Ramón Guzmán Ramos
Colectivos pedagógicos
Sábado 5 de Diciembre de 2015
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El Consejo Técnico Escolar (CTE) es el instrumento que ha decidido utilizar la SEP para concretar los lineamientos que en materia educativa ha establecido el Estado mexicano. Hay que decir que la escuela ha sido uno de los espacios más descuidados por los gobiernos a nivel federal y estatal. Más allá de algunos programas que se aplican para ofrecer cierta atención y otorgar recursos con base en criterios selectivos que terminan por ser excluyentes y discriminatorios, como Escuelas de Calidad, por ejemplo, han tenido que ser los maestros y los padres de familia quienes resuelvan por su cuenta las necesidades más apremiantes, sobre todo de infraestructura, que presentan los centros escolares. El CTE es un espacio que estaba totalmente olvidado. La SEP decidió resucitarlo para apropiarse del control total de las escuelas. Mantiene una estructura vertical y deja fuera a los trabajadores de las áreas no docentes. Se supone que una de sus funciones primordiales es analizar en colectivo la problemática del centro y poner en práctica las soluciones que se acuerden. Pero hay un criterio de tipo burocrático que termina por imponerse. El presidente del CTE es el director o el supervisor y los maestros no pasan de ser objeto de recriminaciones directas, concebidos, según el enfoque oficial que se maneja actualmente, como los culpables de todo el atraso educativo.
Otro espacio con características similares es el Consejo Escolar de Participación Social. Se trata de una instancia que, en entidades donde las reformas a la educación han sido cuestionadas y rechazadas por el magisterio, no ha podido conformarse como lo ha planeado la SEP. Además de una representación de padres de familia y ex alumnos de la escuela, se abre a la participación de representantes de la comunidad. Toca a la autoridad educativa convocar y hacerse cargo de la constitución y funcionamiento de este espacio. Incluyendo la representación sindical de maestros, esta instancia se hace cargo de vigilar la vida cotidiana de la escuela y hacer propuestas para su mejoramiento, sobre todo por lo que a infraestructura se refiere. Es aquí donde entra también esa figura de la reforma que se relaciona con la llamada autonomía de gestión de las escuelas. No se trata, por supuesto, de una autonomía que les permita a los docentes organizarse por su cuenta y construir espacios para el análisis de la problemática educativa, o para que puedan ejercer eso que alguna vez se llamó libertad de cátedra, sino para que el Estado pueda descargar totalmente sobre las escuelas y los padres de familia el financiamiento escolar. Son espacios, por otra parte, que tienen una estructura vertical, burocráticamente jerarquizada, lo que garantiza el control directo de la autoridad educativa y cancela cualquier posibilidad de construir una verdadera autonomía donde pudieran ser los miembros de la comunidad escolar los verdaderos sujetos de la educación.
Los maestros han cuestionado estas figuras de organización de la escuela porque no son la respuesta que se necesita para involucrar a los sujetos educativos en procesos democráticos de transformación. Como alternativa, han decidido construir espacios con una conformación muy diferente. Son los colectivos pedagógicos (CP). El CP es la asamblea escolar. Su estructura organizativa es abierta y horizontal, de manera que permite la participación de los distintos miembros de la comunidad escolar en la socialización de la problemática que se enfrenta y las acciones que se necesite implementar. El CP escolar es parte de un proyecto mayor: el plan alternativo que el movimiento propone y lleva a la práctica a nivel estatal para evitar que la Reforma Educativa desvíe a la educación de su razón histórica de ser: formar a las nuevas generaciones en función de los desafíos que nos presenta la época pero con un enfoque humanista, crítico, solidario, emancipador. El conocimiento ha de servir a fin de que los niños y los jóvenes no sólo se preparen para el trabajo, lo cual es necesario, sino para la vida; que construyan una conciencia lúcida de su realidad y descubran su lugar en ella, el papel que han de desempeñar en lo individual y en lo social. En esta época de violencia extrema, guerras permanentes, fundamentalismos bélicos, matanzas bárbaras, intolerancia visceral, afectación catastrófica del medio ambiente, miseria infame, desplome de los valores que contribuyen a la cohesión social, la educación tiene también como propósito reconstituir el espíritu humano y las bases en que se finca toda civilización.
Los CP realizan un trabajo permanente de investigación. Tienen comisiones específicas para levantar y enriquecer de manera continua el diagnóstico de la escuela y sus relaciones con el contexto socio-cultural en que se encuentran. Esto les permite detectar de manera objetiva –diríamos que científica– las fallas y las necesidades que se tienen en todas las áreas de convivencia educativa: la pedagógica, de infraestructura, de relaciones internas y de la escuela con la comunidad. El diagnóstico abre la posibilidad, asimismo, de hacer una planeación que corresponda directamente a las condiciones en que se encuentra la escuela y las perspectivas de desarrollo que se plantea. Hablamos de una planeación que se hace a nivel individual, por academias, por áreas de funcionamiento y por escuela. La evaluación aquí le sirve al CP para darle seguimiento al proceso y ajustar los elementos que pudieran fallar. De ninguna manera se plantea, ni se desprende del enfoque con que se trabaja, un tipo de evaluación –como la que está imponiendo con policías la SEP– que castigue, discrimine, excluya, ponga en evidencia y denigre la dignidad humana. No se concibe al alumno como un producto que debe reunir ciertos estándares de eso que llaman calidad, sino como un sujeto histórico que desarrolla una conciencia crítica de la realidad, de manera que esté en condiciones entender su lugar en ella y actuar en consecuencia.
Tampoco se concibe al CP como un espacio aislado. De hecho, forma parte de una red que se construye a nivel de zona escolar, municipio, región y estado. La perspectiva, desde luego, es que cuando haya condiciones se abra a una dimensión nacional. Es una propuesta que parte de una experiencia pedagógica que se erige y se enriquece desde abajo, desde los cimientos del sistema educativo, con la participación de quienes son en realidad los sujetos de la educación. No es un proyecto que haya salido del escritorio de algún funcionario con macana o de una instancia de especialistas que no viven la realidad concreta que se proponen controlar. Es la propuesta que los maestros tienen preparada para ponerla sobre la mesa de negociación con el gobierno. Pero éste ha cancelado desde hace tiempo toda posibilidad de construir un nuevo modelo educativo con la participación directa de los docentes.

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