Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
¿Las mayorías nunca se equivocan?
Viernes 19 de Junio de 2015
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Las decisiones que toman las mayorías, independiente de si estas decisiones corresponden a las tendencias de la realidad, constituyen un elemento definitorio esencial de la democracia política. Sin embargo, la comprensión del papel de las mayorías en la democracia implica, al menos, la atención en dos cuestiones fundamentales: cómo las mayorías llegan a esas decisiones y cuáles son las formas a través de las cuales esas decisiones se expresan.
Para la democracia occidental, las decisiones de las mayorías se manifiestan en los procesos electorales y más específicamente por medio del voto. La opción con mayor número de votos constituye la decisión supuestamente infalible, aún sin considerar los procedimientos y mecanismos utilizados para llegar a ella. En esta perspectiva, la voluntad mayoritaria, es criterio suficiente para distinguir lo auténtico de lo falso, junto a lo moral de lo inmoral, a la vez que se define la legalidad y la legitimidad, estableciendo la justificación y el propósito. Es la democracia aritmética en cuya esencia se encuentra una simple suma de votos que no siempre es equivalente, por cierto, al 50 por ciento más uno.
No obstante, lo contundente, aquello que no puede ignorarse, consiste en la relación indisoluble entre democracia y verdad objetiva. La democracia no puede inventar verdades, como tampoco mentiras, si bien milenariamente ha sido inducida para que las mayorías cometan “atrocidades democráticas,” como la condena democrática de Jesús de Nazaret frente al bandido y homicida Barrabás, o bien la oposición de esas mayorías y la negación, a la vez, de las verdades que afirman la circulación de la sangre y la redondez de la Tierra. También mayorías apoyando dictadores, guerras, exterminios masivos y negación de los derechos humanos de pueblos enteros, pobres y hambrientos.
No hay absolutamente ninguna duda: las mayorías pueden equivocarse y no solamente eso, sino que pueden equivocarse con bastante frecuencia, especialmente cuando se les ha negado la posibilidad de la educación política e ideológica para adquirir la capacidad de decidir conforme a los intereses de su propia realidad. La democracia de la ignorancia es incompatible con la libertad de las mayorías y sinónimo de intolerancia y exclusión.
El caso de México es ilustrativo de los efectos que provoca la “democracia de la ignorancia”, cuando se muestra que en su historia, los gobiernos dijeron que contaban siempre con el apoyo mayoritario de los mexicanos, fueran liberales o fueran conservadores, Benito Juárez o Maximiliano de Habsburgo, Porfirio Díaz o Francisco I. Madero, Venustiano Carranza o Plutarco Elías Calles. Después de la fundación del PRI, en 1929, Lázaro Cárdenas del Río o Gustavo Díaz Ordaz, Alemán o Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, todos afirmaron contar con el apoyo del pueblo, que se hace extensivo a Vicente Fox y Felipe Calderón.
Tratándose de Michoacán, a partir de 1825 y hasta el presente, ha tenido 60 gobernadores, todos ellos señalando contar con el apoyo mayoritario de los michoacanos. Pudo decirlo Agustín Arriaga Rivera, Cuauhtémoc Cárdenas, Martínez Villicaña, Tinoco Rubí, Lázaro Cárdenas Batel y Leonel Godoy. ¿De qué se trata entonces?
La testaruda realidad destaca tres efectos fundamentales:
Las mayorías en las condiciones actuales son ampliamente manipulables. Esas mayorías tienden al predominio de la creencia sobre el razonamiento, al olvido de la historia y a mostrar incapacidad para mirar los procesos en lugar de los hechos aislados inmediatos.
Las mayorías pueden hacer triunfar, por la suma aritmética, a un candidato demagogo, mismo que siendo un “buen candidato” pueda llegar a ser un “pésimo gobernante”. Los papeles no son los mismos y las exigencias de desempeño tampoco, pero esas diferencias no son percibidas por las mayorías en el momento de votar.
La razón de las mayorías sólo se obtiene y se cumple en la función de gobernar, haciendo todo aquello que eleva la calidad de la sociedad, en la vida y en la convivencia, en la satisfacción de sus necesidades materiales y en las posibilidades para alcanzar su plena realización.
En correspondencia con todo ello, hacer depender un buen gobierno de las características individuales de los gobernantes es un error. No es cuestión de querer o no querer hacerlo, sino de circunstancias reales que ponen a prueba la inteligencia y la voluntad de los individuos que gobiernan. En política, las justificaciones son improcedentes y la mediocridad no puede esconderse en el apoyo de las mayorías. Al margen queda el sufrimiento de las propias mayorías.
Después de todo Michoacán ha tenido un proceso electoral que culminó el pasado 7 de junio 2015. El número mayor de votos correspondió a Silvano Aureoles; sin embargo, esta vez ¿acertaron las mayorías? La respuesta no puede anticiparse, cuando mucho puede ofrecerse el beneficio de la duda. La calificación definitiva habrá de obtenerse en y por el ejercicio del gobierno, de cómo se haga y a quiénes beneficie. En este sentido, las manecillas del reloj siguen girando.

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