Jueves 24 de Septiembre de 2015
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Los 43 y muchos más desparecidos de estas tierras se tornaron semillas.
Están en las entrañas de nuestras mentes y corazones, ahí están cuando aparece el Sol en el amanecer, y cuando vemos las estrellas y la Luna.
Son semillas en los surcos de las montañas, en las arrugas del rostro de nuestra madre Tierra.
¿Dónde están ellos ahora?
Dirigí mi vista, mi contemplación, a la cara del cielo, a la cara de la tierra.
¿Di cielo, di tierra, dónde están?
Pasado mañana se cumple un año de la desaparición de los niños-ancianos de Ayotzinapa. Niños por su alegría de vivir, ancianos por su sabiduría y valor.
Septiembre sacude a México, así sucedió en 1810, 1910, 1968, 1985 y en 2014.
Recién acaba de conmemorarse el pasado día 19, los 30 años del terremoto ocurrido en la Ciudad de México, el cual cimbró mentes y corazones. Cimbró la tierra, cimbró también la patria al ver la gran ciudad casi en ruinas. El dolor de la muerte de cientos de personas, la conciencia de la vulnerabilidad.
La toma de conciencia, de que somos todos los que habíamos de sacar a los muertos, salvar los heridos, cuidar la vida de todos, reconstruir la ciudad, reconstruir la vida.
No fue el gobierno el que salió a las calles a rescatar, a mover escombros, a reunir todo lo que se necesitaba. Fuimos todos los habitantes de la ciudad los que lo hicimos, sin que nadie nos dijera qué hacer, no partidos, no líderes, solos, pero acompañados. Unidos en la soledad.
Los soldados y policías no dejaban que las personas se acercaran a intentar quitar los escombros para salvar a los que estaban debajo. El gobierno se quedó pasmado, inmóvil. La ciudadanía se movía, actuaba, resolvía, ejecutaba.
Gran lección tuvieron los habitantes de la Ciudad de México. Muchas cosas cambiaron desde ese día. La ciudad no fue nunca más la misma.
En septiembre del 68 el movimiento estudiantil estaba en plena ebullición. La ciudadanía estaba de su lado. El repudió al gobierno era casi del 99 por ciento.
El gobierno argumentaba que existía una conspiración “comunista” que no era un movimiento de descontento, de reclamo de los jóvenes, o de la ciudadanía, sino era algo “creado” desde fuera y que había que acabarlo.
El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz estaba preocupado no por los estudiantes, no por lo que pasaba en México, sino por qué diría el mundo de él.
Se gastaron millones de pesos en las instalaciones olímpicas, en vialidades, en poner bonita la ciudad. Mientras el reclamo era entre otros, el que se diera atención a la educación, a la salud, a las necesidades y carencias del pueblo.
Las olimpiadas se tenían que llevar a cabo, costase lo que costase. El movimiento tenía que ser aniquilado.
No se sabe cuántos murieron el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en el emblemático Tlatelolco, sitio donde se forjaban los guerreros águila en la época prehispánica. Se llevó a cabo la matanza a mansalva por parte del gobierno a los ciudadanos que se habían convertido a sí mismos en guerreros en defensa de la patria.
El martes pasado se estrenó en el Canal 22, la serie Los rollos perdidos, refiriéndose a los cientos de rollos de filmación que se grabaron por encargo del entonces secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, y por los cuales pagó 20 mil pesos de ese entonces.
Al cineasta Servando González se le brindaron todas las facilidades y comodidades para que filmara desde los pisos 17 y 19 del edificio de Relaciones Exteriores. Los soldados custodiaban que nadie molestara a los que grababan lo que sucedía abajo.
Mientras grababan, francotiradores disparaban a la multitud desde el mismo edificio, dos pisos más arriba. La matanza fue filmada con lujo de detalle utilizando el equipo profesional de altísimo costo y definición que el gobierno adquirió para filmar las Olimpiadas.
Con alta tecnología se filmó como caían los cuerpos, cómo corrían y gritaban las madres y los niños, cómo corría una bella joven envuelta en su abrigo rojo tratando de salvar su vida.
A las 03:00 de la mañana, con la plaza llena de sangre y cadáveres, salió custodiado el equipo de grabación. Los esperaban en los Estudios Churubusco para que se revelaran los rollos, ahí estaba Echeverría esperándolos para ver lo que había sucedido en Tlatelolco.
Nadie sabía de los rollos filmados. Nadie sabía su paradero. Eran secreto de Estado.
Fueron escondidos entre miles de rollos más, en la Cineteca Nacional que estaba entonces ubicada en Calzada de Tlalpan esquina Río Churubusco.
En Los rollos perdidos, documental realizado por Gibrán Bazán, se relata lo que pasó el 2 de octubre, la filmación, y también se documenta el misterioso incendio de la Cineteca Nacional, donde gran parte de la historia del cine mexicano y del país quedaron hechas cenizas.
Películas, fotos, libros, guiones y demás objetos invaluables fueron consumidos por las llamas el 24 de marzo de 1982. Era presidente López Portillo, su hermana Margarita López Portillo era directora de RTC. Se le acusó de derrochar recursos y de no acondicionar el lugar donde se resguardaban miles de rollos de negativos de película en nitrato, material altamente inflamable que se convirtió en una auténtica bomba de tiempo.
El material filmado la noche del 2 de octubre estaba ahí, “camuflajeado” entre miles de rollos más. Oculta la historia. Oculta la verdad.
¿El incendio de la Cineteca Nacional habrá tenido relación con el ocultamiento de estas cintas?
En septiembre del año pasado, los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa se preparaban para ir a la Ciudad de México a la marcha en conmemoración del 2 de octubre. Necesitaban recursos, salieron a botear.
Salieron llenos de ganas de con su presencia en la marcha hacer patente el reclamo de justicia del pueblo de México.
Salieron y nunca más se supo de ellos, como nunca se ha sabido donde están los cadáveres de cientos que murieron el 2 de octubre.
Nunca se ha sabido del paradero de cientos de personas desaparecidas, a pesar de la interminable búsqueda por parte de familiares y/o amigos.
La verdad y la justicia son ampliamente buscadas.
Percibo lo secreto, lo oculto.
Somos todos mortales.
De cuatro en cuatro nosotros los humanos.
Todos habremos de irnos.
Todos habremos de yacer en la tierra…
(Quince puertas del mundo Náhuatl, Editorial Diana. México 1998)
Los estudiantes muertos y desaparecidos fueron semilla, al igual que los muertos y desaparecidos en el terremoto del 85.
Los estudiantes de Ayotzinapa fueron terremoto en las conciencias aletargadas, en los corazones casi paralizados por el miedo.
Miedo de salir a la calle, miedo de matar el silencio, miedo de decir la verdad, miedo al qué dirán, miedo de perder el empleo, miedo de perder la comodidad, miedo de perder la vida.
El miedo se ha perdido, las semillas de valor germinan.
Pensaron que con desparecerlos acabarían con ellos, sin embargo los convirtieron en semilla.
Los convirtieron en inmortales.
Están en nuestros corazones y mentes
Ahí están.
vazquezpallares@gmail.com

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