Columba Arias Solís
Los efectos del voto nulo
Jueves 28 de Mayo de 2015
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En los últimos procesos electorales en nuestro país, la idea del voto nulo ha sido manejada por intelectuales en mesas de opinión, en columnas periodísticas, o por comunicadores, así como por internautas que a través de las redes han buscado incidir en la opinión pública a efecto de descalificar a la clase política y a los partidos a quienes consideran ineficientes y corruptos, culpables del deterioro de las condiciones sociales y económicas en el país, y de la mediocridad de nuestra democracia y con el mismo rasero, todos iguales y culpables.
Para las elecciones de 2009, hubo una corriente impulsada entre otros por los reconocidos académicos Meyer, Aguayo, Dresser y Crespo, quienes como decididos impulsores del voto nulo, llamaron a la ciudadanía a ejercerlo para “generar una fuerte presión ciudadana para orillar a los partidos a aceptar reformas que limiten sus privilegios y fortalezcan políticamente a los ciudadanos, o en el peor de los casos, hacer patente a los partidos el grado de inconformidad existente, en lugar de hacerles ver que estamos contentos y satisfechos con su desempeño y sus privilegios”.
Ciertamente, el movimiento pro voto nulo surgido en el año 2009, encontró respuesta entre grupos de ciudadanos desalentados y hartos del sistema, quienes acudieron a las urnas para anular sus boletas electorales, alcanzando en el cómputo un cinco por ciento, porcentaje que sin embargo no tuvo repercusiones, al menos en lo inmediato y en relación con los partidos.
Al respecto, vale señalar que de acuerdo con nuestra legislación los partidos políticos nacionales y locales deben obtener en la elección inmediata anterior, ya sea federal o local, respectivamente, el tres por ciento como mínimo de la votación válida emitida, para mantener su registro y poder acceder al financiamiento público, de tal forma que con base en el porcentaje obtenido es que se reparte entre los partidos el 70 por ciento del total del financiamiento que reciben anualmente.
Ahora bien, la Ley Electoral determina como votación válida emitida, aquella que resulta de restar a la votación total emitida los votos nulos y los votos por candidatos no registrados, en consecuencia y conforme a la legislación, los votos nulos no cuentan, ya que se omiten en todos los casos.
Quienes impulsan el voto nulo, insisten en la idea de que votar implica convalidar al sistema de partidos corruptos, sin considerar que hasta ahora, la democracia representativa pasa por la existencia de estos, y en tanto no haya otro sistema, el acceso a los cargos de elección vía el sufragio sigue constituyendo la mejor alternativa.
La idea entonces del voto nulo es para castigar a todos los partidos políticos, en el supuesto que como sucede en otros países, pudiera anularse la elección en el caso de una abrumadora cantidad de votos nulos, mayor por supuesto a aquellos que se marcan a favor de determinados candidatos y partidos. Sin embargo, tal cosa –la nulidad de las elecciones- es un supuesto que no considera nuestra legislación electoral.
Hace algunos años, Octavio Rodríguez Araujo, a propósito del tema, escribía que con el llamado al voto nulo se dejaba deliberadamente que los que sí votan, por pocos que estos fueran eligieran por todos los demás; dar un cheque en blanco a los triunfadores de la contienda. La abstención como el voto nulo -señalaba- no conmueve a nadie ni cuestiona en serio la legitimidad de un candidato ganador, lo único que producirá, en todo caso -insistía- es una satisfacción muy personal que en nada influirá en los resultados, porque el rechazo individual siempre podrá absorberse y paliarse por los gobiernos como ya ha quedado establecido.
Si como señala en su página de promoción del voto nulo, un conocido comunicador, los políticos que se tienen ahora ya no nos representan, frenan el progreso de México o “anulan las acciones de bien, de trabajo, de imaginación, de felicidad, de convivencia de todos nosotros”, ¿acaso con el voto nulo el sistema se transformará por obra y gracia de éste?
La idea del voto nulo como forma de castigo a los candidatos y partidos resulta absolutamente ineficaz a la luz de la legislación electoral del país, puesto que los votos nulos no entran en la cuenta para la designación de diputaciones y mucho menos para la asignación de prerrogativas, dado que la norma determina que el porcentaje que el órgano electoral debe sacar, tendrá que ser a partir de los votos emitidos a favor de los partidos políticos, es decir, se hace referencia a la votación nacional, descontando el número de votos nulos contabilizados en las casillas.
En todo caso, el voto nulo si perjudica a alguien es ciertamente a los partidos pequeños o minoritarios, a aquellos que no podrán alcanzar el indispensable tres por ciento para sostener su registro nacional; luego entonces, los efectos del voto nulo para los partidos mayoritarios resultan ineficaces. Por ende, si se quiere protestar contra los partidos y candidatos en la actual contienda y en las que siguen, resulta indispensable la organización de un fuerte movimiento ciudadano, lo que conlleva el compromiso y el arduo trabajo de muchos, más allá de la crítica hecha desde el confortable cubículo o la mesa de café.

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