Gerardo A. Herrera Pérez
Debatamos Michoacán
Bioética, persona y sociedad
Miércoles 1 de Abril de 2015
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Cada día, nuevas investigaciones nos acercan a conocimientos y nos permiten identificar y conocer desde la teoría y la epistemología distintas conductas humanas. Este es el caso de las diferentes investigaciones que hoy se realizan en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UMSNH, en el Posgrado de Derecho.
Investigaciones que construyen a favor de la igualdad, del respeto de la dignidad humana, que hacen caer estigmas y estereotipos, pero también prejuicios que han dañado históricamente a la sociedad.
En esta ocasión comparto las líneas de investigación y planteamientos que desde la ciencia acerca el maestro en Derecho Julio Bermúdez, cuya tesis ya aprobada, presentada y publicada está basada en este cuerpo de reflexiones que a continuación comparto con nuestros lectores.
El maestro Bermúdez expresa que los avances que la tecnología, así como las ciencias médicas y biológicas, han experimentado durante la segunda mitad del siglo XX, han sido significativos para la humanidad, debido a los descubrimientos de nuevas medicinas y terapias para la cura de enfermedades, nuevos métodos para modificar, explotar y manipular el medio ambiente, así como nuevas alternativas de preservar la especie o incluso de extender la vida de un individuo entre muchos otros.
Esto marca la necesidad del surgimiento de un espacio multidisciplinario, dedicado al análisis de las consecuencias provocadas por estos avances, así como al reconocimiento del pleno derecho de toda persona a decidir por sí misma sobre su vida y bienestar.
La bioética nos ofrece ese análisis multidisciplinario que conjuga aspectos preponderantes para la humanidad y el desarrollo de la misma tales como: la filosofía, la medicina, el derecho y la ecología; la bioética es la responsable de determinar los principios que deben regir el correcto actuar de todos los aspectos implicados en la salud humana y la preservación de nuestro entorno.
Esta disciplina surge como respuesta a una serie de atrocidades y abusos perpetrados en seres humanos durante la Segunda Guerra Mundial, a consecuencia del indebido uso de los conocimientos de algunas personas en el área de la salud, las cuales actuaron sin restricción alguna ni respeto por la integridad humana.
Asimismo surge en oposición al paternalismo médico instaurado con los primeros códigos deontológicos como el hipocrático, en donde se instaura en la ideología médica, un sentido casi sagrado -por así llamarlo- de cuidar la salud de una persona -incluso contra su voluntad-, ideal que perdura por siglos, dando paso a una deontología rígida.
Los tiempos en los que se veía al médico como una figura casi incuestionable y se le dejaba totalmente el poder de decisión sobre el tratamiento de una enfermedad, sin tomar en cuenta a la persona han quedado atrás.
La práctica del paternalismo médico reduce al enfermo a meros objetos de estudio y de conocimiento sin detenerse a pensar que los mismos constituyen seres vivos, que tienen necesidades, sentimientos, voluntades, planes de vida.
El concepto de bioética nace del oncólogo norteamericano Van Rensselaer Potter, en la década de los 70, derivado de la preocupación que el mismo sentía por el distanciamiento entre las ciencias sociales y las naturales, que se experimentaba en esa época; una vez integrada la bioética, la misma se avocó a marcar las directrices que todo operador de la salud debía seguir para un correcto funcionamiento de su labor, estableciendo una serie de principios que guían el buen o mal actuar de un individuo.
Estos principios tienen como elemento primordial el respeto a la integridad del ser humano y su voluntad; estos principios, según la corriente principialista desarrollada por Beucham y Childress, a partir del Informe Belmont de 1979 son: principio de justicia, autonomía, beneficencia y no-maleficencia.
La justicia que la bioética pretende es muy distinta de la justicia en general, puesto que ésta se enfoca en la repartición y administración correcta de los recursos sanitarios que cada Estado posea, es decir, la demanda de servicios médicos puede ser muy grande de forma que sería complicado cubrir todas y cada una de las necesidades sanitarias de los pobladores, por lo que en caso de ser así, estos recursos deben ser administrados de tal manera que cubran las necesidades básicas o más urgentes de una región, país o nación, a fin de procurar su mayor bienestar.
Por su parte el principio de autonomía pugna por el respeto a la libre autodeterminación de cada sujeto con respecto a lo que su cuerpo y bienestar compete, en otras palabras, es el respetar las decisiones y posturas que cada uno de los individuos posea y que incumba a su cuerpo, esta decisión debe ir acompañada de una correcta información sobre los alcances, riesgos, características y elementos que integran tanto un padecimiento o enfermedad como el o los posibles tratamientos que puedan poder remedio a ese mal que aqueja al cuerpo, en el entendido que la información que se pretende suministrar debe ser transmitida en un lenguaje sencillo y fácil de comprender para el individuo objeto del tratamiento o investigación, para que a su vez éste cuente con las herramientas necesarias para poder tener una postura autónoma.
El principio de beneficencia, se refiere a que las acciones encaminadas a tratar a un individuo deben procurar su bienestar y el mejorar su salud, siempre y cuando este bienestar no atente contra su voluntad o libre determinación -tal y como manifiesta el principio de autonomía-.
Y finalmente el principio de no-maleficencia, el cual sostiene que una vez que no pueda operar la beneficencia en un tratamiento o experimentación, deberá realizarse el menor daño posible, valorando la relación riesgo-beneficio, esto quiere decir que siempre que se deba hacer daño a un sujeto, deberá estar justificado por procurarle un mayor bienestar, por ejemplo, cuando se fractura un hueso, a fin de que éste sane de la forma correcta, es un perjuicio el que se le cause una fractura nuevamente, pero procurando que éste quede de la mejor manera, y evitando futuras complicaciones.
El acogimiento de la bioética les brinda a las personas un mayor panorama y participación sobre las decisiones que incumben a su salud, por ejemplo que apruebe o no, ser objeto de un determinado tratamiento o medicación, ya que esto le proporciona la oportunidad de tener una mayor y más dinámica participación en su recuperación.
La bioética marca un avance importante en el respeto a la vida y dignidad humana, puesto que sella el fin de la era del paternalismo y hegemonía médica y profesional, procurando una mayor y activa participación de las personas que se sujetarán a un tratamiento.
También sella la ruptura de los viejos paradigmas médicos y profesionales, ya que propone la consideración de los individuos no como objetos sino como sujetos de derechos con la capacidad de decisión y raciocinio suficiente para comprender tanto los padecimientos a los que se enfrentan, así como las posibles soluciones y alternativas existentes.
Por último, cabe aclarar que la bioética estudia lo que es bueno o no, lo que es correcto o no para un sujeto o sociedad, no pugna por el asesinato de seres humanos o el exceso en las acciones de las personas -como sostienen algunos críticos en casos como aborto o eutanasia-, la bioética pretende el respeto a la dignidad humana y a la libertad que cada persona debe tener sobre el uso de su propio cuerpo y el ejercicio pleno y sin estigmas del mismo.
Y bien, la bioética plantea en mucho por lo que he luchado por años, el respeto a la igualdad, a la libertad y al respeto a la dignidad humana. Siempre será importante reconocer en la práctica social la importancia de actuar con respeto a todos los seres vivos. En este sentido preciso mi compromiso igualmente con el respeto a los animales no humanos, pero también a los humanos.

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