Rafael Mendoza Castillo
La privatización de lo público
Lunes 5 de Octubre de 2015
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Inicio este artículo con un pensamiento de Adam Smith: “Dondequiera que hay gran propiedad, hay gran desigualdad. Por cada hombre rico debe haber por lo menos 500 pobres”. Donde eso sucede, como en México, no puede existir democracia ni justicia social, son conceptos vacíos de contenido material, puras ilusiones.
Sumemos a lo anterior el hecho de que la oligarquía financiera y su clase política adjunta y servicial han venido destruyendo las instituciones que jugaban el papel de mediaciones entre el Estado y los grupos, individuos o clases sociales. Hoy las reglas y valores de los dominadores son la corrupción y la impunidad.
Los sentidos anteriores responden al cumplimiento de los mandatos de las instituciones financieras como el FMI y el BM. Dentro de esas políticas sobresalen los siguientes tres mandamientos del pensamiento único o dogma: reducir el gasto público, privatizar y liberalizar. Estos tres dogmas debilitaron lo público como resultado de una política de despojo del patrimonio de todos los mexicanos.
De ahí la muerte del sentido social del Estado y su conversión en una institución achicada, simplificada, militarizada y, por lo tanto, secuestrada por la mafia oligárquica y financiera, incluidos sus aliados los poderes fácticos y las cúpulas partidarias. La orientación fundamental de los dogmas citados se caracteriza por la acumulación de capital en pocos y producir pobreza y humillación en la mayoría de la población.
Indudablemente que toda demolición de lo público o su segmentación produce en el tejido social la reclusión de los sectores integrados en lo privado, así como el desorden en la dispersión en que viven dos de cada tres mexicanos. Como bien afirma Sergio Zermeño: “Mientras que los sectores menos integrados se recluyen en el desorden, la atomización, la desidentidad, la anomia, la apatía y, como en un círculo vicioso, en la falta de participación en los espacios abiertos por la referida política liberal-democrática”.
Tanto la oligarquía que hoy tiene secuestrada la estructura institucional del sistema social, así como la delincuencia organizada, contribuyen a la destrucción de la vida pública. Lo anterior significa la desaparición de la política. Al desaparecer lo público se exilia el sentido de solidaridad, de comunidad y del otro. En su lugar se coloca una subjetividad individualizada, aislada, privada, cuyo sentido es anómico y fragmentado. Este hecho construye individuos adormecidos, propios de una sociedad que ha perdido sus sentidos colectivos y comunitarios.
Al exterminio de lo público por la vía de la privatización y la desregulación (reformas estructurales) se coloca al individuo como un sujeto mínimo sólo orientado hacia el consumo de objetos o de imágenes televisivas en un espacio privado como la familia o también lo colocan en espacios o territorios restringidos, como es el caso de El Buen Fin o recintos feriales, donde se asiste al consumo, mas no son espacios de lo público como el lugar donde se decide el destino de una vida digna y un vivir bien.
Lo que sucede hoy día es que el poder de dominación y su sistema neoliberal han venido domesticando la vida de la gente y la convierten en un consumo a favor de la “biopolítica”. El poder político atrapa lo que Aristóteles llamó la vida políticamente cualificada y de paso destruyen la otra vida, la vida que busca el sentido del vivir bien, en lo individual y en lo colectivo.
Todas las personas reciben de su mundo externo un conjunto de influencias culturales y representaciones, que en cierta forma orientan su relación entre ellas y la realidad social. Esas formas pueden ser creencias, reglas, códigos, lenguajes, actitudes, valoraciones y prácticas, lo que Pierre Bourdieu llamó Habitus.
Lo importante, ante este hecho, es que esos contenidos no tengan la pretensión de acomodar a la gente al mundo, sino el sentido de buscar siempre la novedad con la intención de encontrar o construir otras alternativas y otras ideas de futuro. Indudablemente que todos estamos inmersos en los procesos de socialización. De ahí la importancia de la vigilancia epistemológica y crítica ante cualquier proceso de socialización. Al no hacer lo anterior, podemos quedar atrapados en el conformismo social.
Es importante construir nuevos modos de pensamiento con el objetivo de establecer posicionamientos distintos a los establecidos por la estructura y contenido del sistema actual. La historia nos muestra ejemplos interesantes, donde se observa la importancia de una nueva figura de mundo o modo de pensar, la cual provoca rupturas y cambios frente a la realidad. Está el caso de Galileo, quién nunca aceptó leer el mundo de lo natural desde el parámetro bíblico de su época, y sin embargo, hizo la lectura del mismo desde la geometría, las matemáticas y de esa forma percibió en la naturaleza triángulos, círculos y propiedades.
Todo sujeto que accede a pensar se hace dueño de su propio entendimiento, busca la verdad y no el acomodo con su mundo; su voluntad lo empuja a cambiar lo viejo, lo caduco, lo dado de su mundo y a encontrar fundamentos humanos, éticos y morales para su sociedad. Y su pensar y actuar lo convierten en un sujeto erguido que desafía la conformidad y la apatía.
Muchas veces ese tipo de imaginación creadora se topa con la incomprensión de aquellos que se han enamorado del orden y se olvidan de la existencia del caos. Podemos afirmar que el sujeto que piensa establece un liderazgo con la verdad y nunca con la mentira y el cinismo.
El fundamento de la condición humana es el pensar crítico, negador de lo existente. Esta condición nos hace seres humanos capaces de crear un mundo antropomórfico conducido por nuestra voluntad y la acción constituyente para bien de lo humano como fundamento, no como medio para la acumulación de riqueza y explotación. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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