Ramón Guzmán Ramos
Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas
Sábado 12 de Diciembre de 2015
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Lo primero que me pregunté fue acerca del título: Ayorzinapa. La travesía de las tortugas. El Colectivo Marchando con Letras, que se formó a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, decidió hacer un trabajo minucioso de investigación sobre la vida, la trayectoria, las aspiraciones, la familia y el entorno de estos muchachos que aspiraban a ser maestros y mejorar con el estudio su suerte y la de sus seres queridos. Enseguida vi que Héctor de Mauleón, autor del prólogo, citando a una de las autoras, nos da la explicación: Ayotzinapa es una palabra que proviene del náhuatl y que significa “tortuga preñada cuatro veces”. Lo de travesía, porque los padres están convencidos de que sus hijos están de viaje y algún día volverán.
Durante la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 los normalistas sufrieron un ataque brutal en Iguala, Guerrero. Andaban tomando autobuses para dirigirse después a la Ciudad de México al acto conmemorativo de otro acontecimiento atroz en la historia de nuestro país: la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Gustavo Díaz Ordaz también decía que los muchachos eran vándalos y desafiaban a la autoridad, que sembraban el caos y eran influenciados por ideas conspirativas. Y para recuperar el orden sacó a la Policía y luego al Ejército a las calles y se los echó encima. Hasta que llegó aquella tarde terrible de Tlatelolco. Ser o parecer estudiante en 1968, como ocurre en estos días con los normalistas, era el peor crimen que se podía cometer. Y al igual que ahora, el movimiento fue víctima de una campaña infame de linchamiento.
El libro les devuelve el rostro a estos muchachos. Son 47 historias de lo que significa ser joven en un país donde las oportunidades de estudio y de realización son tan escasas: 43 que corresponden a los que siguen desaparecidos, tres a los normalistas que fueron asesinados brutalmente en el ataque y una al estudiante que quedó en coma. Aunque cada uno tiene su propia vida, hay algo profundamente significativo que los relaciona a todos: además de su pertenencia a la Normal de Ayotzinapa, está su origen humilde y sus deseos de ser maestros para mejorar la situación de sus familias y la de sus comunidades. Sueños que la barbarie frustró. En México, como se dice en el libro, los desparecidos sólo tienen lugar en las estadísticas. Era cuestión de devolverles su identidad. Y es que no se sabe qué pasó con ellos. La “verdad histórica” oficial ha quedado hecha trizas. Tampoco hubo incendio en el basurero de Cocula esa negra noche. Pero seguimos sin saber dónde están, qué fue lo que pasó realmente con ellos.
No he terminado de leer el libro. Estoy por empezar la historia del estudiante normalista Adán Abraján de la Cruz. En el fondo no deseo terminarlo. Siento que mientras están allí, en sus páginas reveladoras, los muchachos siguen llenos de vida y de ilusiones; que si llego al final y lo cierro, entonces volverán a esa zona de tinieblas a donde fueron arrojados por los demonios que intentan apoderarse de todos en el país, de nuestros destinos, nuestros pensamientos, hasta de nuestras almas. Otras noticias alarmantes saturan el ambiente de zozobra y pienso que hay otras tortugas. Aurelio Nuño Mayer no ha guardado las armas. Se han generado confrontaciones con los maestros en los estados donde ha querido imponer la evaluación por la fuerza. Los gobernadores han ignorado la soberanía de las entidades que gobiernan y se han sometido a los deseos beligerantes del secretario de Educación. En Michoacán, esta fiebre persecutoria, esta política punitiva de los gobiernos endurecidos ha alcanzado ya a nuestros normalistas. 30 varones y 22 mujeres fueron detenidos en acciones de protesta. De inmediato los trasladaron a penales federales. Como en el 68, ser o parecer estudiante normalista es ahora un peligro de alto riesgo en nuestro país.
Digo que pienso en los normalistas michoacanos como las otras tortugas porque, aunque no han sido desaparecidos como los de Ayotzinapa, fueron arrancados de sus hogares, de sus comunidades y su entorno, de sus centros de estudio, por la fuerza. La llamada Reforma Educativa también los ha afectado a ellos. Ahora resulta que tener un trabajo seguro es también un delito, un derecho al que deben renunciar sin ninguna reacción de inconformidad. El problema de fondo es que los índices de desempleo que hay en el país son tan altos que da escalofrío pensar cómo sobreviven millones de familias. Pero ese es un problema que debería resolver el Estado. Que haya trabajo para todos los jóvenes que egresan de las universidades y otros centros de educación superior. Que haya trabajo para todo aquel que lo necesite. El Estado no sólo no ha sido capaz de procurarle a la sociedad este derecho elemental, sino que se ha encargado –está en plena campaña– de eliminar derechos históricos de los trabajadores, como el Contrato Colectivo, la estabilidad en el empleo, el de sindicalización, el de una pensión o jubilación dignas.
La llamada Reforma Educativa no sólo hace esto con los maestros, sus efectos negativos tocan también a los normalistas. El objetivo del Estado es desaparecer las escuelas Normales del país. Lo que hacen los muchachos es defender sus centros de estudio y pugnar por una reforma que no eche abajo los fundamentos con que fueron creados: formar maestros con una conciencia crítica y con un sólido compromiso social, que debería de ser el criterio de servicio de todos los profesionistas. La reforma estipula que las plazas y horas-clase en el sector educativo se abrirán a concurso nacional mediante un examen específico. Pero las contrataciones entran también en el nuevo esquema de relaciones laborales: son de carácter temporal y sujetas y evaluaciones periódicas. Los normalistas del país, como es el caso de los maestros, no fueron consultados para un cambio de esta envergadura. Por eso defienden su derecho a un trabajo seguro y a participar en los espacios donde se decide la suerte de estos centros de estudio. Así como Aurelio Nuño Mayer se ha negado sistemáticamente a establecer una mesa de diálogo con los maestros, a menos, ha dicho, que sea para aplicar la reforma, así Silvano Aureoles Conejo se ha negado a abrir un espacio de diálogo con los normalistas para construir juntos una salida digna al problema. Como Aurelio Nuño, Silvano Aureoles ha privilegiado el uso de la fuerza pública. Lo que esto ha hecho ha sido escalar el problema a una dimensión más amplia y de un riesgo innecesario. El gobernador ha polarizado a la sociedad michoacana. El conflicto pasa ahora a un nivel en que se involucran otros sectores de la sociedad: además de los maestros, aliados naturales de los normalistas, están los padres de los normalistas presos, las comunidades de donde son originarios los estudiantes y otras organizaciones que ponen sus barbas a remojar porque saben que la arremetida va contra todos los trabajadores. La reciente privatización de Pensionissste es una muestra más.
El problema tiene su expresión concreta en cada estado pero su dimensión y sus repercusiones son nacionales. Expertos en educación han evidenciado el carácter administrativo de la reforma y el espíritu punitivo de la evaluación. Es hora de que el Estado (gobiernos, legisladores, partidos políticos) reconsidere y reconozca que la reforma que realmente necesita el país ha de hacerse con la participación directa de los docentes y, en este caso, de los normalistas sin que sus derechos salgan afectados. Mantener la actitud de confrontación sólo hará que el conflicto escale a una situación impredecible.
Regreso a la lectura del libro. Me digo que lo voy a terminar y no dejar que la impresión que me deje sea de bruma. Más allá del dolor está la rabia. Más allá de la niebla, la esperanza. Hay caminos que se abren para romper el cerco de oscuridad, para que la travesía de las tortugas no se detenga.

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