Ramón Guzmán Ramos
Partir de cero y quedarse allí
Sábado 30 de Enero de 2016
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Algunas reseñas y críticas del libro sostienen que se trata de un manual de periodismo que todo periodista y estudioso de la comunicación debería leer. Habría que corregir la línea y apuntar que es todo lo contrario. Lo que se desprende de la última novela de Umberto Eco, Número cero, es lo que un medio de información no debería hacer. Entramos, entonces, al controvertido mundo de la ética. ¿Cuáles son los principios por los que se rige la prensa escrita y los noticieros electrónicos en un país como la Italia de 1992, que es donde ocurren los acontecimientos de la narración, o como México en la actualidad, si hacemos una traspolación a este territorio nuestro donde sólo tienen lugar los hechos que no deberían? Cada medio, en realidad –salvo honrosas excepciones–, se conduce de acuerdo con reglas muy propias que muy poco o nada tienen que ver con un código de ética que se respete.
El título de la obra corresponde a la edición de prueba de un periódico que no está destinada a los lectores. Es el no número que sirve para probar que el proyecto es factible y arrancar enseguida con la edición formal de lo que tendría que ser el número uno. Pero en la historia que nos narra el autor de otras obras de trascendencia luminosa, como El péndulo de Foucault, El nombre de la rosa y La isla del día de antes, la verdadera intención de quienes financian el proyecto y están detrás de los trabajos es mantener las ediciones en esa zona donde no verán la luz. Hay un desprecio total hacia los lectores potenciales que no sabrán lo que un magnate de la comunicación y un equipo de periodistas atrapados en la mediocridad de su profesión hacen en su nombre. La idea es mostrar estas ediciones con número cero a los políticos, empresarios y demás fuerzas que tienen poder sobre la sociedad para chantajearlos. Los contenidos que leerán en sus páginas serán suficientes para que se pongan a temblar y se abran a negociaciones turbias. Se trata de vender el silencio, la pretendida línea editorial, de venderse incluso antes de que una cierta información pudiera tomar cuerpo de noticia o artículo de análisis. Los rumores sobre supuestas conspiraciones que se descubren o datos que se encontraban ocultos y que pudieran revelar culpas y desvergüenzas pueden ser suficientes para obtener una respuesta, es decir, una oferta jugosa de los presuntos implicados para que todo siga como antes.
Por eso decía al principio que no creo que se trate de un manual para quienes ejercen el periodismo. En México, por ejemplo, tenemos una gran cantidad de expertos en hacer eso que Umberto Eco revela en su novela. Pensándolo bien, hasta podrían haber asesorado al semiólogo y escritor italiano en el desarrollo de otras habilidades para lograr lo mismo. En este país el desprecio por la verdad, por los lectores de periódicos y el público de noticieros electrónicos no se oculta. El descaro es abierto. Su verdadera función, como dice uno de los protagonistas, no es la de difundir, sino la de ocultar –y deformar, diríamos nosotros– la información que manejan. En el país de la impunidad han aprendido que no sólo se vende la línea editorial, el silencio y la palabra misma, sino la influencia que logren tener sobre los públicos cautivos, es decir, la capacidad de engañar y mantener a la sociedad en el engaño, en la falsa ilusión. De ahí un poco el desencanto al leer la novela. No estamos realmente ante una revelación de grandes proporciones, ni siquiera por lo que se refiere al modo como los equipos de redacción trabajan para indagar la realidad y extraer de ahí elementos para los propósitos inconfesables que los mueven. En este México nuestro donde nos dicen que las cosas pasan para que no pase nada, hay maestría en el arte de deformar la realidad para que los poderosos no tengan que responder por sus hechos, por sus abusos, por sus omisiones contra la sociedad.
Si hubiera un manual de esta naturaleza tendría que incorporar en sus lecciones el esquema de la pirámide bien cimentada. En el vértice superior están los que deciden qué informar y cómo habrá de hacerse, los que mantienen negociaciones permanentes con el poder para que las cortinas de humo y las grandes distracciones estén a la orden del día. Y de ahí las instrucciones y la visión se vierten hacia los niveles inferiores: los que han de buscar los sucesos que convienen y habrán de darle a la información el sesgo que les demandan desde arriba. Y hasta abajo los consumidores de noticias y opiniones, los que deben mantenerse en esa zona de conformidad y resignación que tanto bien les hace a los de arriba.
Desde el punto de vista literario, Número cero es una novela que se impregna del lenguaje periodístico. Umberto Eco ha decidido sacrificar el estilo en aras de esa pretendida “objetividad” que los periódicos deberían tener. La narración, que hace uno de los personajes a manera de diario, cae en la mayor parte de la historia en un estilo de reportaje. Es un lenguaje directo, especulativo, sin imágenes poéticas y sin ritmo literario. Nadie diría que es por falta de capacidad del autor. Las obras que preceden a la presente son una muestra del dominio absoluto que el autor de El cementerio de Praga tiene de su oficio. Digamos que estamos ante una invasión directa y abrumadora de la realidad “objetiva” en el mundo de ficción. Podríamos estar también, ampliando aún más la visión, ante una tendencia emergente en la novela. Es la literatura que usa los recursos y lenguaje del periodismo para darle forma a las obras. El ejemplo más emblemático y reciente es el de la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich (1948), a quien le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura 2015 por su trabajo eminentemente periodístico. Sus entrevistas y reportajes sobre víctimas de desastres y víctimas de los sistemas opresores le dieron a la Academia Sueca los elementos y la justificación para decidir sobre la presea. Estamos ante un océano emergente de realidad. La realidad nos invade y nos ahoga. Es la realidad que se mueve a ritmo de torbellino por fuera de nuestra conciencia e independientemente de ella. La realidad que cobra vida por sí misma y busca con fuerza ser expresada. Los escritores y artistas la han usado como material primigenio de sus obras, pero lo que hacen es una reconstrucción estética de la realidad. La recrean y la inventan para revelarnos sus lados oscuros y sus contradicciones, su potencial innovador y sus estaciones eternas. Desde luego que la novela es un universo inmenso donde caben otros universos más pequeños, pero ha de mantener el control sobre sus recursos, su función y sus pretensiones. Y por supuesto que, con todo, la recomendamos.

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