Gerardo A. Herrera Pérez
Debatamos Michoacán
Laicidad
Miércoles 15 de Julio de 2015
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El Evangelio según San Mateo refiere que Jesús, al ser insidiosamente increpado por los fariseos a propósito de pagar tributo a Roma, respondió: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Mire usted apreciable lector, la frase es célebre porque el propio fundador del cristianismo se pronuncia por la separación entre los asuntos del Estado y la libertad de pensamiento, de creencia religiosa.
Según el Censo de Población y Vivienda 2010, el 82.7 por ciento de las y los mexicanos se considera católico; alrededor del diez por ciento se identifica con alguna otra iglesia cristiana, y 4.6 por ciento declara no tener religión. Otro porcentaje minoritario está conformado por quienes pertenecen al judaísmo, el budismo, musulmanes, hinduistas, sikhs, entre otras.
Aunque debemos reconocer que en México existe una mayoría católica no todos asumen sus deberes católicos, esto es, desde dar el diezmo, confesarse, comulgar, entre otros.
Ricardo Bucio, presidente del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) expresa que “si un Papa hubiera visitado México hace 200 años -a finales del siglo XVIII o a principios del siglo XIX- hubiera encontrado un país donde sólo la religión católica estaba permitida. Esa fue la regla tanto en las postrimerías del virreinato de la Nueva España como en los albores de la nación independiente, según lo estableció la primera Constitución de 1824, que proclamaba a la católica como la única religión, sin tolerancia de ninguna otra”.
Un siglo después, abunda él mismo, con las Leyes de Reforma de por medio, si un pontífice hubiera visitado el país habría encontrado a una sociedad predominantemente católica, pero en la que el nuevo Estado posrevolucionario -a través de la Constitución de 1917- marginaba no sólo a la Iglesia católica, sino a todos los grupos religiosos, al no otorgarles reconocimiento jurídico, una postura que tuvo su punto más álgido durante la persecución religiosa y la consecuente Guerra Cristera, que en la región centro del país tuvo impactos devastadores.
Sólo recordemos que en 1926 el gobierno del presidente mexicano Plutarco Elías Calles se propuso descatolizar a México para abrir el país a la modernidad. Con ese fin puso en marcha una feroz persecución contra la Iglesia católica. Una de las medidas fue la supresión del culto católico en toda la nación. En el libro La cristiada, de Andrès Azkue, expresa: Durante este tiempo fueron asesinados muchos católicos que no participaban en el levantamiento armado. Uno de ellos fue el padre Pro, quien momentos antes de ser fusilado, extendió sus brazos en cruz. Tenía un rosario en una mano y un Crucifijo en la otra. Exclamó: ¡Viva Cristo Rey!
Hacia el fin del siglo XX, quién no recuerda la recepción de que fue objeto el Papa Juan Pablo II, quien nos visitó aquí en México antes y después de las reformas legales de 1992, que reconocieron jurídicamente la existencia de las asociaciones religiosas, se establecieron derechos y obligaciones, y se definió la forma de regular su relación con el Estado; recuerdo que largas filas interminables de personas se apostaron al margen de la carretera Distrito Federal-Puebla para verle pasar. Debo reconocer un hombre carismático y de una profunda mirada, a quien siempre, antes y hoy le tengo respeto.
Pero en este paso histórico y acompañado de la Reforma Constitucional del 2001, el párrafo tercero, del artículo primero constitucional, prohibió legalmente todo tipo de discriminación, incluyendo los motivos religiosos, así como las posiciones ideológicas.
En el México de hoy, en este siglo XXI, nos visitó en México, y permaneció en Guanajuato, el Papa Benedicto XVI, hoy retirado; el Papa llegó a una nación en la que la Constitución reconoce a todos los grupos religiosos en igualdad jurídica, incluso existen las estructuras gubernamentales para dar la atención en las áreas de gobernación a estos temas.
En estos tiempos hemos tenido en México la visita de diversos actores religiosos mundiales al Dalai Lama, del budismo tibetano; Gordon Hincley, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y el rabino Ismar Schorsch, de la comunidad judía, al mismo Papa Benedicto XVI, y se le ha invitado ya al Papa Francisco.
Cualquier líder religioso llegará a un país cuya diversidad religiosa crece aceleradamente, en relación con la poca movilidad que tuvo durante siglos.
Según el Censo de Población y Vivienda 2010, el 82.7 por ciento de las y los mexicanos se considera católico, una mayoría abrumadora; en este sentido México se ha movido entre concepciones extremas, o declarando como única y verdadera la religión católica o abriendo espacio para la participación de otros credos religiosos. Hoy con las reformas constitucionales, se abre un espacio para el respeto y la tolerancia para la convivencia social y religiosa, perspectiva que sin duda se fortalece con la Reforma Constitucional en Derechos Humanos de 2011.
Desde el enfoque de un Estado democrático de derechos, la laicidad, así como el reconocimiento y la garantía de libertades (como expresa Norberto Bobbio, libertad personal, de pensamiento -libertad de expresión-, de reunión y de asociación), son indispensables para lograr respeto y tolerancia, para garantizar a cada persona la posibilidad de creer y expresar sus creencias sin menoscabar las contrarias.
Una sociedad multicultural se mide por la posibilidad que todas las personas tienen para ejercer sus derechos y libertades, y contar con la protección del Estado en igualdad de circunstancias, el Estado debe respetar a los ciudadanos y ciudadanas, y aplicar la ley sin distingo en el marco de sus derechos humanos: “Lo que es de Dios a Dios, y lo que es del César al César”, y las cuestiones de los derechos humanos caen en el plano de que el Estado debe garantizar y proteger.
A la fecha, la discriminación por motivos religiosos está prohibida explícitamente por el marco jurídico mexicano, tanto en la Constitución, en la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, y por la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, recientemente reformada por el Congreso de la Unión.
Datos que arroja la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2010, las personas pertenecientes a minorías religiosas señalaron que viven discriminación, rechazo, falta de respeto e intolerancia, principalmente de parte de sus vecinos, es decir, de su entorno más cercano, incluso de las propias religiones mayoritarias: “Este hogar es católico y no acepta propaganda”, rezan algunas leyendas por fuera de la puerta de la casa.
La Enadis determina que un 73 por ciento de la población considera que la religión provoca divisiones en la sociedad, lo cual confirma la persistencia de una cultura social que tiene aún grandes dificultades para reconocer, aceptar e incluir la diversidad religiosa.
La diversidad, como reconocimiento de las diferencias, no sólo es una realidad, sino una fuente de riqueza para las sociedades, lo cual no es ajeno al campo religioso. Esto es comprendido desde los fundamentos más profundos de las religiones, que comparten la centralidad de la dignidad de las personas, de la igualdad, la libertad y el respeto a los derechos de los demás.
La diversidad de las religiones debe ayudar a encontrar puntos de convergencia para una sociedad más armónica, debe ser motivo y motor para que la diversidad religiosa coadyuve con la igualdad y no genere conflictos e intolerancia, como los escenarios que hoy se viven queriendo restringir libertades posicionadas por los derechos humanos de minorías viviendo con una diversidad sexual distinta a la heterosexual, que desde luego no es un motivo para presionar a actores políticos y sociales para tomar decisiones.
Consideramos y concuerdo con nuestro amigo Ricardo Bucio, del Conapred, que en este sentido es una responsabilidad colectiva, pero tiene como actores principales a las instituciones del Estado, de la laicidad, el ejercicio de libertades y la dignidad intrínseca de toda persona.
Por otro lado también considero que los actores religiosos tienen todos los elementos para expresar el respeto y la tolerancia a posiciones diferentes a sus propios dogmas, así como para considerar que todo su discurso debe estar inserto en un Estado laico y en torno a la libertad religiosa, de respeto a la dignidad humana y no discriminación.

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