Viernes 9 de Octubre de 2015
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Quién sabe quién habrá asesorado o quién habrá escrito los discursos e intervenciones que en las últimas semanas el presidente Peña Nieto ha dado en diferentes actos y espacios, plagados de lugares comunes a propósito del populismo como una suerte de amenaza que se cierne sobre todo el mundo y nos pone en peligro de perecer.
Primero fue en una reunión con los sectores de su partido, denominada Encuentro de Unidad, para continuar con la transformación de México; luego, al dar un mensaje a la nación con motivo de su Tercer Informe de Gobierno, el presidente se lanzó contra gobiernos populistas y demagogos, surgidos de crisis internas, que ambientan encono, discordia, retroceso y división en su sociedad. Claro, no dijo qué gobiernos son esos. Luego seguiría con el discurso incendiario para alertar del riesgo de creer que la intolerancia, la demagogia o el populismo son verdaderas soluciones para un país. Continuó señalando: “Hay ejemplos en la historia, donde los sentimientos de inconformidad tras crisis económicas, globales, facilitaron el surgimiento de doctrinas contrarias a la tolerancia y a los derechos humanos”. Tampoco dijo dónde y cuándo.
Apenas a finales de este septiembre en su comparecencia en la Asamblea de la ONU, el presidente prosiguió con la alerta sobre “el riesgo de los nuevos populismos ya sean de izquierda o de derecha que aprovechando la frustración social por las crisis económicas, amenazan al mundo”.
A raíz de las intervenciones presidenciales contra lo “populista” o “populismo”, vale la pena adentrarse un poco en el significado de los tan denostados términos; al respecto, el investigador Argentino Ezequiel Adamovsky, en un interesante ensayo* señala que las palabras populismo y populista fueron términos académicos antes de convertirse en expresiones de uso común. Populismo fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. Apareció inicialmente en Rusia, en 1878, y se trasladaría luego a diferentes lenguas de Europa para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista local.
En su nacimiento el término se utilizó para describir la ola anti intelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo para referirse a los socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro.
En Rusia y en el movimiento socialista internacional “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista.
En Estados Unidos populismo surgió como término político en 1891 para referirse al People’s Party –de breve duración– que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y anti elitistas. Tal como en Rusia, el término también refirió a un movimiento rural y a una tendencia anti intelectualista, cuyos oponentes luego lo utilizarían igualmente en forma peyorativa.
El término volvería a usarse hasta el siglo XX en la década de los años 50, entre otros por el sociólogo Edward Shils, pero ya refiriéndose a una ideología, que podía darse en áreas urbanas o rurales, no a un movimiento especial.
A partir de los años 60, en el mundo académico, se retoma el término en sentido un tanto diferente para denominar a los movimientos reformistas del Tercer Mundo encabezados en su momento por Cárdenas en México, Vargas en Brasil y Perón en Argentina.
El término “populismo” fue transitando de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a uno más amplio para designar cualquier fenómeno ideológico y político. Varios años después, el filósofo Ernesto Laclau daría una connotación diferente al término “populista”, refiriéndose a un tipo particular de denominaciones políticas en oposición a las clases dominantes, otorgándole a la palabra un sentido positivo. Para Laclau “populismo” era la radicalización de la democracia.
Como señala Adamovsky: “Populista se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario”. En América, los gobiernos que no se alinearan con Estados Unidos, por ejemplo, o con alguna institución internacional financiera, por ejemplo el FMI, eran tachados de inmediato de populistas.
En el ámbito económico, comentarios o ideas que no sean total y completamente pro empresariales son consideradas “populistas”. Cualquier persona o medio que se preocupe y publique sobre la pobreza, la grave desigualdad de ingresos, el monopolio de la riqueza por unos cuantos, serían entonces considerados populistas. Desde esa perspectiva, serían populistas, Obama porque ha dicho que le gustaría que los millonarios pagaran un poquito más de impuestos, el Papa Francisco que se ha referido a la gravedad de la desigualdad, y por supuesto el propio Peña Nieto que aplica recursos públicos a través de programas desde la óptica –dicen unos– del clientelismo político, otros para que sean paliativos de la pobreza, y así por el estilo.

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