Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Jueves 5 de Marzo de 2015
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El debilitamiento de la estructura institucional, las rupturas del tejido social, la pérdida de la credibilidad, la violencia y la inseguridad, en el marco de profundas desigualdades sociales, son apenas algunas manifestaciones visibles de la crisis de la sociedad michoacana.
Cuando las viejas soluciones ya no sirven para resolver los problemas, entonces se habla de crisis; consecuentemente, lo que se hace necesario es el encuentro de soluciones nuevas, relacionadas con los cambios profundos en los diferentes componentes de la sociedad, en su estructura y funcionamiento, en su modo de hacer, de sentir y de pensar.
Crisis es imposibilidad para continuar avanzando con la utilización de los métodos tradicionales, en un proceso de crecientes dificultades y pérdida de cohesión de la sociedad que puede alcanzar fácilmente los niveles de decadencia, cuando prácticamente nada se puede recuperar y todo tiene que construirse de nuevo. Evitar la decadencia significa resolver la crisis con cambios reales; su simple administración es el peor camino, puesto que las crisis nunca se resuelven solas.
En Michoacán, el empleo, la pobreza, la marginación, la migración, la educación, el dinamismo rural y urbano, el florecimiento del arte, el debate de las ideas, los ánimos colectivos, las oportunidades y el desarrollo humano pleno no han tenido las respuestas apropiadas por los medios y los instrumentos institucionales hasta ahora disponibles.
Se ha insistido en que Michoacán necesita atraer inversiones nacionales y extranjeras. Sin embargo, todo indica que la entidad no es competitiva para atraer esas inversiones. En el pasado se afirmaba que el movimiento obrero michoacano desalentaba los negocios por las exigencias de los trabajadores. Hoy se afirma que con inseguridad, delincuencia organizada y narcotráfico es imposible estimular la inversión para generar crecimiento y empleos; ello aparte de las infraestructuras físicas y de capital humano manifiestamente deficitarias.
No hay, en consecuencia, reactivación del campo, con excepción de las líneas agroexportadoras, mientras que en la industria sólo el enclave de Lázaro Cárdenas parece tener importancia. En los servicios es el anuncio de grandes proyectos, en tanto prolifera la informalidad de las ocupaciones, la pobreza rural y urbana se incrementa y el éxodo de michoacanos desesperados es una realidad inocultable.
En política, que incluye a las instituciones públicas y los partidos políticos, el hastío constituye la característica fundamental, la credibilidad y la confianza están a la baja en los partidos, los políticos y las instancias gubernamentales. ¿Para qué ha servido la democracia?, es una interrogante que muchos se han formulado. Los acuerdos cupulares sustituyen la participación ciudadana, las inercias partidistas hacen publicidad sin formar conciencia, la inteligencia ciudadana es menospreciada y la manipulación emerge como herramienta principal de la política.
En el ámbito de la conciencia, las ideas han sido sustituidas por un pragmatismo que busca ventajas en todo, extendiendo el método de los cálculos de rentabilidad para medir el éxito en pesos y centavos, ganados fácilmente y cuanto antes, mejor. La cultura del esfuerzo ha sucumbido. Sin confrontación, debate y crítica, todo lo que existe sólo intenta perfeccionarse sin ningún cambio de fondo. Por eso la justificación prevalece sobre el cambio real.
La crisis de Michoacán incluye, por otra parte, la vida subjetiva de la sociedad, la forma como se miran, se sienten y se comprenden los hechos objetivos. Este nivel de crisis tiene como características, entre otras, las dudas y desconfianzas, la pérdida de valores, costumbres y creencias y, por tanto, pérdida de identidad, prevalencia de lo inmediato, la prioridad del parecer por el ser, los profundos y extendidos miedos colectivos y la sustitución del optimismo por la angustia ante el presente y el porvenir.
Condición imprescindible en la superación de la crisis es la consecuencia que de ella se tenga. Tratar de ignorarla o negarla significa perder la oportunidad que ofrece la realidad como motivación para el cambio. Se ha dicho con acierto que ningún problema se presenta ante la conciencia antes de que existan las condiciones objetivas de solución, y que todo problema contiene los elementos para solucionarlo. Importa, en consecuencia, determinar las condiciones en que los problemas surgen y derivar de su análisis las formas para resolverlo.
El gran desafío en los años venideros consiste en devolverles a los michoacanos las condiciones sin las cuales ningún propósito es viable, despojarlo de sus miedos y devolverle la confianza en sus capacidades para verse reflejado en la grandeza de sus propias obras.
El primer paso consiste en comprender la realidad en que vive, después de los ensayos cotidianos de propuestas ante todo y por todo, dispersas, incoherentes y aún inútiles, en tanto que en el fondo sirven a lo mismo que se trata cambiar. Este primer paso consiste en debatir la realidad para derivar las ideas que unifiquen la voluntad de la sociedad en fines compartidos y en el uso de medios adecuados para conseguirlos.
Michoacán ya no puede resolver su crisis sin los grandes cambios. El sentido y los ritmos de estos cambios dependen de los michoacanos mismos.
Los michoacanos, al igual que los mexicanos, suponían que con la globalización –más particularmente la modernización– a la que fueron convocados, al corregir los fundamentos económicos de la sociedad, los problemas de la justicia social se resolverían automáticamente. La confianza fue depositada en la dinámica de los mercados para crear riqueza y resolver de tajo la desigualdad. Hoy las realidades y sus proyecciones no pueden ser más frustrantes y desalentadoras.
Por su parte, la estructura institucional necesita reorientarse de acuerdo con propósitos definidos en el debate y la confrontación de ideas; de hecho, las circunstancias objetivas propician la reconsideración del rumbo histórico como oportunidad única, no sólo para disponerse a reparar daños, sino para replantearse las cuestiones esenciales que afectan los grandes ideales de los michoacanos.
Razón necesaria será la actitud realista para distinguir entre lo deseable y lo posible en un mundo polarizado, soberbio y peligroso. Los ricos entre países, grupos y personas han acumulado demasiada riqueza e influencia política, junto a una incapacidad igualmente gigantesca para comprender el origen de sus fortunas y posibilidades de decisión sobre los destinos colectivos. Los fundamentos éticos del presente están en entredicho porque la desigualdad implica que los muchos carezcan de oportunidades, mientras que los pocos las tengan hasta su derroche, en el espíritu egoísta y de ambición sin límites como principios rectores de una época cuyo fin es percibido como inevitable.
En grandes líneas podría señalarse que se ha construido desconfianza y pesimismo, grandes dudas y grandes desalientos entre los michoacanos. Con un pueblo, con una sociedad desanimada, no hay motivos para el compromiso, conduciendo a que cada quien se aísle y sobreviva como pueda. Así, nada grande puede hacerse.
Los problemas de Michoacán están llegando a su límite. En la cabeza de los michoacanos el hartazgo y la falta de rumbo mueven sus actitudes y su conducta. Nada es igual a lo conocido. La realidad no puede contenerse con la simulación y la mentira. Los grandes cambios son inevitables, en un sentido o en otro, depende de lo que los michoacanos decidan ahora.

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