Jerjes Aguirre Avellaneda
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El ejido: el más grande despojo de la historia (Tercera parte)
Viernes 5 de Febrero de 2016
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El problema de la tierra ha estado presente en toda la historia de México bajo la forma de defensa de la comunidad indígena, la restitución de sus tierras perdidas mediante despojo y la formación de ejidos en beneficio de las mayorías rurales. La Conquista, Colonia, la lucha por la Independencia, el siglo XIX de las grandes definiciones, la Revolución y el siglo XX son momentos de un solo proceso histórico, que no sería comprensible al margen de lo que ha significado la tierra en la formación de la identidad nacional.
Desde el altepetlalli de los aztecas, el significado español del ejido, el concepto de temporalidad ejidal de Luis Cabrera en 1906 y el significado amplio y definitivo que le otorgó Emiliano Zapata en el Plan de Ayala, el ejido fue la esperanza de los campesinos en el siglo XX, su gran oportunidad para mejorar y para que sus hijos fueran distintos, no condenados a la pobreza y la inmovilidad. Estuvieron dispuestos a conquistarlo con su lucha y a defenderlo con su sangre. Parecía que a la distancia de 400 años, por fin el triunfo había llegado y se confiaron.
Quién podría desconfiar de don Miguel Hidalgo cuando en diciembre de 1810 prohibió el arrendamiento de tierras comunales, en tanto que era su voluntad “que el goce de estas tierras sea únicamente de los naturales en sus respectivos pueblos”. Cómo desconfiar de José María Morelos y Pavón cuando dispuso “…el beneficio positivo de la agricultura consiste en que muchos se dediquen con separación a beneficiar en corto terreno que puedan asistir con su trabajo e industria y no que un solo particular tenga mucha extensión de tierras infructíferas”.
¿Cómo desconfiar de las rebeliones incesantes de los indígenas defendiendo sus tierras en los siglos XVI y XVII, así como de los sacrificios en la Guerra de los Yaquis y de Castas, del socialista utópico Julio Chávez López en 1869 y los miles y millones de asesinados y muertos en los campos de batalla en defensa de la propiedad comunal y de los ejidos, con la disposición de los campesinos para ir a poblar las áreas selváticas del sur y desérticas del norte, como primera línea de la defensa nacional?
En la época de la Reforma, el hostigamiento fue feroz. Los liberales se referían al indio y lo indígena con el mayor de los desprecios. José María Luis Mora, en México y sus revoluciones, escribía, por ejemplo, que “el indio carece por lo común de imaginación aun cuando ha llegado a adquirir cierto grado de cultura...”, es “primitivo” y “planta parasita” agregaba, en tanto que para Orozco y Berra el indio era una “criatura más terrible que el salvaje” y, para Guillermo Prieto y otros más de la época, el indio era el responsable de todos los males de México, incapaz de la libertad y “permanente obstáculo al progreso”.
Y sin embargo, la sociedad mexicana necesitaba recomponerse a principios del siglo XX y los campesinos acudieron a los campos de batalla para luchar por sus reivindicaciones y por su futuro, que se identificaba con los grandes objetivos de México. Un millón de muertos fue el costo del inicio del reparto de los grandes latifundios, lento e insuficiente en sus resultados. Con excepción del periodo presidencial cardenista, los apoyos al proceso productivo, la comercialización y la agroindustria fueron limitados o negados, a pesar de que los ejidos trajeron con sus exportaciones en las condiciones de guerra y posguerra, las divisas para iniciar impulsos relevantes a la industrialización.
Al ejido y la comunidad agraria trataron de minarlos por dentro, dividiendo a ejidatarios y comuneros, a la vez que se estimulaba cuanto factor de descomposición fuera posible, como la venta de tierra, ventas ilegales y corrupción galopante. Aparentemente había llegado la hora para lo que se supuso era el golpe definitivo a la propiedad social, modificando el artículo 27 constitucional en 1992, con los objetivos, dijeron, de terminar con el reparto de tierras para dar certidumbre al campo, revertir el minifundio, capitalizar al sector, promover la organización y la asociación productiva y permitir la libre circulación de tierras.
Al comenzar el nuevo siglo y milenio, la situación del ejido en particular, puesto que los comuneros se defendieron de otro modo, fue de ignorancia y olvido, como si no existiera para la historia y el presente del país. No hay preocupaciones, políticas públicas y programas para los ejidos como tales. A pesar de que existen en la ley, los funcionarios ni los ven, ni los escuchan ni los entienden, en una dinámica perversa que desperdicia sus potencialidades productivas, de bienestar y de paz social. Lo que pasa con el ejido es vergonzoso para la conciencia nacional, porque el olvido del ejido es el olvido de la historia de México. No se debe olvidar la historia, porque sin historia no se pueden construir futuros. Tampoco se puede descuidar el pasado por los vacíos que genera y que terminan llenándose con lo que otros quieren que pensemos y sintamos. No se puede despreciar el pasado, que son las raíces nuestras, junto con las generaciones y los grandes mexicanos que hicieron cuanto pudieron pensando en su país y en su gente. La verdad se construye sobre verdades y no sobre mentiras. ¿Cómo se puede afirmar que el pasado es una fabulosa mentira y que por tanto, nada de lo vivido y hecho merece respeto?
Quince años después de las reformas al artículo 27 constitucional de 1992, el Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria, de la Cámara de Diputados, documentó algunos resultados relevantes de aquellas reformas a partir de la información censal de antes y después de los cambios constitucionales, encontrando, entre otras conclusiones las siguientes:
1- “La propiedad de ejidos y comunidades, con 105 millones de hectáreas, es la forma de tenencia de la tierra más importante en nuestro país. Cualquier alternativa para desarrollar el campo tiene que considerar como prioritaria a esta forma de propiedad”.
2-“Contrario a lo que suponían las reformas de 1992, el tamaño de la parcela disminuyó de 9.1 a 7.5 hectáreas por sujeto… Disminuyó el grado de tecnificación de los núcleos agrarios… si bien aumentó en 1.7 millones de hectáreas la superficie irrigada, la superficie de labor y sembrada disminuyó… La compra-venta de tierras se ha generalizado en dos de cada tres núcleos se presenta dicho fenómeno”.
3- “Se extendieron dos nuevos fenómenos en el campo mexicano: la feminización con un millón 165 mil nuevas titulares de tierras y la migración, provocando que en cerca de trece mil núcleos agrarios no hay permanencia de la mayoría de los jóvenes.”
Nada tiene de extraño, en consecuencia, que la participación del PIB agropecuario en el PIB total haya caído de 7.3 por ciento en 1990 a 3.6 por ciento en 2011, según datos del Inegi, y que de las importaciones totales en el mundo, México participaba en 2010 con el 9.1 por ciento en maíz, 40 en sorgo, seis en carne de res, 9.3 por ciento en carne de pollo y 17 por ciento en carne de cerdo. Para 2020, según estimaciones del USDA, México participará con el 12.6 por ciento de las importaciones mundiales de maíz, el 50.7 de sorgo, el 8.2 de carne de res, el 13.3 de pollo y el 21.3 por ciento de carne de cerdo, mientras que según proyecciones de la ONU, para 2030 México puede depender en más del 80 por ciento de las importaciones de alimentos.
Mientras tanto, de acuerdo con datos del Coneval e Inegi, al finalizar la década pasada, el 31.8 por ciento de los habitantes rurales padecía pobreza alimentaria, el 39.1 de capacidades y el 60.8 por ciento de patrimonio. Cada año salen en condición de migrantes cerca de 300 mil mexicanos, en especial a Estados Unidos.
¿Cómo explicar estos acontecimientos, estos hechos?, ¿prejuicios, traiciones? Lo cierto es que ni los campesinos, ni el país han salido ganando de todo ello. ¿Es posible cambiar? Depende de causas multifactoriales, pero sobre todo de la decisión de los propios actores y víctimas así como de toda la sociedad.

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