Gerardo A. Herrera Pérez
Debatamos Michoacán
Derecho a la diferencia
Miércoles 9 de Septiembre de 2015
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En reiteradas ocasiones me he manifestado como un defensor de las libertades sociales, razón por la cual respeto las manifestaciones de otros grupos sociales o personas frente a solicitar que se respete mi manera y forma de ser y pensar. En este sentido siempre guardo los límites que impone el Estado mexicano a mi derecho a la libertad de expresión y de manifestación.
De igual manera, como otros grupos sociales por la defensa de la familia natural, yo he convocado a caminatas y marchas contra la opresión social y he solicitado a los poderes públicos modificaciones a marcos normativos y el impulso de políticas públicas a favor de los grupos disidentes sexuales, en este sentido tengo el mismo respeto a quienes por la vía de la paz y sin romper el orden del discurso de tolerancia plantean de igual forma sus posicionamientos, aunque estos sean totalmente opuestos a mis planteamientos. Considero que es fundamental contar con los espacios para el debate de las ideas y el reconocimiento de las diferencias.
El derecho a la diferencia es fundamental, ya lo tienen los pueblos y comunidades indígenas, y después de las reformas constitucionales en materia de derechos humanos de 2011 avanzamos significativamente en el derecho a la no discriminación por preferencias sexuales e identidad de género, entre otras muchas razones para no ser excluidos de la democracia que construimos como sociedad.
El derecho a la diferencia se torna como fundamental en el reconocimiento, promoción y efectividad de una forma de vida, de existir, de estar y compartir un mismo espacio público que es diverso, que se expresa diferente; nuestro mestizaje ha generado que en espacios públicos coexistamos distintas formas de ver una misma realidad social, incluso de interpretar una misma realidad que puede tener distintas verdades sociales, una cosmovisión; en este sentido las ideologías y formas de interpretación pueden variar, pero eso no significa descalificarnos y plantearnos que unos están mal versus otros bien, lo que significa es diversidad, riqueza social, posicionamientos, en todo caso verdades subjetivadas, pero que en todo caso podemos coexistir (nunca nada igual al Holocausto).
El derecho a la diferencia, parece que para algunos personajes de la vida política y social en Michoacán funciona dentro de la perspectiva binaria (bueno/malo; blanco/negro; activo/pasivo; rico/pobre; inteligente/tonto) universalizante que solamente tolera al individuo blanco, de clase media, heterosexual, macho, viril, sin discapacidad, no indígena, seguido en una escala menor de importancia y de reconocimiento por la mujer blanca, de clase media, heterosexual, procreadora, pasiva y sumisa, sin discapacidad y sin ser indígena como referencia de normalidad y de derechos. Una visión excluyente, que se aleja de la modernidad y que se ancla a un pasado lejano que no responde a los nuevos modelos construidos desde los derechos humanos y desde otras filosofías modernas donde el sujeto yo no es más “el centro” del universo, sino que está dentro de la estructura social.
Este modelo de verdad con que se quiere ver la realidad entre la sexualidad hegemónica (heterosexual aprobada) y la sexualidad alterativa (que cuestiona el modelo heteronormativo), esta última plenamente autorizada por los marcos jurídicos internacional, federal y local de Michoacán, es impuesta por la colaboración del biopoder y de la biopolítica (Siquiera Peres, Política queer y subjetividades).
Si bien estamos en un proceso acelerado de nuevos modelos sexuales, desde el siglo XIX existe un modelo sexual que controla los cuerpos (el matrimonio heterosexual es una vía para ello, una norma sexual de control), hoy también se regulan los placeres (la monogamia como principio, se castiga la poligamia) y se promueven las modalidades de gestión de sí mismo (control de la sexualidad y entonces se castiga la violencia sexual) (Foucault, Historia de la sexualidad).
Es decir, los modos de cuidados de sí para dar pleno cumplimiento a las prácticas y los discursos que dan manutención a los patrones morales impuestos por las leyes, los contratos y las instituciones disciplinarias y de contención, guardianes de la propiedad privada, de la familia nuclear, así como del dogma cristiano.
Pero esta visión lo único que promueve violentando los derechos humanos es el fomento del individualismo, el sectarismo, el narcisismo y los despotismos, que sumados a la misoginia, al machismo, al sexismo, al clasismo, a la homofobia y a nuevos métodos de neocolonialismo pretende someter a una realidad vigente y autorizada por los marcos normativos.
Estas modalidades de gestión de sí mismo son destructoras del derecho a la diferencia, a la diferencia de la vida.
Las interpretaciones de la realidad por diferentes actores políticos y sociales no permiten que la sociedad pueda identificar la verdad, la verdad científica, la verdad normativa, la verdad que construye, y es que , cuando se plantea por grupos sociales que el matrimonio es sólo para un hombre y una mujer y que “no deben adoptar ni se pueden llamar familias”, con este posicionamiento se pretende que se promueva y preserve la familia natural, pues son estas uniones constituidas legítimamente, es decir que el matrimonio entre parejas de sexos diferentes constituye un patrimonio de la humanidad, además de que la familia es reconocida como la célula básica de la sociedad, fortaleciendo un dogma natural (sexos opuestos y complementarios para la reproducción social) y normal (que forman parejas que unidas por el amor y acompañadas por la bendición de un dios permiten la reproducción) que contradice al derecho a la diferencia.
En tanto que las parejas del mismo sexo son calificadas de antinaturales (sexos opuestos no generan reproducción) y anormales (el amor está dado sólo para el ejercicio de la reproducción, no hacerlo así genera depravación, situación bien definida en su momento por Sigmund Freud).
La falta de información de estos grupos sociales que no desean el matrimonio igualitario o, como ellos dicen, defiende el matrimonio natural, y a quienes, desde luego respeto, han generado desconcierto entre los miembros de la sociedad, situación que ha sido duramente criticada por importantes segmentos de la población.
Esta falta de información sobre el derecho a la diferencia y la no discriminación genera homofobia, que se expresa como manifestación de repulsión, odio y asco de una persona hacia los homosexuales.
Cuando escuchamos los comentarios de “yo respeto, pero que no se llame matrimonio”, “los respeto, pero que no adopten, los niños requieren de un padre y una madre”, “no hay dos pies derechos o dos pies izquierdos”. Y es que la homofobia tiene dos dimensiones: una dimensión afectivo-emocional que manifiesta repulsa a los homosexuales y lesbianas, y otra dimensión cultural que rechaza al homosexual como fenómeno psicológico y social. Esto nos permite observar cómo estos grupos sociales que defienden la familia natural clarifican con estas dimensiones y que son bastantes comunes en la que algunas personas toleran a conocidos y conocidas, amigos y amigas de la comunidad homosexual, pero no están de acuerdo con la política de igualdad de derechos, sobre todo del derecho a un matrimonio igualitario y a la adopción.
Frente a todo ello, los pronunciamientos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación son claros, ninguna categoría sospechosa puede atentar y violentar los derechos humanos de las personas con orientación sexual distinta a la hegemónica, el matrimonio debe ser igualitario con todos los efectos y derechos y obligaciones que con ello conlleva, situación que no se reconoce en el nuevo Código Familiar de Michoacán.
A la luz del Código Familiar autorizado por el Congreso del Estado el día 7 de septiembre, parece que ganó un segmento de la población porque no se autorizó el matrimonio igualitario y sí se dio paso a la sociedad de convivencia, aquí creo que nadie ganó, ni unos ni otros, quien ganó fue la intolerancia, la falta de razonamientos y argumentos jurídicos. No obstante, debo reconocer que ganamos en parte, hoy las y los compañeros transgeneros que deseen adecuaciones a sus actas de nacimiento lo podrán hacer. ¿Quién gano, quién perdió?

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