Aquiles Gaitán
Honor a quien honor merece
Martes 3 de Marzo de 2015
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El próximo sábado 7 de marzo se celebrará el Bicentenario de la Instalación del Primer Tribunal Superior de Justicia de la Nación, en 1815, en el pueblo de Ario, Michoacán, hoy Ario de Rosales, se reunieron por primera vez los tres poderes del México independiente, en plena lucha por la libertad y la construcción de la nación mexicana, en efecto, Morelos, Liceaga y Coss integrantes del Ejecutivo, el Supremo Congreso Mexicano, del Legislativo y con la integración del Supremo Tribunal de Justicia por el licenciado don Mariano Sánchez Arreola, como presidente, los licenciados José María Ponce de León, Mariano Tercero y Antonio de Castro, como ministros, y el licenciado Juan Nepomuceno Marroquín, como secretario, se constituyó Ario, en la sede de los tres poderes; las actas levantadas con ese motivo y durante los días siguientes tienen anotada la frase “Palacio Nacional en Ario”.
Soy un ariense orgulloso de sus orígenes y del origen de mi pueblo del comportamiento heroico de sus habitantes, de nuestros antepasados, en la Guerra de Independencia, de su actitud republicana durante el imperio, todavía nuestros padres y abuelos contaban historias de la tradición oral de sus familias, contaban que los Alba, entonces dedicados a la arriería, como muchos del pueblo, transportaba un cargamento de cajas con documentos cuando los apresaron y les quitaron todo, hasta la vida. Eran los archivos del Tribunal; un acta del Tribunal quedó en el pueblo y fue pasando de mano a mano hasta llegar por conducto de Diódoro Gaitán, a manos del licenciado don Jesús Rodríguez Gómez, originario de Ario, nieto de don Trinidad Gómez, otrora el hacendado más poderoso y acaudalado de Ario, de aquellos hombres que la acordada escoltaba en su paso por la vida y sus haciendas. Don Jesús investigó desde su oficio de historiador y abogado, sin problema alguno para sufragar gastos, como dueño que fue de instituciones financieras hipotecarias, convocó a sus amigos, al estimado y querido licenciado Antonio Martínez Báez y al profesor don Jesús Romero Flores, el ultimo constituyente del 17, a investigar sobre el tema en el Archivo General de la Nación y siguiendo la pista de los Alba, hasta llegar a encontrar en la universidad de Austin, Texas, parte del archivo del Tribunal y de los insurgentes.
La tenacidad, el ahínco, el entusiasmo de esos hombres, descubrió una parte de la historia que no estaba documentada por los historiadores, para ellos, vaya un reconocimiento público a su modestia personal y a su perseverancia sobre el tema, sin ellos, la obscuridad y el olvido estaría cubriendo todavía la historia de mi pueblo y la misma historia de las instituciones de este país, que se debate entre el fetichismo reformador, los municipios miserables y las comunidades indígenas confundidas, entre la estructura constitucional y los usos y costumbres.
El pueblo de Ario asediado por Iturbide, fue incendiado en las cuadras de la plaza, las cercanas a la plaza y la Calle Real, los hombres del pueblo y los soldados insurgentes, pelearon a muerte contra las tropas de Iturbide, mientras los insurgentes se retiraban por los diversos caminos de la sierra rumbo a Puruarán, a Uruapan, a Apatzingán, a Churumuco, rumbo a Atijo. El pueblo se dividió en dos grupos, los que tenían tierras y ranchos en la parte norte, se fueron con los Padilla, al Cerro de la Barra, y los que tenían tierras y ranchos en la parte sur, rumbo a Tierra Caliente, se fueron a un llano por el rumbo de la Hacienda de Buena Vista, donde acamparon hombres, mujeres, niños, ancianos con sus pocas pertenencias y animales, con la desgracia que siguiendo el rastro, Iturbide y sus huestes llegaron a su campamento y los masacraron, los asesinaron sin dejar vivos ni a los animales; a ese lugar de sacrificio se le conoce hasta hoy como el “potrero de las ánimas” porque los cadáveres permanecieron insepultos durante mucho tiempo pues no hubo quien se arrimara a la escena dantesca y a la peste. En memoria de esos arienses, que ofrendaron su vida o fueron víctimas de la masacre, como lo dije una vez en un discurso en la plaza de Ario, sea ¡mil veces maldito! Agustín de Iturbide.
Ya no vivo en Ario, porque no pude con la pena a la muerte de mi padre, porque todo se acaba con las copropiedades y los intestados, pero en mi corazón y en mi memoria, permanecen intactos los recuerdos, los rostros, los rincones, los barrios, las calles, los cerros, el de San Miguel, el de la Barra, el del Castillo, el del Bosque, el de la Gotera, el de la Chuparrosa, el del Arriero, los caminos reales, ¿Dónde quedaron los caminos reales? Y los arrieros, y los mesones, la barranca honda, el Río del Contembo, las cuevas de San Miguel, el Río del Pueblito, el del Paso Real, El Bacín, en rancho de Cañas, el ojo de agua de Los Negros, que se lo quieren apropiar las autoridades municipales perredistas de Nuevo Urecho, ese Ario ahí está, y es el que hoy celebra el Bicentenario de la Instalación del Primer Tribunal de Justicia en la Nación.
Todavía no termina el regocijo y la remochina que se armó con la aprehensión de “la cereza del pastel”, ya nomás faltan los pedazos del pastel; siguiendo el rastro de los pasteles para el cumpleaños, cayó la res, el principio del fin está muy claro, pero para consolidar una derrota habrá que aniquilar al enemigo, Morelos tocaba “a degüello” y los pintos sacaban las dagas y tranchetes, nunca había prisioneros.
No entro en los detalles históricos del Tribunal, otros lo harán con propiedad, pero quiero dejar un testimonio conmemorativo, dando honor a quien honor merece.

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