Aquiles Gaitán
El galope despiadado
Martes 2 de Febrero de 2016
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Voy al galope, refrenando el vuelo, brida en mano, pisando fuerte el estribo, acicates abajo, abrazando con las piernas al musculoso animal que corre con coraje. El viento pega en mi rostro, frío y despiadado. Nos vemos con los rabillos de los ojos, la yegua que corre tiene el brío de la Luna llena. Algo pasa en el mundo cuando la Luna llena, el mar se agita, se vuelve incandescente, el bosque se ilumina, la sombra es más pesada, las yeguas se encabritan, la sabia de los árboles sube por el tronco queriéndose salir por los retoños, que brotan, los botones de las flores, revientan. Es la recreación de los seres vivientes en los ciclos interminables de la vida y, en consecuencia, para nosotros, del pensamiento, esa connotación que nos hace diferentes, que nos permite entender los acontecimientos razonablemente, es decir, las razones y las sinrazones que nos permiten ver la Luna como Luna y ver los efectos de la Luna en la naturaleza, que nos permite ver las contradicciones humanas en torno de la organización llamada sociedad.
¿Cómo explicarnos la obsesión por la riqueza?, ¿cómo el desaliento en la pobreza?, ¿cómo explicarnos la igualdad entre un usurero y un poeta?, ¿cómo el mismo derecho de un asesino y un devoto de la fe? Cito una frase del preámbulo del manifiesto del surrealismo de André Breton: “No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación”.
En el fondo subyace el eterno conflicto que nos hace diferentes, el problema no es el qué, si no el cómo. Cómo interpreto la realidad, cómo resuelvo, cómo organizo, cómo escribo, cómo pienso, cómo deseo, cómo imagino, cómo obtengo lo que quiero, cómo gasto el dinero, cómo cuido lo que tengo, cómo cuido lo que me rodea, el aire, la tierra, el agua; el cómo se presenta en ocasiones en un ¡cómo! Ante la duda de sí mismo al reconocerse; yo ya no soy yo, soy otro el que vive conmigo, yo ya no soy nadie.
Hoy las confrontaciones sociales se han apartado de las confrontaciones ideológicas, los que antes luchaban por sus ideales, por cambiar la organización social, por hacer del Estado una verdadera organización al servicio de los ciudadanos, están mudos o muertos. Hoy el conflicto se plantea en torno del negocio de las drogas y los mercaderes de las drogas ¡que tristeza! Hemos dejado a la imaginación a la deriva, ¿cómo queremos que los jóvenes piensen en otra cosa si el discurso del Estado es embrutecedor? La sociedad se estratifica, los que se aíslan en las universidades privadas de vanguardia, en las que sí tienen claustros académicos, laboratorios activos, maestros que dan clase y enseñan y debaten y proponen y abren las mentes de la juventud. Y la “ocridad”, decir mediocres sería piropo, “ocres” completos que pululan en la educación pública, las universidades, escuelas de educación media y primarias del estado. Como dice la canción de mi paisano Marco Antonio Solís: “¿a dónde vamos a parar?” con esta revolcada que le están dando a la gata para subir el sueldo de los maestros y tenerlos contentos, no vamos a terminar con el dualismo sindical, ni con la holganza de los comisionados. ¿Qué tal si se organizan una coordinadora por cada municipio y quiere comisionados para su directiva? O que existan como en el municipio de Morelia la tendencia a constituir sindicatos independientes que quieren y tienen comisionados. El problema aflora, no es el qué, si no el cómo.
Nadie escapa el extravió, desde la Suprema Corte, no la de Nananina y Tres Patines, sino la Suprema Corte de Justicia de la Nación que amparó a los mariguanos, hasta el más humilde de los municipios que con la rodilla en el suelo hace la genuflexión al Mando Único, centralista y absurdo.
Tal parece que las flores de nuestros jardines sólo crecen cuando se riegan con la desorganización y el desmadre, con el atropello y la dominación del dueño del poder y del dinero, por eso están tan floridos; no nos engañemos, no se pueden dar privilegios a unos sin quitárselos a otros, las utilidades de los industriales son plusvalías de los obreros, las de los comerciantes las generamos todos, las del Estado, los impuestos, los pagamos todos. La generosidad de la beneficencia pública, lo que hoy se llama programas sociales, de becas a niños y ancianos, de la leche en polvo, de comedores y desayunos escolares etcétera. Son saludos con sombrero ajeno, pues todo ese dinero puesto a producir en actividades productivas generaría los empleos que tanto se necesitan.
Es el bello juego del Estado, recauda y recoge los rendimientos de su patrimonio, es decir, el pueblo paga y por otro lado el pueblo recibe su generosidad y da las gracias, eterna y electoralmente agradecido.
No voy a tocar la transparencia del cristal ni el pantano de la corrupción, esas son cosas mundanas que profanan al Estado y que como profanaciones que son, son sacrilegios a los ojos de toda la grey, pero sí contemplo la necesidad de los gobernantes de atraer sobre de ellos los reflectores de las noticias y las miradas atónitas del pueblo, un día sí y otro día también, nuestra admiración no tiene límites, más allá de la mandíbula inferior que cae involuntariamente.
Las medidas compensatorias para atenuar el impacto de los bajos precios del petróleo y los embates de la política monetaria son medidas financieras a largo plazo, bonos internacionales para la educación y reparación de escuelas y ante tales nobles fines, ¡aprobado! El endeudamiento y asunto arreglado; la usura internacional se frota las manos y el pueblo agradecido con los beneficios aplaude a rabiar el ingenio y la sapiencia de los despachos especializados, para el endeudamiento escandaloso que nos conduce al éxito con pasos decididos. Las críticas son finalmente palabras de un calumniador que no sabe lo que dice, el Estado, por supuesto, sabe lo que hace para bien de todos.
Es la luz de la Luna que nos ilumina, que los tiene “luneados” llenos de inspiración, rabiosa como la yegua que corre, con un galope despiadado. Termino con los versos iniciales del “Romance a la luna, luna” del “Romancero gitano” de Federico García Lorca:
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira
el niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, una.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
Collares y anillos blancos.

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