Jerjes Aguirre Avellaneda
Cuba-Estados Unidos; una nueva historia
Jueves 23 de Julio de 2015
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El 1° de enero de 1959, el ejército de guerrilleros comandados por Fidel Castro entró triunfante a La Habana, una vez que el otro ejército, el que sostenía la dictadura de Fulgencio Batista, había sido derrotado en todos los frentes. Pudo iniciarse con aquellos acontecimientos una etapa singular, no sólo para Cuba, sino para el conjunto de América Latina.
La Revolución Cubana tuvo influencias inmediatas en todas las naciones de Latinoamérica, destacando su método violento para derrocar una dictadura. Se insistía que en las condiciones revolucionarias, los grupos de guerrilleros aislados, con sus tácticas de “pega y corre”, podían convertirse en un ejército regular, con capacidad para derrotar adversarios aparentemente invencibles por su potencial de acción y el apoyo extranjero.
Después de 1959, el derrocamiento de los gobiernos legales y el establecimiento de dictaduras militares, los “gorilas” sentados en las sillas presidenciales fueron hechos constantes en Centro y Sudamérica, como estrategia que pretendía contener la influencia cubana, utilizando la represión y el uso generalizado de la violencia. La respuesta del “pueblo” como se decía entonces, de los campesinos, indios y mestizos, negros y mulatos miserables, atrapados en las estructuras del latifundio y de las grandes plantaciones agrícolas, de los sectores medios de la población y la intelectualidad comprometida, partía de considerar los “caminos cerrados de la democracia”, quedando como única opción de cambio la utilización de la “violencia revolucionaria” contra la “violencia de la reacción”.
Cuanto se hizo en contra de la Revolución Cubana, incluyendo la invasión de Playa Girón, la ruptura diplomática, el bloqueo económico y el conjunto de medidas para aislar a Cuba del mundo, tuvieron como objetivo principal evitar que el ejemplo cubano pudiera tener amplias consecuencias prácticas en América Latina. El fomento y el apoyo a las dictaduras militares era parte de la estrategia de contención de la guerrilla.
Al mismo tiempo, como las desigualdades sociales y la pobreza en el campo y las ciudades, eran causas de la revolución, entonces, había que diseñar expectativas de mejoramiento como las contenidas en la Alianza para el Progreso, en tanto programa del gobierno de los Estados Unidos, para terminar en 20 años con todas las injusticias sociales y construir la prosperidad de Latinoamérica en sólo esas dos décadas.
Todo ello no significó que la “potencia del norte” abandonara su interés en destruir la Revolución Cubana. Todo cuanto pudiera imaginarse fue utilizado con este propósito, faltando sólo la intervención directa de los marinos norteamericanos. El riesgo era real y explica que en aquel mundo bipolar, de confrontación capitalismo-socialismo, de “guerra fría”, fueran instalados cohetes atómicos soviéticos en suelo cubano, apuntando a los Estados Unidos. La solución de aquella crisis canceló la guerra y permitió evitar que en el futuro, las fuerzas militares de Estados Unidos invadieran esa isla de 114 mil kilómetros cuadrados y diez millones de habitantes.
La desaparición del campo socialista, especialmente de la Unión Soviética, marcó el comienzo de una nueva etapa en la historia de los pueblos. El triunfo del mercado se hizo global y la época de las revoluciones sociales terminó. El marxismo-leninismo perdió vigencia y las prácticas de la democracia han tenido pretensiones universales. En la situación de Cuba, su influencia política e ideológica disminuyó, a la vez que los efectos del bloqueo, eran presentados como la muestra evidente del fracaso del modelo revolucionario para atender las necesidades y las aspiraciones de la población.
En febrero de 1962, los Estados Unidos impusieron el embargo económico a Cuba. Desde entonces han transcurrido más de 50 años, más de medio siglo de bloqueo económico y político, que limitó para los cubanos su acceso a los satisfactores primarios, particularmente para la alimentación y la salud. Ha sido, sin duda, medio siglo de carencias y sufrimientos, que se amplían a las disponibilidades científicas y tecnológicas para la producción y los servicios. En última instancia, el mérito histórico de Cuba consiste en haber resistido esas circunstancias tan extraordinariamente adversas.
Sin embargo, la sociedad cubana cambió. Esencialmente cambiaron los propios cubanos. Hoy, el cubano común es un individuo ilustrado. En Cuba no existe el analfabetismo, personas con hambre o enfermos desamparados. A pesar de sus limitaciones para acceder al Internet, leen y conocen de cuanto pasa en el mundo. Su conciencia es amplia y no se incurre en error al afirmar que el cubano de hoy tiene mayores capacidades de respuesta a los desafíos contemporáneos.
En el presente, las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos se encuentran en un proceso creciente de normalización. Cuba ya no es un peligro para los Estados Unidos. Consecuentemente, mantenerla en el aislamiento es una agresión permanente contra su pueblo. Seguir igual, equivale a estimular el aprovechamiento de los recursos naturales y su calificada fuerza de trabajo, por parte de otros centros de poder mundial como Rusia y China, cuya influencia y presencia en Latinoamérica contradice a la Doctrina Monroe, en su postulado principal que establece una “América para los americanos”.
La historia se está escribiendo. Cuba ya no podrá ser el gran “prostíbulo norteamericano” en las Antillas, sino la concreción de un modelo original para el desarrollo alternativo, del que los países al sur del Río Bravo podrán evaluar y aprender. Esa es una gran posibilidad. Una expectativa que no debe perderse.

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