Ramón Guzmán Ramos
La violencia nuestra de todos los días
Sábado 21 de Noviembre de 2015
A- A A+

No podemos decir que hemos terminado por acostumbrarnos a ella y que su realidad cotidiana y apabullante nos ha vuelto insensibles. Los hechos violentos que cotidianamente ocurren en nuestro entorno y en otras latitudes del país y del planeta nos afectan; a veces nos impactan de manera extraordinaria y nos sacuden internamente. No deja de sorprendernos la habilidad que demuestran los violentos para desarrollar nuevas formas de destrucción. El problema reside en que nos dejamos ganar por la confusión y reaccionamos visceralmente. Cada vez reducimos más nuestros lugares de encuentro y de convivencia con la intención de evitar cualquier situación de riesgo. El problema es que algo así ocurre no sólo con los espacios físicos, sino con nuestros propios esquemas mentales, con nuestro pensamiento y el modo como concebimos y valoramos los hechos. Es como si todo se redujera a una sola actitud: el darme cuenta de lo que ocurre me hace saber al mismo tiempo que sigo vivo. Qué bueno que no soy ese muerto, esa persona abatida a balazos, ese cuerpo destrozado, colgado, degollado, descabezado. Mientras esta suerte les toque a los otros, a los demás, yo puedo regocijarme de salir indemne, de continuar con vida.
Los hay que deciden abrir sus espacios estrechos porque de pronto la desgracia les cae como un rayo en cielo escampado, como una maldición que no logran comprender. Es así como surgen los movimientos sociales que claman por justicia, que condenan la impunidad, que denuncian a los perpetradores, que surcan la realidad y alcanzan a sacudir otras conciencias. Pero no dejan de ser movimientos parciales, fragmentarios, que fácilmente caen en el aislamiento y el dogmatismo, sobre todo cuando se vuelve evidente que los demás se apartan y los dejan solos. Digamos que este ha sido el gran drama de nuestro país, de nuestro tiempo. Cada uno en su refugio, en su trinchera, en su movimiento, atrapado en su propia causa, en su organización, en su secta. Es cuando la intolerancia germina y hace que veamos a los otros, los que no comparten la misma ideología, la misma visión, como seres opuestos, adversarios, o de plano como enemigos a vencer.
En México, es cierto, han ocurrido cosas terribles que pueden calificarse como actos terroristas, si por terrorismo entendemos el uso sistemático de la violencia extrema como un medio estratégico para imponer sobre los demás una ideología, una religión, un régimen de organización, o simplemente para hacerse de un tipo específico de poder y mantenerse en él. La represión brutal que sufrieron los normalistas de Ayotzinapa, por ejemplo, con un saldo trágico de 43 estudiantes desaparecidos y tres muertos, se ubica en esta descripción de barbarie, lo mismo esta oleada de muerte y horror que no cesa en contra de la población civil por parte del Estado y de otros poderes fácticos al amparo de la impunidad. Lo de Ayotzinapa, sin embargo, no logró meter a toda la sociedad en un solo movimiento de indignación y protesta, de exigencia de justicia y rendición de cuentas. ¿Estamos ante una ausencia terrible de sensibilidad social? No lo creo. Toda la sociedad, en mayor o menor grado, condenó los hechos y no se creyó la versión oficial de “la verdad histórica”, pero el movimiento de los padres de los normalistas desaparecidos se ha venido quedando aislado paulatinamente. Es que la gente no se arroja a los espacios públicos cuando la tragedia es de otros, por mucho que nos sacuda interiormente.
El problema es que nos hemos olvidado de algo crucial: que somos parte indisoluble de un contexto específico. Además de individuos, somos seres sociales, entes históricos a quienes afecta de un modo o de otro lo que sucede en otros espacios, en otras geografías, en otras culturas. Lo que les pasó a los normalistas nos pasó a todos. Todos perdimos un hijo, un hermano, un primo, un amigo, un compañero esa noche larga y triste en que los muchachos, aspirantes a maestros, cayeron en garras de terroristas nacionales. Y cada vez que alguien cae fulminado sobre el piso o se esfuma sin más de la tierra, nosotros, los que sobrevivimos, los que aguardamos atrincherados nuestros turno, perdemos algo sustancial, sobre todo del alma. Y cada vez que los maestros y los demás normalistas son amenazados con la represión y la cárcel por tomar los espacios públicos en defensa de la educación y negarse a ser objeto de una evaluación que castiga y persigue, que discrimina y excluye, todos deberíamos ver que es una política de Estado en contra de todos los niños y jóvenes, de todos los trabajadores del país. ¿Entonces qué pasa?, ¿por qué no pasa lo que debería pasar? Los que andan protestando y exigiendo cosas en la calle siempre son los otros… hasta que nos toca. Ahora hasta los policías han tenido que marchar por la calle para exigir que se les pague lo que se les debe. El problema de fondo es que nos mantenemos en guardia, atrapados en trincheras aisladas, reaccionando físicamente sólo cuando la desgracia y la injusticia nos toca en directo.
Es una situación que disminuye y a veces obnubila nuestra capacidad de indignación y de respuesta. El ataque terrorista que yihadistas del Estado Islámico desataron en París el pasado 13 de noviembre nos ha colocado en una disyuntiva falsa. ¿Se trata de apoyar a unos y condenar a los otros, de ver cuáles muertos tienen más valor para considerar una condena abierta o el desaire infame? La histeria bélica que recorre el mundo ha ensombrecido y llenado de más odio y temor la atmósfera prevaleciente. Uno entiende que haya sectores de la sociedad que aprovechan estos acontecimientos para rasgarse las vestiduras y arrojar humo denso sobre lo que sucede en nuestro propio país, esta violencia que no cesa y que llega a adquirir niveles de terrorismo. Lo que sorprende en todo caso es que veamos esos acontecimientos a la distancia y que hagamos distinciones entre las víctimas. El caso es que el movimiento yihadista se propone imponer por la fuerza extrema usando un tipo de violencia irracional, con un desprecio total por la vida y las otras culturas y religiones, un Estado totalitario y homogéneo que reúna a todos los musulmanes del mundo en un territorio específico y bajo un régimen de sometimiento absoluto, de renuncia a la libertad individual. También es cierto que los gobiernos de las grandes potencias, como Estados Unidos y Francia, ahora también Rusia, han desatado su propio infierno en aquella zona. La violencia extrema de los yihadistas es una respuesta a los bombardeos y ataques de los ejércitos de estas potencias. Aunque el EI no necesita en realidad justificaciones para incendiar el mundo.
Una postura de solidaridad tendría que ser con las víctimas de ambos lados. No hay que olvidar que los pueblos no son lo mismo que sus gobiernos. En estos momentos la guerra que se ha desatado abiertamente se da entre los gobiernos de las potencias occidentales y esa expresión extremista del islamismo autodenominada Estado Islámico. Pero son los pueblos de Francia, de Rusia, de Estados Unidos, los que ponen a las víctimas, lo mismo los de Iraq y Siria. Nuestra solidaridad, entonces, tendría que ser para con esos pueblos oprimidos por la violencia, y nuestra condena para sus gobiernos.
El terrorismo perdería toda eficacia si nosotros viéramos a cada víctima como un atentado contra la humanidad, no importa a qué nacionalidad, raza, religión, ideología o cultura pertenezca.

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

Independentistas

La naturaleza del poder

Marichuy

La revolución en su laberinto

La toma del cielo por asalto

Una dictadura disfrazada

En defensa propia

Normalistas

Por la candidatura presidencial

Una utopía menor

La hora de Comala

El segundo más violento

Conflicto en Bachilleres

Arantepacua en el corazón de Bachilleres

Opacidad

Ingenuidad

Bono de fin de año

Frente amplio electoral

El socialismo irreal

País en vilo

Del pasmo a la resistencia

CNTE: Un balance necesario

Ícaro y el arrebato del vuelo

Y retiemble en sus centros la Tierra

Gobernabilidad cuestionada

El hombre como un ser erróneo

Adolescentes embarazadas

Rechazados

La necia realidad

¿Cuántas veces última?

La vuelta a clases

El enfoque crítico en educación

El Diablo no anda en burro

La imaginación y la subversión de la realidad

Entre la incompetencia y la demagogia

Educación para la vida

Las trampas del diálogo

Diálogo

El profesor Filemón Solache Jiménez

La mujer es la esclava del mundo

Culpables, aunque demuestren lo contrario

Razón de Estado y Estado sin razón

La amenaza y la represión como oferta de diálogo

Albert Camus y el mito de Sísifo

Albert Camus y el mito de Sísifo

El oficio de escribir y la emergencia de la realidad

Los brazos de Sísifo

Ayotzinapa: Tiempo funeral

La cultura al último

Estado de excepción

Cherán y su rechazo al Mando Único

Sección XVIII: El congreso inconcluso

C e s a d o s

Reminiscencias

Sección XVIII de la CNTE: El poder que desgasta

El amor en la boca del silencio

El amor en la boca del silencio

Francisco superstar

Partir de cero y quedarse allí

Comisionados sindicales

Cómo distraer a un país

Que paguen los que siempre pagan

El debate por la cultura

Democracia sin oposiciones

Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas

Colectivos pedagógicos

Evaluación con policías y leyes a conveniencia

La violencia nuestra de todos los días

La suerte de Renata

La piedra de Sísifo

Contra la imposición

Ícaro y el arrebato del vuelo

La culpa la tiene el pueblo

El fin de las utopías

Congreso Estatal Popular de Educación y Cultura

La era de Pandora

El otro debate

La estrategia del endurecimiento

Yo soy 132

Evaluar para sancionar

Célestin Freinet

En busca de Jorge Cuesta

Iniciación a la lectura

Cherán y su relación con los partidos

Deslinde

Encuentros

Una vida

Después de la oscuridad