Rafael Mendoza Castillo
Reflexiones sobre el orden sexual
Lunes 4 de Enero de 2016
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La historia cultural analiza cómo se gesta, se expresa y se transmite un código de significaciones compartido, el cual se ha inscrito en la vida social. Se trata de entender un código de comprensión, un conjunto de referentes aceptados en el interior de un grupo, incluidas las formas de representación mental del mundo y de sí mismos.
Michel Foucault nos dice que “es necesario concebir el discurso como una violencia (poder) que se ejerce sobre las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos. Lo primero que se prohíbe en la cultura occidental es la sexualidad y la política”. Por eso el siglo XVIII ejerce poder sobre los cuerpos (biopolítica), pero en cuanto éste se impone emerge inevitablemente la reivindicación del cuerpo contra el poder de dominación y explotación.
No cabe la menor duda de que la sexualidad está constituida desde los esquemas cognitivos, que han sido vehiculados en forma de subjetivación en los sujetos (psicopolítica). La dominación produce el orden de lo simbólico, instalado éste en la propia relación social objetivada y generada por los propios hombres y, además, transformada aquella en instituciones culturales, sociales, políticas y económicas. Como bien afirma Michel Foucault: “Lo que cuenta en los pensamientos de los hombres no es tanto lo que han pensado, sino lo no pensado, que desde el comienzo del juego los sistematiza haciéndolos para el resto del tiempo indefinidamente accesibles al lenguaje y abiertos a la tarea de pensarlos de nuevo”.
El fundamento del orden sexual, desde sus esquemas de percepción, que corresponde al campo de la subjetividad, así como lo que se refiere a los esquemas sociales como producción directa de la relación social, no tiene que ver nada con la relación naturalizada en la que se le ha querido inscribir a través de la propia relación de dominación.
Recordemos que el propio acto sexual se ubica en una relación de dominación masculina. La dominación simbólica se lleva a cabo vía los opuestos arriba-abajo, húmedo-seco, bajo-alto, etcétera, lo que significa que toda relación sexual es una relación social, esto es, que corresponde a una constitución propia de la cultura, de la historia, aunque parezca natural ante el sentido común.
Tal parece que lo femenino, en este esquema de determinación, no tiene escapatoria; sin embargo, existe una posibilidad social que tiene que ver con los espacios de indeterminación que todo orden sexual o social produce para que los sujetos se asuman en la lucha y la resistencia en contra de la dominación de las estructuras sociales y simbólicas.
Los juegos del poder utilizan mecanismos perceptivos o visiones de lo real para que los sujetos se asuman en ellos y manifiesten determinadas conductas o comportamientos acordes con el orden sexual o social. Así, el sexo femenino conocerá dichos esquemas y de esa forma vendrá un reconocimiento de sí mismo como esclavitud o sumisión. Por lo anterior, la mujer sentirá mayor placer si está abajo ya que el poder siempre se coloca arriba.
La lucha de la mujer o las mujeres se abre entonces en dos frentes: por un lado, combatir los esquemas de percepción o habitus y sus prácticas, y, por el otro, la acción política para modificar la dominación que se ha cristalizado en el campo de la objetividad. De esa manera se trataría de fundar una nueva identidad sobre nuevos esquemas de percepción y nuevas relaciones sociales y sexuales.
Es indudable que la relación sexual se inscribe en un orden, donde se envía una serie de señales de carácter simbólico que van definiendo la elección de lo femenino y lo masculino. En todo ese entramado se manifiesta el deseo. Toda esta situación se inscribe en la relación familiar. En esta última se estructuran sentidos y conceptos como el falo, la castración, el síntoma, la represión, etcétera. Todos los anteriores conceptos van configurando los esquemas de percepción en el sujeto y delineando un tipo de subjetividad en torno a la identificación sexual.
La lógica de la relación de dominación es la que vehicula en las mujeres y los hombres los sentidos morales, las virtudes o los valores de sumisión, de conformismo, la indiferencia y las propias intuiciones en el caso de las mujeres o lo racional en los hombres, lo débil o lo fuerte, la muñeca o la pistola, lo suave o lo duro, espacios propios para mujeres o para los hombres. Todas estas visiones son configuradas por el orden de dominación existente.
Las estructuras de lo simbólico asignan a la mujer las tareas menores o inferiores y las gestiones molestas y mezquinas: preguntar los precios, comprobar las facturas o regatear en el mercado. De esa manera la visión androcéntrica (masculina) está continuamente legitimada por las mismas prácticas que determina. Lo anterior resulta de la asimilación del prejuicio desfavorable contra lo femenino, que está en el mismo orden de las cosas, y en muchas ocasiones ellas mismas confirman ese prejuicio, mismo que sostiene el orden de lo simbólico.
Es muy importante resaltar que existe una división del trabajo sexual que pretende, de hecho lo logra, por la vía de dos tipos de hábitos diferentes, que conducen a clasificar todas las cosas del mundo y todas las prácticas según unas distinciones reducibles a la opción entre lo femenino y lo masculino. En ese sentido toca a los hombres los espacios exteriores, lo público, el derecho, lo seco, lo alto, todos los actos espectaculares y peligrosos; por el contrario, a las mujeres se les sitúa en el espacio de lo interno, lo húmedo, abajo y lo continuo y, sobre todo, en el cuidado de los niños. Aparentemente esas actividades parece que encierran un sentido de naturalidad, y a los ojos o sentido común así aparecen, pero en el fondo han sido legitimadas por la relación simbólica de la dominación, sostenida ésta por el poder mismo.
Tanto la conciencia del dominado como la del dominador ha sido convertida en un instrumento para usar al otro en beneficio propio. En el terreno de una conciencia crítica ambos sexos serían fines en sí mismos y su condición sería la dignidad. De esa forma el cuerpo de la mujer ya no tendría como fin la reproducción, lo húmedo, lo bajo, lo pecaminoso o lo privado. Como tampoco el cuerpo de los hombres tendría como finalidad lo poderoso, lo erecto o lo público. Mujeres y hombres tenemos que repensar dichos dispositivos de creencias conforme a la razón e iniciar el examen de su condición para tomar las distancias correspondientes, tanto teóricas como prácticas. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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