Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Lo nuevo en el campo michoacano
Viernes 15 de Enero de 2016
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El diagnóstico del campo michoacano, contrariamente a lo que algunos consideran como “sobrediagnosticado”, incluye un conjunto de cambios ocurridos en los últimos 25 años, especialmente relacionados con la globalización, que incorpora a los relevos generacionales, el agotamiento de lo rural, el surgimiento de un nuevo sistema de incentivos y estímulos productivos y existenciales, la ampliación de la desigualdad, los procesos de proletarización, los movimientos migratorios, los imperativos del conocimiento y los cambios científicos y tecnológicos, entre otros tantos.
La globalización es el nuevo mundo del nuevo siglo y el nuevo milenio que, como sistema total, establece la interconexión entre minúsculos pueblos, entre ciudades, países y continentes. Causas y consecuencias son las mismas aquí y allá, afectando la vida material y subjetiva de individuos, grupos y pueblos. El mundo es otro, reinventado a través de conceptos diferentes, que producen mentalidades diferentes y prácticas diferentes.
Forzosamente, en las condiciones mexicanas y michoacanas habrá que entender lo rural en el contexto global, más allá del comercio y los precios internacionales, determinando cómo producir y qué tipo de productor es el adecuado para enfrentar al mundo, qué papel corresponde a los distintos tipos de productores, que es equivalente a una reorganización completa del campo, así como las prioridades científicas y tecnológicas, absolutamente necesarias a partir del carácter finito del recurso tierra. Sobre todo, habrá que encontrar las formas para otorgar contenido concreto a las ganancias para que en lugar de que sean ganancias en general, sean principalmente “ganancias para nosotros”.
Se registran esfuerzos importantes en la comprensión y adaptación a los cambios globales, si bien continúa careciéndose de esa visión integral de lo que todavía podría llamarse “sociedad rural” y de sus relaciones con la sociedad de conjunto, con la producción y distribución de riqueza y la disponibilidad de oportunidades ante la vida, que permitiera el diseño de políticas públicas, alejadas de la improvisación y la ocurrencia y que, por el contrario, pudieran generar procesos de cambio profundos y de largo plazo.
Por otra parte, no se han realizado estudios en ninguna parte sobre la capacidad innovadora del gobierno, de su potencial de iniciativas de cambio, cuando es válido suponer que a pesar de la idea del “nuevo comienzo”, toda forma de organización establecida y el gobierno es una forma de organización, tiende a la justificación y reproducción de lo que se hace, como corresponde a las estructuras institucionales rígidas que terminan en el conservadurismo y oposición a todo lo que sea innovación.
La organización institucional tiende a funcionar con sus propias reglas y mecanismos automáticos, de modo que con independencia del talento de quienes dirigen esas estructuras, funcionan por sí mismas, y en esto consiste su mayor dificultad. A medida que las instituciones se petrifican, los liderazgos institucionales dejan de existir y cualquiera puede cumplir con esta función.
Mover conciencias y estructuras requiere de firme voluntad y ello no es nada fácil. Todavía es vigente la afirmación de que si desapareciera la actual Sedrua no pasaría nada en el campo michoacano. Cuando llegue a afirmarse lo contrario, en efecto podrá comenzar a escribirse una nueva historia.
Hoy apenas el 28 por ciento de la población michoacana es rural, explicable no por razones de “cultura rural” frente a la “cultura urbana”, sino por razones estrictamente estadísticas y por dedicarse al cultivo de la tierra. Problema mayor es la dispersión de la población en pequeñas localidades, toda vez que de las ocho mil 500 localidades de Michoacán, dos mil 931, el 35 por ciento de ellas, tienen menos de 100 habitantes. Aun así, la movilidad social y territorial de la población está homogeneizando su cultura, de modo que estrictamente comienza a resultar obsoleto hablar y disponer de instituciones públicas encargadas de atender especializadamente los problemas del desarrollo “rural”, siendo que en todo caso, lo correcto sería referirse simplemente a los problemas del campo.
Por su parte, entre quienes cultivan la tierra, hay actuaciones completamente nuevas. Como el 70 por ciento no obtiene lo necesario para subsistir, comparte su trabajo agropecuario con otras actividades en los diferentes oficios, alquilándose con sus hijos como jornaleros en el sector próspero de la agricultura, o en definitiva, tomar la decisión de convertirse en migrantes a los grandes ciudades, con especial preferencia hacia el extranjero, dejando a la mujer como responsable del cultivo de sus minifundios. Este sector empobrecido del campo michoacano representa el mayor desafío para el gobierno, cualquiera que sea el color y las predilecciones ideológicas.
En el campo lo que impera es el desaliento y la resignación de los viejos, las angustias y la búsqueda religiosa de alguna esperanza. Nada hay de alentador para producir, el clima, los costos, apoyos y precios finales. Todo desalienta y en última instancia todo se puede comprar en lugar de producirlo. El círculo se cierra con las remesas en dólares para comprar tortillas, el frijol, el huevo, la carne. Importa no que se produzca, sino que se compre, en la lógica de la economía de mercado.
Sin embargo, el mercado no podrá resolver por sí solo el problema del campo, puede más bien complicarlo todavía más. El mercado no puede resolver los problemas ni de la pobreza ni el de las minorías de prosperidad. Es indispensable un gobierno promotor, coordinador y con capacidad para reordenar el caos del campo michoacano.
La bendita migración incluye la salida de 32 mil michoacanos cada año hacia Estados Unidos y 28 mil hacia otros estados de la República. Ello permite que las proyecciones de población sean pequeñas, disminuyendo las presiones al campo y al conjunto de la economía. Por dramática que sea, esta circunstancia puede facilitar los cambios en tanto maduran sus resultados. Actualmente hay cuatro millones 551 mil michoacanos, para 2020 serán cuatro millones 741 mil y para 2030 el número será de cuatro millones 960 mil habitantes, según datos del Inegi. En quince años la población michoacana apenas aumentará un poco más de 400 mil habitantes equivalentes a 27 mil cada año.
Referencia obligada es el nivel nacional, toda vez que en contra de lo que se esperaba, no hubo reforma profunda del campo. Debe inferirse que lo más importante que podía reformarse y que muchos esperaban, eran las relaciones de propiedad sobre la tierra, desamortizando totalmente al ejido y la comunidad indígena para convertirlos íntegramente en propiedad privada plena. En este escenario de ruptura y desarraigo de ejidatarios y comuneros, el problema ocupacional habría crecido exponencialmente, con resultados finales impredecibles para la estabilidad de todo el sistema.
En consecuencia, si al nivel federal no hubo reforma, al nivel de Michoacán sí puede haberla dentro de los márgenes legales vigentes para las entidades federativas. El contenido de una reforma michoacana del campo puede definirse con los productores mismos, fundamentalmente los pequeños, que adoptan la modalidad de ejidatarios y comuneros.
Esta reforma del campo, aquí y ahora, es lo que se esperaría como respuesta al imperativo de recomponer la sociedad michoacana. Habrá que adoptar políticas nuevas adecuadas a una realidad que no se puede transformar solamente con palabras.
Sobre la mesa hay que poner las ideas para su debate.

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