Aquiles Gaitán
La Luna de queso
Martes 28 de Julio de 2015
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El sistema político mexicano, el michoacano, el estado y los municipios, como el mar que canta Paul Valery en “El cementerio marino”, “la mar, la mar, siempre comenzando…”, en efecto, siempre comenzando, un nuevo comienzo, volver a empezar cada tres años con los gobiernos de los municipios y cada seis, ¡al fin seis!, con el del estado. Nadie se inmuta, es parte de los rituales del oficio, forma parte de la ortodoxia política y administrativa del estado, pero esa misma ortodoxia nos lleva, por su razón natural, a buscar preservar los orígenes del estado y los municipios. Los municipios no se inventan cada tres años, la institución municipal es el reducto democrático por excelencia, es el Ayuntamiento la casa del pueblo y es el Ayuntamiento quien representa a la población de la demarcación territorial municipal. Ahí, en el Cabildo, está la caja de resonancia de los problemas y aspiraciones de los pueblos. Todos los municipios quieren ser municipios desarrollados, con pleno empleo y ciudadanos felices, pero eso es casi imposible, cada pueblo tiene su vocación y ninguno es igual, algunos tienen vocación turística, los más bellos; otros son productores de frutas, de legumbres, de ganado; otros viven de milagro pero viven, subsisten con los subsidios y las participaciones federales que por vía de la Ley de Coordinación Fiscal les llegan por gravedad provenientes de la recaudación federal. La recaudación propia no les alcanza ni para pagar a los esbirros.
Todos los ciudadanos de los pueblos necesitan agua para vivir, si no hay agua no hay rancho ni pueblo que subsista. Los ranchos están cerca del río o del arroyo, de los ojos de agua y los escurrideros; por el agua también se dan los cultivos de riego o aunque sea de lluvia, no hay de otra en las regiones temproraleras. Los pocos municipios que tienen ciudades más o menos desarrolladas se ven atrapados por la migración constante del campo o de los pueblos chicos a los centros urbanos, con el consabido conflicto de las colonias irregulares, caldo de cultivo óptimo para el virus del activismo político. Son tantas las necesidades de esa gente migrante que no hay dinero que alcance para mitigar sus penas, el presupuesto sufre una deformación lenta y paulatina y se gasta y se gasta en atender a la gente pobre, a tal grado que después los municipios no tienen dinero ni para tapar los baches, como sucede en la bella ciudad colonial, hoy conocida como “Bachelia”.
Todos los municipios tendrán que hacer su Plan de Desarrollo, su carta a los Santos Reyes y portarse bien para que no les vayan a traer, en vez de regalos, un pedazo de carbón. Ahí, en el plan, según el dinero que tengan disponible podrán incluir acciones y programas, o como lo han hecho desde siempre, mediante el trabajo de todos los que puedan y quieran organizar acciones para cuidar sus pueblos, que cada quien pinte su casa, que barran la calle, que se junten para atender desgracias o para limpiar barrancas, arroyos y ojos de agua; que convenzan a los propietarios de la tierra que dejen macizos de árboles nativos en sus predios, pedazos de bosque al menos para que sean testigos de lo que un día fue, o ya de perdida que dejen plantar arbolitos en sus predios a la burocracia encargada de la reforestación.
El criterio a seguir, la política a seguir, es que las administraciones municipales se adapten a la ciudadanía, ¿a las necesidades de la ciudadanía?, ¿a las aspiraciones de la ciudadanía?, ¿en apoyo a las actividades productivas?, ¿o para dar servicios públicos de calidad a la ciudadanía? ¿Qué ciudad queremos? Y en función de la respuesta serán los planes de cuidado del medio ambiente y el tratamiento de residuos peligrosos, biológico-infecciosos, sólidos, aguas residuales y emisiones a la atmósfera (léase humos estilo Cepamisa).
No es lo mismo llegar al poder pensando en qué acciones emprender para servir a los ciudadanos que llegar pensando en qué negocio podemos hacer. Las políticas públicas deben estar vinculadas con los problemas que haya que resolver, utilizando los instrumentos a su alcance. Pero, ¿los políticos entienden los problemas a resolver?, ¿cómo alejar esa proclividad de ser acólitos de los hombres de negocios?, ¿y la de los hombres de negocios a manipular a los políticos? Por ahora piden puestos públicos, clave para hacer negocios, como si los gobiernos tuvieran el compromiso de hacerlo en aras de la gobernabilidad; en esa tesitura, los Templarios pedirían la Secretaría de Seguridad Pública y las comandancias municipales, ¿o ya las tienen? Creo que aquí se aplica la frase de “zapatero a tus zapatos”.
Hasta ahora los resultados de los gobiernos han sido no sólo deficientes, sino además dramáticos; los problemas de la economía local se ven agraviados por la ineficiencia administrativa y la actividad desmedida del crimen organizado cuyo combate, dramático dije, conlleva la antinomia de convertir a una organización entrenada para matar o morir en el combate, como es el Ejército, en policías a los que se les pide la observación rigurosa de los derechos humanos, esos que en la guerra no existen. Vivimos en la zozobra de no saber qué pasa, de no saber quién es quién, de saber quién es quién y no explicarnos por qué está ahí, de no saber a dónde vamos. ¿Por qué nos complace el autoengaño? No es lo mismo llamar a la inversión que incrementar la producción o promover la demanda; si promovemos la demanda de un producto se incrementa la producción, la inversión y el empleo finalmente; pero no podemos pensar en términos económicos cuando socialmente tenemos hombres de las cavernas.
Un nuevo comienzo implica necesariamente cambiar el rumbo y ¿cómo cambiar el rumbo si tenemos al enemigo en nuestro territorio, si estamos llenos de delincuentes?, ¿a ellos no se les ha declarado la guerra? Pues si es así habrá que acabarlos con la misma ley que ellos entienden, con el absoluto respeto a los derechos humanos, la franca tolerancia o la indigna connivencia, todo seguirá como hasta ahora; preparémonos a levantar los comités de defensa popular y los comités de defensa rural que haya que levantar para defensa de los pueblos y territorios, o déjense de hacerle al engabanado los que tienen en sus manos la responsabilidad de combatir el crimen organizado, o entremos todos, convergiendo en los municipios, los de ahí y los soldados, pues las policías sirven pa’ lo que se le unta al queso, ahí están las acciones, que avergüenzan, ahí están las traiciones y los atropellos a quienes han creído en ellos. Definir las políticas públicas para que las lleven a cabo los gobiernos que están por llegar es un imperativo, como lo es recuperar la confianza perdida en las instituciones. Aquí en Michoacán se dispara al viento por gusto o por costumbre al grito de “¡viva México!” la noche del 15 de septiembre en muchos pueblos, pero para asustar a la gente, para “disuadir”, dice el general, es una táctica impropia que atenta contra la vida, no nada más contra los derechos humanos y contra el sentido común, pues disuadir es convencer con razones a cambiar de opinión o desistir de un propósito; disuadir con disparos al viento me hace exclamar de manera espontánea “qué bonito es lo bonito”, es una táctica que debe estar incluida en un capítulo del manual de disturbios civiles del arma de infantería, bajo el título “Las razones de las balas”.
Todavía está la víbora chillando en Santa María de Ostula, ¿seguirá la disuasión? No es posible que tengan acierto tras acierto; Semeí Verdía representa la lucha de un pueblo, no es templario ni cuatrero, es uno que creyó que la Luna era de queso. ¿Qué pasará si no lo sueltan?, pues nada; otros levantaran la bandera pues en esos pueblos ya no hay vuelta atrás, la semilla está sembrada y reclaman la cosecha; los indígenas de Ostula seguirán tratando de explicarse la distinción entre el valor y la verdad, entre la razón práctica y la razón pura, entre la razón de los pueblos levantados, la razón de los policías, la razón del ejército, la razón de los delincuentes y la razón de los políticos, es la dialéctica de la historia que vuelve a sus orígenes.

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