, sobre supuestos nexos de los normalistas con el narco y la guerrilla. Este es quizás el gran motivo por el que la localización de esos jóvenes no sucederá.
Dichas filtraciones exhiben a las élites políticas, burócratas y periodismo oficialista en una execrable conducta: alimentadores del odio, carroñeros, quienes muestran su desprecio por ese México pobre, marginado, excluido, que no se somete a la ilusión de la modernización y las dádivas del Prospera.

Sobre el autor
Antropólogo social, doctor en Historia. Colabora en Cambio de Michoacán desde 1996, con una breve interrupción en 2001-2003. Se especializa en estudios migratorios, en particular la historia y problemática actual de la migración México-Estados Unidos, Michoacán-Estados Unidos, y problemas relacionados con políticas públicas, desarrollo socioeconómico, tendencias políticas y partidistas, participación ciudadana. Por ello dedica también sus columnas a entender y analizar el rumbo social, económico, político y cultural de Michoacán y México en general, desde una perspectiva crítica y ciudadana.
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