Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
¿Organización política y candidaturas independientes?
Viernes 26 de Junio de 2015
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Tradicionalmente se había considerado, que el medio de acceso al ejercicio del poder público era el partido político. Legalmente, inclusive, se establecía que el partido político era una organización de ciudadanos, cuyo objetivo principal era hacerse cargo del gobierno, para utilizarlo conforme a sus principios ideológicos y su programa de acción.
El partido político era la única vía de acceso al poder. Ciudadanos, partido y poder eran los elementos fundamentales de los procesos políticos, cualquiera que fuese su orientación y propósito. Si no había partido, era necesario crearlo, para establecer un régimen, derrocar una dictadura o hacer la revolución. La historia política registra los casos sobresalientes que sustentan esta consideración: Rusia con el Partido Bolchevique, China con el Partido Comunista, México con el antecedente del PRI, el Partido Nacional Revolucionario.
Aparte, estaba el problema de los medios, del cómo llegar al poder, considerando las opciones pacíficas y violentas, en un esquema teórico de lucha de clases, con intereses sin posibilidad alguna de conciliación. Sirve de ejemplo el último párrafo “Manifiesto comunista”, donde se anota de manera contundente: “Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente”.
No obstante, los tiempos de las grandes revoluciones sociales culminaron, inaugurándose en su lugar la época de los cambios pacíficos, de la democracia electoral, del respeto a la pluralidad, la negociación y los acuerdos políticos.
Los partidos en su caso, si bien continúan representando un medio dominante para la “toma del poder”, han registrado distintos cambios inevitables y evidentes.
En efecto, la importancia de los partidos políticos en la conquista y uso del poder, en lugar de crecer disminuye, acompañada de un desprestigio con pérdida de credibilidad y convocatoria, difícilmente superables sin cambios profundos. En las condiciones mexicanas, la crisis de los partidos es la consecuencia del avance en la conciencia y participación ciudadana, incompatible con las conducciones individualizadas, con la corrupción de los propios partidos, con su incapacidad para identificarse con proyectos históricos alternativos, con su pragmatismo y su divorcio de la sociedad, de los ciudadanos y lo que alguna vez pudo llamarse pueblo.
La estructura de organización de los partidos, tanto territorial como de grupos sociales, ya no está a cargo de personalidades fuertes en sus instancias de base e intermedias, que en el pasado eran reclutadas a partir de la valoración de su control político, como tampoco corresponden a nuevos liderazgos formados deliberadamente para conducir las actividades partidistas. Que se conozca, ningún partido otorga importancia a la formación de nuevos cuadros, educándolos para cumplir con las funciones de liderazgo partidista. Los vacíos de dirigentes son enormes.
Los mecanismos de reproducción de las dirigencias en los diferentes niveles están reducidos a los intereses permanentes y coyunturales de las élites partidistas y al posicionamiento que tengan los relevos en los medios de comunicación, derivado de su desempeño como servidores públicos, empresarios o activistas de distinto tipo. Importa ahora, inclusive, que el personaje sea conocido y tenga presencia pública, como deportista, artista o delincuente. Lo importante es que sea conocido y pueda “jalar” votos en las épocas de elecciones. Todo lo demás no cuenta, convicciones ideológicas, prestigio, trayectoria en las luchas sociales y políticas, honradez y claridad en los objetivos de la política.
Los partidos políticos están perdiendo importancia como medios de acceso al poder público. Dejan de entusiasmar a los de adentro y a los de afuera, con lo cual, sin importar contenidos humanos y políticos, están confundiendo cada vez más la política con el dinero y la publicidad. La crisis de los partidos se hace evidente en los procesos electorales, cuando todos se lanzan a la búsqueda de candidatos y cuando todos preparan sus estrategias de campaña, que en esencia son estrategias de publicidad.
Nada tiene de extraño, entonces, el atractivo creciente que tienen las candidaturas independientes, como expresión de rechazo a lo que existe y la posibilidad de construir una esperanza diferente. Las candidaturas ciudadanas constituyen una acusación para los partidos, acompañada de su temor ante la presencia de adversarios políticos inesperados, que anuncian buenas nuevas relacionadas con la buena política.
Hay, no obstante, implicaciones que merecen destacarse. Se sabe que un partido es una organización de ciudadanos. Teóricamente prevalece la organización sobre el individuo, el sistema sobre el elemento aislado. El esfuerzo integrado de muchos por sobre la dispersión y el aislamiento individual. En cambio, los candidatos independientes carecen por su propia naturaleza, de organizaciones políticas establecidas y por tanto, en su triunfo, las posibilidades de éxito dependen, tanto de la fuerza individual, como de su capacidad para crear sobre la marcha, una organización política alternativa e independiente de los partidos políticos establecidos.
El verdadero significado de los candidatos independientes, además de ganar elecciones, consiste en la posibilidad de crear organizaciones políticas alternativas. Esta organización no sólo es necesaria para el mediano plazo, sino para el plazo inmediato, en el caso de que el candidato independiente logre obtener el triunfo electoral. La función de gobernar sólo será exitosa, en la medida en que se construya como esfuerzo colectivo organizado, de los mismos ciudadanos. Un candidato independiente triunfante, no sólo tiene que ser un servidor público sobresaliente por sus resultados y honradez, sino también, por su capacidad para actuar como un gran organizador político.
No es facil afrontar los retos de las candidaturas independientes. Tampoco la administración de los triunfos. De hecho, bien visto el fenómeno, la responsabilidad es de carácter histórico. Así tendrían que entenderlo todos los participantes. No es una reconstrucción de lo viejo, sino una hechura política nueva la que debe esperarse.

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