Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
La pobreza, organización y nueva cultura
Viernes 14 de Agosto de 2015
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Cuando se observan las políticas sociales de los gobiernos destinadas a la lucha contra la pobreza, quedan pendientes las respuestas a interrogantes como estas: ¿puede terminarse con la pobreza sin cancelar las causas estructurales que la originan?, ¿las economías de mercado, en su propia dinámica, conllevan la posibilidad del bienestar general?, ¿los poseedores de todo, de capital y tecnología, de satisfactores en abundancia, estarían realmente interesados en el desarrollo humano pleno y la igualdad de oportunidades?, ¿cuáles son las alternativas de los pobres en un mundo de mercado globalizado?
Después de los repetidos fracasos y los enormes recursos públicos aplicados es evidente que la revisión y corrección de la política social del gobierno es ampliamente recomendable para establecer los imprescindibles equilibrios en la producción y distribución de la riqueza social como aspectos fundamentales en el desarrollo integral de la sociedad.
Una nueva estrategia de combate y eliminación de la pobreza tendría que partir del papel fundamental que corresponde desempeñar a los pobres mismos, apoyados para definir sus objetivos, establecer sus formas de organización e impulsar el establecimiento de una cultura de no desigualdad y pobreza. Los pobres tienen que convertirse en los principales protagonistas, son ellos y no el gobierno los que necesitan acabar con la pobreza.
Ante este tema, los pobres necesitan convencerse de que la condición de pobreza no es una característica aislada de la sociedad, sino el resultado evidente de su funcionamiento de conjunto, que combina todos los aspectos de la dinámica social, lo económico, social, político y cultural. Por ello en la fijación de sus objetivos es imprescindible incorporar, entre otros, la inversión, empleo, salarios, educación y conocimiento junto a todos los aspectos de la existencia que están presentes en una vida de calidad.
Los pobres tienen que definir el futuro al que aspiran, establecer sus objetivos y metas para que en función de lo que se proponen se identifiquen los medios que permitan alcanzar sus fines, en especial su organización. El reto mayúsculo para combatir la pobreza está representado por la necesidad de que los mismos pobres cambien en un proceso que les permita transformarse y transformar todo lo que les rodea.
Los pobres no disponen más que de su capacidad de organización. Carecen de otras opciones para alcanzar los éxitos que posibilita una economía y una sociedad de mercado. Pero el mercado posee una naturaleza contraria a la organización. El mercado alienta la contratación individual y al consumidor individual. Tiende a destruir las unidades organizadas, mucho más si corresponden a los pobres. A las organizaciones de trabajadores pobres ha seguido la dispersión y el aislamiento en el campo y en las ciudades.
Y sin embargo, la organización constituye el eje fundamental para revolucionar las creencias sobre la totalidad y la resignación. Se puede y debe cambiar pero organizadamente. Se puede mejorar con organización. Si los pobres tienen la responsabilidad sobre sí mismos, esta responsabilidad tienen que asumirla de manera organizada. Las cuestiones esenciales consisten en identificar en contextos dados, el cómo y para qué organizarse.
Ninguna acción relevante se realiza al margen de las organizaciones en los temas económicos, sociales y políticos. La empresa, los partidos políticos, el gobierno, la diversidad de formas de organización de la sociedad civil, provocan efectos que están por encima de las posibilidades de actuación individual. Estructura, normas, tamaño, dependen de los objetivos que se persiguen en implicaciones y trascendencia.
Una organización es equiparable a un sistema, donde sus elementos constitutivos están relacionados de tal manera entre sí que hacia el exterior forman una unidad, con cualidades diferentes a las de cada elemento aislado. En la organización el individuo puede hacer 100 y mil veces más de lo que puede hacer y lograr en forma aislada.
Por otra parte, junto a la organización es indispensable sustituir la cultura de la pobreza por la cultura de la igualdad de oportunidades. Todo cambio real tiene que ser forzosamente cultural para que perdure. Partir de la cultura que existe para lograr su transformación. Partir de lo que se tiene disponible en todos los aspectos de la cultura vigente, que permite cambiarse a sí misma. Las transformaciones decisivas –escribió Guillermo Bonfil Batalla en su libro Pensar NUESTRA CULTURA– son los que se incorporan plenamente a la cultura de un pueblo, y también las continuidades y las resistencias. Sólo cuando los acontecimientos cambian realmente la cultura de un pueblo se convierten en cambios históricos. Es la transformación interna la que finalmente cuenta, porque cambian a un pueblo y así se cambia la historia”.
Un esquema conceptual de este tipo pone en evidencia que cuanta propuesta concreta y específica se formule, aun cuando no tenga la denominación de lucha contra la pobreza, constituye una aportación para eliminar esta forma de desigualdad social como característica dominante de la globalización del mercado. En consecuencia, asumir compromisos contra la pobreza y la desigualdad en los entornos inmediatos y mediatos significa estar a favor de los siguientes tipos de pobres, entre otros: los jornaleros agrícolas, los pequeños productores rurales, en especial ejidatarios comuneros; los migrantes, los obreros y trabajadores de ingresos fijos, los desempleados, las mujeres como trabajadoras y jefas de familia, los jóvenes sin acceso a la educación y las oportunidades de formación profesional, los viejos solitarios.
Hace falta el análisis que incluya la composición de los pobres de México y de Michoacán. La realidad que podrá encontrase será desgarradora. Hay que cambiarla.

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