Aquiles Gaitán
Nosotros mismos
Martes 21 de Abril de 2015
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Cuando pienso en la vida silvestre me remonto a la serranía de mi tierra, donde me crié con la libertad de un potro libre en el llano, donde he caminado barranca por barranca, puerto por puerto, cerro por cerro, cantil por cantil, despeñadero por despeñadero, arroyos y cascadas, bosques de coníferas, ojos de agua, bosques de encinos, selva baja caducifolia, pienso en la mirada de la primera güilota con la que me encontré, en los conejos huyendo de la jauría, en las ardillas negras trepando en los encinos, en las ardillas voladoras, en las zorras pretenciosas, en el coyote cauteloso que pasa junto a mí sin hacer ruido, en los linces asustados, encaramados en la palizada, en el puma que tuve a mis espaldas, por un largo rato sin darme cuenta de su curiosidad, hasta que al voltear, al escuchar un resoplido, volteó su cuerpo atrás de la peña donde estaba sentado, dejándome el recuerdo de la mota negra de la punta de su cola, de su mirada avispada de niño curioso, en el tejón solitario, en las ruidosas paitas, en la mandada de jabalíes que corre presurosa, en los mapaches germinofóbicos que todo lo que comen lo lavan en los arroyos y por supuesto en el animal totémico, en los venados, en todos los que he visto vivos, con los que nos hemos cruzado en el instante fugaz de un encuentro mágico. Pancho Juárez, el mejor rastreador y cazador que he conocido, convalecía de una fiebre y me platicó, con los ojos muy abiertos, que en su delirio imaginaba que todos los animales silvestres que había cazado en su vida lo perseguían, lo querían morder, rasguñar, cornear, que su destino era morir desgarrado por todos los animales que habían muerto con sus tiros de escopeta. Visión apocalíptica de un hombre de su tiempo con el remordimiento de conciencia. Hoy las cacerías están moralmente prohibidas, porque no hay planes de manejo ni control alguno que permita un aprovechamiento sustentable, la caza furtiva acaba con todo, pues no respeta vedas, ni hembras, ni cachorros, pienso en las especies extintas en nuestros montes, ya no se ven las codornices aquellas del tamaño de una gallina con un plumaje granizo, tornasol, simplemente bello, los pichones del cerro, las liebres descomunales de las pineras, las culebras chirrioneras, las alamacoas, los alicantes, las grandes salamandras negras con motas color de rosa, las onzas, los tigrillos, los gatos monteses, los pumas, su destino lo escribió el hombre que con su presencia y afán destructivo, acabó con ellos.
En un cantil del Cerro de Agua Fría, con un corte de tajo de unos 200 metros, ahí desde donde se contempla la desmesura del Valle de Zicuirán, La Huacana y la Tierra Caliente con los cerros de Condémbaro de fondo, donde termina la última encinera, frente a mí, volaban dos águilas majestuosas con el precipicio abajo, volaban en círculos, gritaban, con un grito desgarrado, sin bravura, chocaron en el viento y como gallos de pelea, trenzados de sus patas se fueron al vacío, en caída libre, dando gritos; antes de llegar al suelo, se desprendieron y comenzaron a volar hasta tomar altura nuevamente y una vez más, repitieron el vuelo ritual. Años después leyendo el libro de Walt Whitman, Hojas de hierba, encontré un poema llamado “El amor de las águilas” que dice así: “Yo caminaba por la senda que bordea el río (mi paseo matinal, mi descanso), cuando hendió el aire un sonido apagado y súbito, el amor de las águilas, su violento contacto amoroso en las alturas del espacio, el abrazo, las garras entrelazadas, una fuerza viviente que gira impetuosa, cuatro alas agitándose, dos picos, torbellino de masas apretadas debatiéndose, precipitándose, dando vueltas, cayendo en espirales, hasta detenerse sobre el río, las dos son sólo una, descansan un momento, se mecen en el aire quedamente, se separan, desunen las garras, ascienden otra vez con sus alas lentas y firmes, y prosiguen su vuelo, solos y divergentes, ella y él”. ¿Volveremos a ver algún día el amor de las águilas? ¡Quién sabe!, la visión de Walt Withman coincide con la mía, el espectáculo fantástico del amor silvestre, de la copula en el viento, tal vez no la volveremos a ver, porque las águilas se acaban, porque a nadie le importa el destino de la vida silvestre más allá de algún acto protocolario para la protección internacional de alguna especie como la llamada “vaquita marina”, con un hueco discurso al calce, huequísimo discurso de Peña Nieto sobre la vida silvestre; hoy, en plena efervescencia campañera, ningún candidato, de ningún partido, se compromete a la preservación de la vida silvestre; las mariposas monarcas son vida silvestre, si no fuera por su interés internacional, ya las hubieran hecho llaveros; es necesario definir políticas claras y firmes sobre su preservación, de ellas y su hábitat, que destruyen con afán mercantilista los rapamontes, los delincuentes que roban la madera de bosques que no son suyos. Allá en El Rosario de nada sirve organizar acciones con gentes como Homero Gómez, que ha estado con la guardia en alto, si las autoridades no ayudan ¿habrá qué levantar autodefensas ecológicas? Si no hay otro camino, pues andando que se hace noche.
Ya la población de las iguanas en Tierra Caliente y la Costa están muy mermadas, las venden por costales vivas o secas ¿y por qué no ponen criaderos si las quieren para comer?, hasta las güilotas y los patos están llegando cada día menos, cuentan en Guanajuato que en un laguito contaminado por pesticidas, murieron cientos de patos que cumpliendo su ritual migratorio llegaron al santuario ecológico a descansar y encontraron la muerte, aquí en Cuitzeo, Pátzcuaro, Zirahuén ya se ven pocos patos, las anceras de antes ya no vienen ¿Qué está pasando? ¿Y el pez blanco? ¿Y la calidad del agua?; algo hay que hacer, de lo contrario, nos quedaremos solos los humanos con nuestros desechos y por supuesto, con la imagen apocalíptica de García Márquez de su discurso “El cataclismo de Damocles”, “en el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que tuvo la vida serán las cucarachas”.
Todo converge hacia la destrucción, el cambio climático, las armas biológicas y los pesticidas, la desaparición del bosque de coníferas para dar paso ¡Oh alabado sea! al aguacate que produce riqueza, al uso desmedido de los combustibles derivados del petróleo, los desechos humanos sólidos, gaseosos y líquidos que como modernos Atilas, por donde pisa su caballo no vuelve a crecer la hierba, agregue a los que cazan para comer, los que cazan por negocio y los que cazan por placer y la mesa está servida; ¿Qué hacer ante la vida silvestre? La única alternativa mundialmente aplicada es la de los parques nacionales, en África, Europa, los Estados Unidos tipo Yellowstone, Sequoia Park o Yosemite, ¿pero aquí? Los parques nacionales son un mito genial, pues no son de la nación, tienen dueño, pues los decretos de creación no incluyeron ni la expropiación, ni la indemnización. A estas alturas definir una política y su aplicación requeriría indemnizar, requeriría volver al comienzo, no volver a comenzar que eso suena a pleonasmo político, para replantear las cosas y hacer del medio ambiente el punto de partida de las acciones de los gobiernos, no es un retroceso, es regreso, es volver a retomar el compromiso con la vida que implica definir políticas sobre la vida silvestre y parar la demagogia sobre las emisiones a la atmósfera que cambian con el clima, los basureros sin control, los drenajes sin tratamiento, la deforestación despiadada; es cierto, no podemos regresar a Michoacán a la condición que tenía el paraíso terrenal, pero al menos poner orden al desorden en que se encuentra, queremos desarrollo, queremos progreso, ¡sí! Pero no con destrucción, el anquilosamiento de las políticas públicas de la vida silvestre y en general del medio ambiente son un signo de deterioro del Estado mexicano que apenas se está dando cuenta que el avance económico, el desarrollo, la modernidad, el aprovechamiento de los recursos naturales, exhibe la fragilidad de equilibrio ecológico, si no se hace sustentablemente, si no se cuida el medio ambiente, pero también exhibe la fragilidad humana, cuyo destino está ligado indisolublemente al medio donde vive. La vida silvestre está en peligro, el agua está en peligro, el bosque está en peligro, la belleza está en peligro, ¿y quién es la amenaza? ¡Nosotros mismos!

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