Ramón Guzmán Ramos
La suerte de Renata
Sábado 14 de Noviembre de 2015
A- A A+

Renata nunca se imaginó que el muchacho con el que se casaba cuando ambos eran apenas dos adolescentes se convertiría en su asesino 20 años después. Contrajo matrimonio con Martín obligada por sus padres y por un embarazo no deseado de varias semanas. La pareja procreó tres hijos, dos muchachas y un varón, a lo largo de ese tiempo en que ella no hizo sino padecer las agresiones sistemáticas de él. Martín solía embriagarse con frecuencia y usaba también otras drogas más fuertes, como la cocaína y la mariguana. Cada vez era más violento con ella y con sus hijos, que temían la hora en que él llegara a su casa con los demonios dentro. Cuando estaba sobrio era agradable. La trataba bien, le pedía perdón por las cosas que le hacía cuando estaba fuera de sí y trataba de resarcirla del daño que le provocaba llevándola a comer y a bailar. Renata lo perdonaba y el círculo se volvía a cerrar.
Martín la había llevado a un lugar especial para celebrar sus 20 años de casados. Allí empezó a beber de nuevo. Apenas la dejó en su casa y se volvió a perder durante varios días. Últimamente se le veía atormentado por los celos. Quién sabe de dónde sacaría la idea, pero creía que Renata lo engañaba, que aprovechaba sus ausencias prolongadas para meterse con otro. Esa tarde ella estaba en su casa acompañada de sus hijos, incluida su hija mayor, que estudiaba en la universidad. Hablaban de su padre, dónde estaba, había empezado otra vez a tomar, le decían que por qué no lo dejaba, que era demasiado aguantar, que lo hiciera también por ellos, mucha violencia en la casa, un temor de años y coraje por lo que les había hecho todo el tiempo y les seguía haciendo. Martín alcanzó a escuchar algo de aquella conversación familiar y pensó que lo querían abandonar; se lo reclamó a Renata y empezó una discusión violenta.
Su hijo de 16 años trató de intervenir cuando Martín tomó un cuchillo de la cocina y amenazó a Renata. Pero no tuvo la fuerza suficiente para arrebatarle el arma. Entonces Martín los encerró a los tres en una habitación y se quedó con Renata en la sala. La hija mayor envió mensajes a todos los familiares y trató de comunicarse con la Policía para que acudieran en auxilio de su madre. Pero todo ocurrió demasiado rápido. Los hijos escucharon el grito aterrador de Renata cuando Martín le clavó el cuchillo en el pecho, del lado del corazón. Entonces desprendieron la perilla de la puerta y se encontraron con su madre sobre uno de los sillones, desvanecida, sangrando. Martín ya no estaba. Entre los tres pusieron de pie a su madre y salieron con ella de la casa para detener algún vehículo y llevarla al hospital, pero a mitad de la calle ella se desplomó sin vida.
Tres días después, cuando el cuerpo de Renata se encontraba ya en el panteón, la Policía detuvo a un tipo que escandalizaba en la vía pública, que se les atravesaba a los carros, desafiando a los conductores para que lo atropellaran si se atrevían, gritando incoherencias, amenazando a los transeúntes que se encontraba, con los ojos enrojecidos por los demonios que traía adentro y que no lo dejaban. Resultó ser Martín. Lo enjuiciaron con rapidez para aplacar la inquietud de la sociedad. Caso resuelto. Los medios hablaron de un crimen pasional. Después de algunos días dejaron de mencionar el asunto y la tragedia quedó en el olvido público.
Dicen los estudiosos que situaciones así, que suelen terminar con el asesinato de la mujer, se podrían evitar si hubiera quien pusiera atención sobre las señales y alertara a las víctimas, las orientara, les ayudara y les ofreciera protección. Las organizaciones que luchan contra la violencia de género sostienen que la responsabilidad de prevenir y castigar estos hecho es del Estado. No se les puede catalogar como crímenes pasionales o del ámbito privado. La violencia que de una u otra manera y en diferentes grados se ejerce sobre la mujer tiene que ver con un contexto socio cultural específico. Es parte de una cultura que desde siempre ha colocado a la mujer en una situación de inferioridad con respecto al hombre, de sujeción y obediencia total. Se le reduce a un objeto, a pertenencia exclusiva. El hombre es su dueño y puede hacer con su propiedad lo que le venga en gana. La mujer ha sido hecha para las labores del hogar y para servirle al hombre en lo que éste disponga. En una sociedad machista como la que tenemos, no se ve mal que el hombre ejerza violencia contra la mujer si ésta le desobedece y si desafía su autoridad, si se atreve a ser ella misma.
Son roles muy arraigados en todos los ámbitos de la vida social: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en cualquier espacio de convivencia. La mujer se ocupa de procurar que todos los servicios estén listos y que el hombre se sienta satisfecho. Incluso en las reuniones de niños, de estudiantes, laborales, ella asume su rol y se dispone a tenerlo todo listo para que el varón lo disfrute. De no ser así, entonces la respuesta se vuelve agresiva, violenta, y puede llegar a situaciones trágicas. Las expresiones de violencia son tan variadas que nos hablan de un fenómeno terrible que debería preocuparnos a todos. Lo mismo el piropo que el tocamiento sin autorización, hasta llegar a la violación sexual, el acoso, la discriminación, la trata, los desenlaces trágicos. Es cuando se produce lo que conocemos como feminicidio: la violencia extrema que se comete contra las mujeres por cuestiones de género, es decir, sólo porque son mujeres, y que llega a esos niveles de terror en que el hombre le quita la vida sólo porque puede hacerlo. Una cuestión de poder. Un asesinato de odio. El Estado, por su parte, no sólo se encuentra ausente en ese penoso recorrido en que las señales se empiezan a mostrar y hacen evidente el problema, sino que una vez que se produce opta por dejar que el crimen se quede en el ámbito de la responsabilidad privada.
Las mujeres han logrado conquistar espacios que antes el hombre se reservaba sólo para sí. Ha logrado demostrar que es tan eficiente como el varón en cualquiera de las ocupaciones que se le asigne. Lo esencial es que ha conseguido un importante nivel de independencia económica con respecto al hombre. Ella es capaz de ganar su propio dinero y ya no depende de lo que el hombre le dé, tampoco tiene que quedarse en casa a esperar a que la mantengan a cambio del servicio doméstico. Los estudiosos afirman que el hombre se siente desplazado de estos espacios por la incursión de la mujer, de ahí su reacción agresiva. Pero es responsabilidad del Estado garantizarles a todos los ciudadanos su protección y seguridad. De la misma manera con la mujer por su situación como tal. No hay que esperar a que los índices de violencia y asesinatos en contra de las mujeres se disparen para decidirse a decretar la alerta de género. Y tampoco tendrían por qué hacerlo sólo las autoridades. Es hora de que decisiones de esta naturaleza se tomen en espacios donde las organizaciones que luchan contra la violencia de género participen con su experiencia y sus aportaciones.
En Michoacán se cometen alrededor de 70 feminicidios al año. No sabemos cuántos más se producen sin que lleguen a ser catalogados como tales. Pero los espacios y los procesos donde se generan reacciones violentas contra las mujeres están por todas partes. Es hora de tomar en serio el problema y construir soluciones de raíz, que puedan prevenir, evitar y sancionar los crímenes contra la mujer. Que la suerte de Renata no la corran otras mujeres que en estos momentos necesitan ayuda.
Los tres hijos de Renata reciben atención terapéutica. La mayor tiene sentimientos encontrados: de dolor intenso por la pérdida de su madre y el modo como ocurrieron las cosas, y de coraje en su contra porque se lo había advertido y ella no le hizo caso. El hijo de en medio se ha refugiado en sí mismo. La más pequeña, de apenas ocho años de edad, dice que lo que ella quiere por encima de todo es irse a donde está su mamá.

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

Independentistas

La naturaleza del poder

Marichuy

La revolución en su laberinto

La toma del cielo por asalto

Una dictadura disfrazada

En defensa propia

Normalistas

Por la candidatura presidencial

Una utopía menor

La hora de Comala

El segundo más violento

Conflicto en Bachilleres

Arantepacua en el corazón de Bachilleres

Opacidad

Ingenuidad

Bono de fin de año

Frente amplio electoral

El socialismo irreal

País en vilo

Del pasmo a la resistencia

CNTE: Un balance necesario

Ícaro y el arrebato del vuelo

Y retiemble en sus centros la Tierra

Gobernabilidad cuestionada

El hombre como un ser erróneo

Adolescentes embarazadas

Rechazados

La necia realidad

¿Cuántas veces última?

La vuelta a clases

El enfoque crítico en educación

El Diablo no anda en burro

La imaginación y la subversión de la realidad

Entre la incompetencia y la demagogia

Educación para la vida

Las trampas del diálogo

Diálogo

El profesor Filemón Solache Jiménez

La mujer es la esclava del mundo

Culpables, aunque demuestren lo contrario

Razón de Estado y Estado sin razón

La amenaza y la represión como oferta de diálogo

Albert Camus y el mito de Sísifo

Albert Camus y el mito de Sísifo

El oficio de escribir y la emergencia de la realidad

Los brazos de Sísifo

Ayotzinapa: Tiempo funeral

La cultura al último

Estado de excepción

Cherán y su rechazo al Mando Único

Sección XVIII: El congreso inconcluso

C e s a d o s

Reminiscencias

Sección XVIII de la CNTE: El poder que desgasta

El amor en la boca del silencio

El amor en la boca del silencio

Francisco superstar

Partir de cero y quedarse allí

Comisionados sindicales

Cómo distraer a un país

Que paguen los que siempre pagan

El debate por la cultura

Democracia sin oposiciones

Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas

Colectivos pedagógicos

Evaluación con policías y leyes a conveniencia

La violencia nuestra de todos los días

La suerte de Renata

La piedra de Sísifo

Contra la imposición

Ícaro y el arrebato del vuelo

La culpa la tiene el pueblo

El fin de las utopías

Congreso Estatal Popular de Educación y Cultura

La era de Pandora

El otro debate

La estrategia del endurecimiento

Yo soy 132

Evaluar para sancionar

Célestin Freinet

En busca de Jorge Cuesta

Iniciación a la lectura

Cherán y su relación con los partidos

Deslinde

Encuentros

Una vida

Después de la oscuridad