Ramón Guzmán Ramos
El debate por la cultura
Sábado 26 de Diciembre de 2015
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La creación de la Secretaría de Cultura ha generado un interesante debate en el medio artístico e intelectual del país. Quienes han hecho la crítica desde que el presidente Enrique Peña Nieto hizo el anuncio en su Tercer Informe de Gobierno, señalan, entre otras cosas, la separación que se produce entre los ámbitos educativo y cultural; del mismo modo que se propicia la explotación privada del patrimonio cultural, que se da un manejo elitista y excluyente de la cultura y que, como siempre, se hizo sin haber promovido una auténtica consulta a la sociedad. Con la medida, como se sabe, el Conaculta, que funcionaba como un órgano descentralizado de la SEP, queda absorbido por la nueva Secretaría, lo mismo el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana y Radio Educación.
La ausencia de un debate previo ha creado, a su vez, un hueco significativo por lo que se refiere a la política cultural que debe asumir y poner en práctica la nueva institución. Peña Nieto delineó en términos muy generales el perfil y las funciones de la nueva Secretaría el día que firmó el decreto: brindar un efectivo respaldo público a los creadores, difundir el arte y la cultura, resguardar nuestro patrimonio histórico, salvaguardar la pluralidad y acercar las actividades artísticas a niños y jóvenes, democratizar la cultura de manera que llegue a todos los segmentos de la población y a todos los rincones del país. Son instrucciones que se quedan en un nivel elemental y no constituyen lo que tendría que registrarse como un proyecto novedoso y una nueva visión. Más allá de estas exigencias, que por supuesto tendrían que cumplirse puntualmente y a cabalidad, se requiere partir de un diagnóstico a fondo para estar en condiciones de abrir la perspectiva que realmente se necesita. Pero una cosa así sólo es posible con la participación directa de la sociedad, particularmente de la comunidad artística y cultural.
Es de hecho uno de los grandes problemas que tienen las instituciones culturales en el país. Carecen de una visión que pudiera guiar sus acciones con base en un proyecto debidamente sustentado. No sólo se trata de difundir la obra de los artistas y resguardar nuestro patrimonio cultural, lo que de por sí tiene sus propios cuestionamientos, sino de crear un amplio movimiento en todos los ámbitos de la vida cultural para enriquecer nuestra identidad histórica y definir nuestra ubicación en el mundo. En esta época de globalización neoliberal las identidades nacionales, las culturas locales, las realidades y movimientos comunitarios se encuentran en peligro de desaparecer. Lo que pretenden los globalizadores es imponer un pensamiento único y una sola visión a nivel mundial: la idea de que la única ley que vale es la del mercado y la competencia feroz. En una concepción así, las culturas y las artes son vistas como espacios propicios para la inversión y la ganancia. De ahí la preocupación de algunos intelectuales en el sentido de que se pudieran entregar áreas importantes del sector a la inversión privada.
Es muy difícil, sin embargo, que desde una institución cultural se decida emprender un movimiento de esta naturaleza. Cuando se pensó que la cultura podía ser un antídoto efectivo contra la violencia, lo cual es cierto, Conaculta creó e implementó un programa ambicioso que llevó a todos los estados del país, poniendo énfasis ahí donde la violencia se había convertido en un problema endémico, como Michoacán. Este programa se denominó Cultura para la Armonía y recibió 179 millones de pesos. Se llevaron a cabo acciones importantes de difusión artística y creación de grupos musicales, sobre todo, pero se dejó de lado la esencia misma en que se basa la convivencia humana. La acción institucional de la cultura tiene que llegar hasta donde reside la conciencia del hombre. ¿Qué hacer para incidir en el modo de pensar, de ver el mundo, de actuar en la realidad de la que se es parte? Eso que de los antiguos se llamaba cosmovisión. Algo de lo que se tienen que encargar también, por cierto, las instituciones educativas. De ahí el señalamiento de los críticos en el sentido de que no es conveniente separar los ámbitos de la educación y la cultura. Pero ya vimos que Aurelio Nuño no tiene tiempo para la cultura, sólo para perseguir maestros. El arte es la expresión estética del modo como el hombre concibe el mundo, señalando sus contradicciones y posibilidades. Cada obra de arte enriquece la cultura, toca a fondo nuestra visión de las cosas. La visión de las instituciones, sin embargo, suele estar contaminada por arraigados elementos burocráticos, y entonces todo se queda en el mero trabajo –muy limitado, por cierto– de resguardo y difusión.
Un movimiento como el que realmente se necesita sólo puede partir de la base misma de la sociedad, involucrando a creadores, promotores de la cultura, investigadores, agrupaciones, comunidades diversas. La cultura es el alma misma de las sociedades, su espíritu identitario y creador. Una verdadera política cultural tendría que proponerse poner a disposición de la sociedad todos los recursos de que se dispone para apoyar estas acciones. Las acciones, por su cuenta, deben ir orientadas estratégicamente a tocar la esencia misma del espíritu humano. Un movimiento así no puede dejar de lado las escuelas. Estas son espacios de convivencia cotidiana de niños y jóvenes que se forman en el conocimiento científico y en valores humanos fundamentales. Podrían ser también espacios para el arte, centros de formación artística y de irradiación de las culturas, lo mismo las locales como la universal.
El problema mayor es que existe una distancia enorme entre el interés de las instituciones culturales que suele ser el de sólo cumplir con lo que se vaya presentando y las necesidades reales de la sociedad en materia de creación artística y enriquecimiento cultural. La nueva Secretaría de Cultura, si de verdad desea hacer algo que no se ha hecho antes, tendría que salvar esa distancia y establecer mecanismos de contacto e interacción con las comunidades culturales y artísticas de todo el país. Está pendiente la Ley de Cultura que habrá de regir el funcionamiento y acciones de esta institución. De modo que se tendría que convocar a un amplio debate y a una consulta nacional para su elaboración, lo que redundaría en la política cultural que aún no está lo suficientemente definida.

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