Rafael Mendoza Castillo
El diálogo como mecanismo administrativo
Lunes 21 de Septiembre de 2015
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El diálogo desde el poder, desde arriba, se inscribe en un capitalismo o neoliberalismo políticamente administrado y planificado, cuya pretensión es el control y reproducción del régimen político y sus instituciones que lo soportan. Dicho poder de dominación utiliza el mecanismo del diálogo para imponer su verdad única y sus valores como los únicos sentidos existentes.
Así, todo grupo, individuo, clase social, movimiento social o civil que pretenda sentarse en la mesa a dialogar con representantes o un representante del poder de explotación, además de autoritario, debe saber que este último defiende un orden que sirve a una clase oligárquica nacional y extranjera, que jamás acepta la voz y la verdad de los subordinados, de los inconformes, de los desiguales, del otro. Ese poder de dominación escucha al desigual, pero continúa haciendo lo que conviene a los amos del dinero y la riqueza.
El adjetivo de público, que en la Constitución se le asigna al poder, es solamente en la forma porque en la realidad sus acciones, sus modos de ser y hacer se orientan hacia la defensa del interés privado, siempre en favor de la acumulación y la ganancia del capital nacional y las corporaciones extranjeras.
En este modelo de apropiación de la vida del otro y su riqueza, incluida la nación y la naturaleza, se practica el mecanismo de la impunidad, la corrupción. Los conflictos de interés, entre el poder y empresarios o dueños del dinero, los convierten en asuntos entre particulares o utilizan sus mismas instituciones y sus funcionarios para continuar con la opacidad y exonerarlos.
En las condiciones del diálogo están las relaciones sociales del capitalismo corporativo que monopoliza la política, los medios de comunicación, la economía. Estas máscaras convierten el diálogo en un monólogo, donde la verdad o razones del otro, del inconforme, son silenciadas. Un interlocutor frente al poder no pretende convencer al representante del mismo, pero ese escenario se puede aprovechar para acumular fuerzas sociales a fin de parar esa máquina oligárquica insaciable de riqueza por otras vías de lucha.
Sabemos que el mecanismo administrativo del diálogo no ve al otro como un interlocutor, como alguien igual en condiciones sociales o de racionalidad, sino como un continente vacío que el dominador desea llenar de obediencia, de subordinación. Desenmascarar este juego implica evitar la cooptación del interlocutor inconforme, ya sea persona, individuo, clase social o movimiento social o civil. El diálogo sirve para denunciar las injusticias y el autoritarismo del orden de dominación, pero no transforma el capitalismo realmente existente y menos se convence de que pare sus injusticias y guerras contra la vida.
Es bueno recurrir a la memoria histórica en lo individual y lo colectivo para darnos cuenta de que, desde la Conquista, el conquistador nos percibió como no seres, sin ser, sin nada, y que ellos nos darían el ser acompañado de su visón y valores de su mundo europeo. A lo mejor nos independizamos de esa colonización, de ese amo, pero en el desarrollo histórico han aparecido otras figuras de dominación mucho más peligrosas, como lo es la modernidad norteamericana, aunque la europea no ha desaparecido, que nos ha impuesto.
Lo anterior fue posible por la subordinación y el entreguismo vía las reformas estructurales (Energética, Educativa, Fiscal, Electoral, etcétera) de la oligarquía financiera y su clase política; no olvidemos que esta última asaltó el poder a través de la compra del voto. Con esas reformas, de robo y de rapiña propias del neoliberalismo, la soberanía del país se hace inexistente, desaparece, se desregula y el capitalismo corporativo se enseñorea sobre la nación.
Ningún diálogo es inocente, por eso es bueno saber a qué se va a ese escenario de desiguales. El poder le apuesta al diálogo como un espacio de propaganda, mediático, para crear la sensación o la ilusión en la población de que hay voluntad de escuchar al otro, al inconforme. Pasado ese momento mexicano, el poder desata una guerra mediática y criminaliza al opositor. El opositor, el rebelde, el inconforme, son figuras históricas que la opresión y la explotación pretenden desaparecer de diferentes formas. Estos sujetos individuales y colectivos ya no aceptan la desigualdad social brutal y el robo del patrimonio de la nación, de ahí su rebeldía e indignación.
El diálogo como mecanismo de control del poder hegemónico lo entiende éste como algo procedimental, es decir, formal, donde la razón del dominador es un dogma, un consenso desde Washington. En este acto se ignora el sentido material, el contenido que provoca el malestar en los olvidados, los marginados, los pobres, los excluidos, es decir, la injusta distribución de la riqueza, causada por el modelo de economía neoliberal. Este último asunto no aparece en el diálogo porque el poder lo silencia aunque el interlocutor lo mencione. Ahí no hay acuerdo porque es el verdadero ser de los neoliberales.
El el asunto nodal, que es el modelo de economía depredadora y concentradora de la riqueza en pocas familias mexicanas, en el diálogo se sustenta o se justifica por el poder como un pensamiento único, que no admite preguntas, dudas y menos frenarlo o transformarlo. La racionalidad crítica y disruptiva del otro, del interlocutor, no existe para el poder de dominación.
Lo que sí propone el dominador al dominado es una serie de calmantes, que van desde el salario precarizado, el yoga, la misma escucha, el bien lejano, la salvación después de la muerte, que ya te olvides de los crímenes, de los desaparecidos, el consumo en El Buen Fin, que te olvides de lo analógico y accedas a lo digital en tu televisión, que te acostumbres a que otros decidan por ti y piensen que el yo es mejor que el nosotros, que la rebeldía se castiga y el conformismo lo premia el capitalismo corporativo. Ir al diálogo para acumular fuerzas sociales autónomas, por fuera de los mecanismos políticamente administrados del régimen prianista y chuchista, para resistir y frenar al neoliberalismo desbocado. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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