Aquiles Gaitán
Nota de viaje
Martes 5 de Mayo de 2015
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El mar no es como lo pintan, tiene belleza exterior y belleza interior, puede ser horrible por fuera y muy bello por dentro, así es Cozumel, el paraíso de los buceadores con sus arrecifes de coral y una reserva natural de manatíes, pero de playa, cero, pura roca caliza. Para los que no somos del mar, andar en lo profundo implica enfrentar la fantasía del mar insondable lleno de bestias marinas, implica vencer los miedos. Tal vez algunas personas lo disfrutan tirando adrenalina a chorros pero yo soy del bosque y la montaña, al mar en la orilla, y si hay arena, mejor. Tomo estas notas en la altura de un vuelo en avión de dos horas entre Cancún y el Distrito Federal, tal vez volando sobre Oaxaca, sobre una alfombra de nubes, acá, donde el azul, como el del mar, tiene tonalidades de los azules más bellos, que sólo se ven, diría ¬Perogrullo, cuando se ven. Esos no se imaginan, se imaginan las fantasías a partir de la realidad, las pesadillas o los paraísos vienen de la realidad, tal vez de una realidad aparte como la de don Juan, el de Castaneda, pero finalmente es una realidad que se interpreta y se proyecta y se sueña y se acaricia o se sufre, pero se parte de una realidad, de un rostro, de unos ojos o una sonrisa. Tengo la sensación de haber conocido el Mar Caribe en un lugar donde el mar es diferente, aquí no hay arena, es un mar de pedregal, su belleza está bajo el agua. Cozumel es una isla, vivir ahí es como vivir en un pueblo grande, con un escaparate de tiendas y restaurantes para los turistas que llegan diariamente, en tumulto, en esos barcos inmensos llamados cruceros, a pasear un rato por los alrededores, a vagar sin rumbo, a comprar algo y antes de las 6:00 de la tarde todos desaparecen, se suben a los barcos y se van, el pueblo queda solo, se cierran los comercios y restaurantes en espera del siguiente día y los siguientes barcos, todo lo demás es rural, simple y sencillo como es lo rural, que no pierde su autenticidad.
Fui a un pueblo llamado El Cedral, a las fiestas de la Santa Cruz, algo hermoso digno de verse; todos los habitantes del pueblo estaban ataviados con vestidos blancos, las mujeres, con faldas y huipiles bordados de flores multicolores; los hombres, con guayaberas y pantalón blanco, con sombreros blancos de ala corta, un paliacate colgado en la cintura y huaraches de una correa, bonitos y finos. Una orquesta tocaba esa música entre triste y alegre que son las jaranas, las muchachas y los muchachos portaban coronas, la fiesta apenas comenzaba, hubo carreras de caballos, peleas de gallos, toros y baile, como en todas partes donde la maña no ha llegado. Ahí no hay turistas, hay invitados que, como yo, disfrutaban como uno más las costumbres de esos pueblos ancestrales.
Del último café que tomé, dejé la taza bocabajo, volteada, con el propósito iluso de leer mi destino. No la levanté, la dejé volteada. El mesero tal vez, el lavatrastos, al dar la vuelta a la taza quedarán sorprendidos al leer lo que dicen los asientos, o no le importa a nadie, finalmente siempre sale lo mismo, la “d” de dinero, la “d” de amor, la “i” de infinito; saldrán los caminos bifurcados, saldrán ojos y siluetas, una mano extendida, ciudades invertidas, puntos de fuga que nos llevan a constelaciones perdidas, espinas, flores. Con esos pensamientos emprendí mi regreso a esta tierra sin par.
Me perdí el debate, ¡oh!, me perdí el debate, no pude escuchar los argumentos dialecticos de los candidatos, no pude regocijarme con su elocuencia, no pude escuchar hablar sus corazones, ni oír cifras contundentes y razones convincentes destinadas a persuadir las conciencias de los michoacanos. Tres días después busqué en los periódicos los comentarios y encontré el olvido, tendré que buscar los periódicos del día siguiente para enterarme, o tal vez me quede con esta sensación de olvido antes de pasar por el escalofrío de la desilusión, porque la vida sigue, las campañas siguen hasta el día de las definiciones el 7 de junio de 2015, la vida sigue hasta el final de los días. Esta fecha, la del final de los días, sólo la escriben los suicidas. Michoacán no se acaba, nosotros sí; dejaremos como herencia una deuda impagable, nuevos ricos de riqueza inexplicable y una multitud de pobres de pobreza claramente explicable desde su ignorancia y falta de oportunidades, no todos los pobres de pobreza extrema llegan a candidatos a gobernador, pero ahí está el ejemplo, para que no quede duda; los más, heredan pobreza y heredarán pobreza; los emprendedores, los líderes naturales, los agraciados de la suerte, saldrán de la cueva platónica a conocer la luz, pero no regresarán por sus congéneres a convencerlos de que salgan de ahí porque encandilados ya no pueden ver en la oscuridad allá, donde dicen que la gente vive. ¡Pobres pero contentos!, condenados a vivir “sólo por hoy” el día a día de la abstinencia, por eso huyen de sus ranchos y pueblos, por eso pierden su identidad y van a las ciudades de aquí o de allá en busca del sustento. Hambre allá o aquí o más allá, qué más da. Tengo el recuerdo de una voz bien timbrada, fuerte, entonada, cantando canciones con una guitarra tocada magistralmente, era de un integrante de un trío infaltable en fiestas y paseos, en días de campo y “gallos”, se acabó el trío y aquella voz no la volví a escuchar; caminaba bajo una llovizna pertinaz por el Zócalo del Distrito Federal cuando oí la voz aquella de mi recuerdo anunciando La Extra, el periódico de la tarde; era él, con un gorro de periódico y un hule como gabán, pantalones arremangados y mocasines sin calcetines, vendiendo el periódico. No le hablé, lo vi alejarse entre la gente con su dignidad a cuestas, luchando por sobrevivir en la inmensa soledad de la ciudad de millones de habitantes.
Las historias se repiten en este estado de bienestar donde estar en un sindicato es signo de éxito, más aún si son del gobierno, y más aún de aquellos que tienen contratos colectivos al amparo de la legalidad laboral que les dan bonos, prestaciones, salarios y jubilaciones generosas adicionales y concurrentes con la jubilación a la que aspiran, los que pueden aspirar, en el IMSS. Los demás, la multitud de los demás, viven en el dilema de comer o no comer. Estos contrastes son los que hacen injusta nuestra sociedad; aquí o en el rancho es lo mismo, la pobreza obnubila el pensamiento y acongoja, acobarda, limita, los hace primitivos en la oscuridad de la cueva. Las organizaciones modernas, las empresas modernas, requieren sindicatos de otro tipo, contratos colectivos, flexibles, justos, dinámicos, que no atenten contra el sentido común ni el patrimonio. Pero estaba contando de un viaje que, como todos los viajes, ilustra y nos hace apreciar lo nuestro, nos hace querer lo nuestro, nos hace sentirnos orgullosos, íntimamente orgullosos de lo que es Michoacán, de nuestra organización social, de la arquitectura, de los recursos naturales. Pero a la vez nos preocupa, el orgullo nos preocupa porque si no lo cuidamos se perderá para siempre, cada pueblo tiene sus ojos de agua, sus lugares de paseo, su arquitectura, casas de teja, trojes, casas de techos de palapa, cantera, adobe; cada uno tiene fiestas patronales y costumbres marcadas por la historia; unos tienen parques nacionales, lagos, ríos, arroyos, bosques, flora y fauna silvestres, pero necesitamos que cada quien cuide lo suyo, que los gobiernos municipales cuiden los recursos de la nación, concurrentemente con el estado y la Federación, así como debería ser la seguridad pública, concurrentemente, sin atropellar a los municipios con los atracadores del Mando Unificado. ¿Cómo convivir municipios, estados y Federación sin subordinarse ni atracarse? Ese es un tema para el próximo debate que ojalá no me lo pierda, pues por haberme perdido el primero, no he podido conciliar el sueño por el remordimiento.

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