Columba Arias Solís
Campañas negras
Viernes 15 de Mayo de 2015
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A tres semanas de llevarse a cabo las campañas para elegir a diputados federales en todo el país, así como gobernadores, diputados locales y presidentes municipales en algunas entidades federativas, la propuesta electoral ha sido sustituida por las campañas negras que pretenden derrotar a los adversarios, no en las urnas electorales por medio de los votos, sino utilizando la estrategia del miedo, las denostaciones y los ataques que caen muchas veces en el terreno de la ilegalidad.
Ciertos candidatos y partidos han hecho suyos los usos y costumbres de la llamada guerra sucia, cuyas armas son la descalificación, la calumnia, la invención de conductas o defectos y, por supuesto, el esquinazo al cumplimiento de la ley.
La suciedad electoral de las campañas negras obtuvo carta de residencia en México en el proceso electoral de 2006, cuando durante prácticamente toda la campaña para la elección presidencial, un alud de ataques vía los medios masivos de comunicación se lanzó de lleno contra el candidato de la coalición Por el Bien de Todos, provocando la polarización de la sociedad, el encono y el odio que a partir de entonces marcó la línea de la división que no ha podido borrarse.
A raíz de la enorme confrontación social suscitada por la guerra mediática en la campaña presidencial de 2006, los propios actores políticos tuvieron que sentarse a la mesa electoral y diseñar la reforma que en 2007 normara los procedimientos de las elecciones, de tal forma que en el artículo 233 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales quedó establecido que en la propaganda política o electoral que realicen los partidos, las coaliciones y los candidatos deberán abstenerse de expresiones que denigren a las instituciones y a los propios partidos, o que calumnien a las personas.
La estrategia de las campañas negras toma como punto de partida convertir en enemigo a los adversarios electorales, construyendo en torno a ellos un halo de malignidad para dejar la percepción en el imaginario de la colectividad de lo dañino que resultaría la emisión del voto en su favor, sin considerar que la suciedad electoral alienta el abstencionismo de aquellos ciudadanos que se niegan a participar en las llamadas guerras sucias y prefieren alejarse de las urnas.
Las campañas negras en los últimos procesos electorales y, por supuesto, en el actual, se desarrollan en las redes de Internet, donde al amparo del anonimato se acusa de supuestos vínculos con el crimen organizado, de relaciones cuestionables con determinados hombres o mujeres, de golpeadores, homofóbicos y cuanta cosa resulte en atractivo morbo, aprovechando los vacíos que dejara la reforma electoral de 2007, que prohibió las injurias en spots de radio y televisión.
Así las cosas, ciertos actores políticos y partidos han hecho de la descalificación y del infundio una estrategia para desgastar a los candidatos adversarios. Señala la investigadora de la UNAM María del Pilar Hernández que el infundio tiene la función de descalificar y desgastar la imagen de un candidato o de otros personajes que estén vinculados a un tipo de actividad que finalmente tiene relación con el proceso electoral en desarrollo, y que busca que no se tenga el mejor referente hacia un partido o candidato el día de la elección, lo cual considera la especialista guerra sucia electoral.
Es entonces campaña negra o guerra sucia electoral cuando las denostaciones y acusaciones que se lanzan contra cualquier candidato o partido no aterrizan en acusaciones formales ante las autoridades correspondientes, que a su vez deriven en investigaciones serias e imputaciones legales.
No obstante que el Código Electoral impone multas a los partidos políticos por iniciar campañas sucias con hasta diez mil días de salarios mínimos, así como la interrupción de la transmisión de la propaganda política, y que a partir de la reforma ha hecho efectivas dichas multas a los partidos hasta por más de 800 millones de pesos por diversas violaciones a la ley, lo cierto es que la batalla campal por llevarse el premio de las difamaciones y agresiones se trasladó de la radio y televisión a las redes sociales de Internet, donde con la mayor facilidad y desde el terreno del anonimato la suciedad se lanza a diestra y siniestra, y los usuarios, negados a participar en la batalla, son actores involuntarios en esos combates que además no inciden en triunfos electorales.
Hay coincidencia en la opinión de especialistas en el tema, quienes advierten el error de considerar que una elección se gana a través de campañas sucias, ya sean en los medios tradicionales, ya sean en las redes de Internet. Las campañas negras no favorecen el desarrollo de la democracia ni estimulan a los ciudadanos a votar, ya que “en lugar de esclarecer un ambiente y darnos confianza institucional en los procesos electorales, los enrarece y convierte en procesos de imputaciones que pueden ser completamente falaces”.

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