Aquiles Gaitán
El granito de arena
Martes 1 de Diciembre de 2015
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Todos los programas de beneficencia, hoy llamados programas sociales: hambre cero, 70 y Más, la leche, etcétera, son monumentos erigidos al fracaso del Estado, de la sociedad, de las políticas públicas aplicadas por los gobiernos, al dinero público mal gastado, a la falta de imaginación y eficiencia contra la pobreza. Ser pobre no es delito, es una tragedia de la que pocos salen vivos. La única puerta para salir se llama educación, con todas sus penurias, pero no hay alternativa, el que no la quiera abrir, se queda dentro. Pero aun así existen profesionistas pobres porque cuando fueron a la escuela para aprender las técnicas del oficio o la profesión no estudiaron, fueron a pasar de panzazo, o como pudieron, pero los reprueba la vida, la movilidad social no se presenta y la pobreza los aflige; se requiere templanza y coraje para competir por los trabajos y eso no lo enseñan en las escuelas y universidades, tal vez en algunas, o algunos maestros que motivan a ser emprendedores, recuerdo a uno que dijo: “Este colegio es una escuela de guerreros, aquí vienen a estudiar los mejores y deben elegir entre ser caballeros tigres o caballeros águilas, su conducta en la vida será la de guerreros, que luchan por sus ideales”.
Eso no se olvida nunca porque es la filosofía de la vida, igual hay escuelas de negocios donde enseñan a ser empresarios, a invertir dinero para producir satisfactores y generar empleos, es decir, a buscar la explotación de los trabajadores para apropiarse de la plusvalía y generar riqueza. Simplemente son cristales que determinan la posición que se adopta para contemplar la vida, “todo es según el cristal con que se mira”.
Quedé estupefacto cuando escuché a Peña Nieto decir que somos un país “destinado a ser imparable”, lo sentí caminando ¡lejos!, al frente de una multitud, con la bandera al viento, pero solo, imparable en su paso y su discurso, pero solo, nadie lo sigue, ni sus vasallos. Imparables deberían estar los policías federales atendiendo los delitos federales, los estatales los suyos y los municipales los propiamente dichos; las invasiones de paracaidistas en la estación del tren de Uruapan y las faldas del estribo de Pátzcuaro son de alarido, los despojos de las huertas de aguacate en el rancho de La Palma de Altamira, en Ario, allá por el rumbo del Cerro del Oyamel, en los límites con Santa Clara del Cobre, allá por El Tepamal, la única hacienda que conozco hecha de trojes inmensas y bellas, hoy región de nidos de malvivientes, son ejemplos claros de la descomposición social ¿Por qué son pobres, si es que son pobres, pueden invadir huertas de aguacate en plena producción, o predios privilegiados por su ubicación urbana? Los motivos y pretextos pueden ser muchos, pero están fuera de la ley y hace falta actuar y ver que manita le está meciendo la cuna a estas criaturas.
¿Puede coexistir el desarrollo y la pobreza?, ¿existe el desarrollo con pobreza? Pues sí, en eso hemos andado desde siempre; el desarrollo es inversamente proporcional a la pobreza: a mayor desarrollo menor pobreza, a mayor pobreza menor desarrollo. El nivel y el ritmo de desarrollo se miden con indicadores, los ingresos del estado o del país, el ingreso por habitante, el producto nacional bruto, el producto interno bruto, las actividades primarias, las manufacturas, las producción agropecuaria, la producción de alimentos, la madera, la pesca, el acero, las exportaciones y obvio, que hacen en cada municipio para auspiciar estas actividades y medirlas para saber dónde estamos parados. ¡Ah!, y cuántos pobres, ¿y cuantos delincuentes? Que son los indicadores que hoy por hoy también se miden.
Todos queremos lograr la industrialización de los recursos agrícolas, ganaderos, pesqueros, forestales y mineros como un medio para generar empleos y elevar el nivel de vida de los michoacanos, agregando valor a los productos que hoy salen del estado como materias primas. “Abran bien los ojos”, decía mi santa madre, fíjense bien en lo que hacen, cómo gastan su dinero, con quién se juntan, es el sentido común de la vida y por supuesto, aplicando al desarrollo nos dará la pauta para aplicar las políticas a seguir.
Si somos herederos de una cultura tradicional en nuestros pueblos, debemos cuidarla, no destruirla en aras del desarrollo y sus efectos de la modernidad; en todos los aspectos debemos cuidar lo nuestro, lo que nos da identidad y nos permite ser los michoacanos que somos. El sistema político se moderniza desde arriba y a los pueblos en los municipios llegan los efectos de la supuesta democracia electoral, diseñada por la partidocracia, repito, partidocracia que nos tiene chupando el dedo con atole y ellos recibiendo los subsidios en la espiral sin fin de los cíclicos procesos electorales, por eso resulta notable la actitud del pueblo de Cherán al no aceptar la imposición de una cultura que no les pertenece.
La mansedumbre tiene un límite y, cuando se llega a él, se acaba y surge la severidad de la democracia directa. Qué bueno sería que cada quien resolviera lo suyo, pero le falta fuerza al corazón de los pueblos o les falta legitimidad a las autoridades municipales postradas ante el estado que les dice cómo, cuándo y dónde; en el fondo están desorganizados y no hay un motivo fundamental o decisivo que les aglutine, que les una en torno a una organización política y menos económica pues aquí, cada quien lleva el agua a su molino, cada viejo alaba su bordón.
La industrialización requiere una inversión, que a la vez constituye una contribución tecnológica y científica de maquinaria y equipo que los michoacanos debemos aceptar y cuidar como parte del compromiso con el desarrollo, de lo contrario, si no llegan inversiones tendríamos que buscar con nuestros propios recursos aprovechar lo nuestro, vía el turismo de la naturaleza, aprovechándolo con sustentabilidad, sin destruir lo que tenemos; el Lago de Pátzcuaro, el Parque Nacional de Uruapan, la Tzaráracua, los mismos santuarios de las mariposas, los azufres, requieren de acciones para su cuidado ¡fuera los comerciantes ambulantes y fijos del Parque Nacional!, ¡que llegue el agua limpia a la cascada de la Tzaráracua, no el drenaje sin tratamiento de Uruapan!, ¡que no tiren los drenajes sin tratamiento de Pátzcuaro, Tzintzuntzan, Quiroga, Eronga y anexas al Lago de Pátzcuaro!
Y apropósito del cambio climático, en materia de emisiones a la atmósfera: ¿Cómo andamos?, ¿sabremos cuántas ladrilleras hay en Michoacán?, ¿cuántas chimeneas de humos contaminantes de la industria refresquera, maderera, talleres, industria siderúrgica, hasta de pollos asados?, ¿cuántos vehículos ostensiblemente contaminantes del trasporte urbano, de carga, suburbano y particulares? Estamos ante una oportunidad más de hacer del cuidado del medio ambiente no sólo el continente del contenido, no sólo el espacio de aplicación, sino el punto de partida y llegada de todas las acciones del gobierno y de la vida cotidiana de los Michoacanos.
Este será el indicador más sensible de nuestro desarrollo. Un Michoacán limpio de basura, con agua limpia en sus ríos, arroyos, lagos y canales de riego, con un aire libre de contaminación, con acciones que vayan encaminadas a detener la destrucción de nuestro medio ambiente y a cooperar con nuestro granito de arena a frenar el calentamiento global.

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