Ramón Guzmán Ramos
Francisco superstar
Sábado 6 de Febrero de 2016
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Querido Papa Francisco:
Bienvenido a México. Bienvenido a Michoacán.
Tu próxima visita a esta tierra de nadie ha generado toda clase de críticas y despertado expectativas que quizá no puedas cumplir.
Serás recibido por una clase política que no hace sino reproducirse a sí misma y que vive con la ilusión de convertirse algún día en una especie de aristocracia moderna por derecho divino y de sangre. Es una clase política formada por políticos profesionales que se reparten el poder a discreción y se han propuesto mantenerse en esa esfera superior a costa de lo que sea.
Ellos no gobiernan para los pobres, los desempleados, los que ganan una miseria a cambio de jornadas extenuantes, los que se convierten en humo y se desvanecen en el aire sin que nadie vuelva a dar razón de ellos, los que toman los espacios públicos porque no tienen otra manera de llamar la atención sobre todo aquello que les aqueja, los jóvenes que en este país carecen de futuro, las víctimas de la violencia, los que sufren persecución y cárcel porque luchan por sus derechos, los que defienden el medio ambiente a costa de su propia seguridad, los que no tienen oportunidades para salir de la miseria y la marginación, los que rezan todos los días para que cese el sufrimiento y se acabe la impunidad.
Ellos gobiernan para los que detentan otros poderes: las grandes corporaciones multinacionales, los magnates de este país, la élite de tu Iglesia, que se ha olvidado del Sermón de la Montaña y que Jesús desafió al Estado romano y anduvo con sandalias al lado de los más menesterosos, los hacedores de la violencia y el terror. Gobiernan para los que tienen el poder de mantenerlos en el poder y para sí mismos.
Ellos son los que te recibirán en un primer plano. Han hecho de ti una estrella al estilo Televisa. Francisco Superstar. Así como de vez en cuando se dan “baños de pueblo” para mantener las apariencias, así también se proponen ahora darse un “baño de divinidad” con tu investidura. Ellos se han separado del pueblo y se han vuelto en su contra. Es por eso que han perdido legitimidad. Son una clase política que mantiene al pueblo bajo acoso constante y que perdona con todo el descaro del mundo los “excesos” de sus miembros. Esperan que les hagas el milagro de aplacar la irritación de la gente: tus seguidores, que son millones y empiezan a decepcionarse de su Iglesia, y también los que sólo creen en el reino terrenal de la justicia y la libertad.
¿A qué vienes realmente, Papa Francisco?
No podemos imaginar a Jesucristo siendo recibido y festejado por los representantes del Imperio romano, los que mantenían a su pueblo sojuzgado y en esclavitud. Nadie lo imagina al lado de los poderosos, ni siquiera siendo glorificado por la jerarquía corrompida de su propia Iglesia. Él llegó a Jerusalén y arrojó del templo a los mercaderes. Jesús iracundo. La rabia que dignifica, que hace falta para sacudir las conciencias y hacer que llegue la luz. Uno lo imagina en los caminos, en los montes, en las aldeas, a orillas de las aguas, sobre las aguas, entre los peñascos, con la gente de abajo, hablándoles de su sufrimiento, dándoles esperanza, curando a los enfermos, resucitando a los muertos, exorcizando a los poseídos,; ofreciendo su cuerpo y su vida en aras de un reino que debía ser también el de la tierra, hablando con palabras de fe y de aliento, auténticas, como las semillas y las estrellas, como el polvo y los ríos, como el corazón y el espíritu de los pueblos.
Si no vas a descender hasta donde la sangre ha corrido, donde el polvo se pega a los pies de los que no dejan de caminar, allí donde la gente se junta para compartir su dolor y su indignación, en los territorios de la noche y las tinieblas; si no vas a darle la mano a los que andan cargando con la cruz sobre sus espaldas, fustigados por muchos de los que te van a recibir; si no te vas a encontrar con los que se quedaron sin hijos, sin padres, sin hermanos; los que andan en busca de una esperanza, los que se han topado con piedra en el gobierno; si no vas a oficiar misa entre las gente, si sólo vas a hablar con los que tienen boleto y no se sabe cómo lo consiguieron, si te vas a dejar apapachar por los que son responsables de este caos en que nos tienen… ¿entonces a qué vienes, santo padre?
Sabemos que no puedes estrechar personalmente la mano de todos los que desde abajo luchan por otro mundo. Pero la palabra, cuando es auténtica, puede ser un verdadero instrumento de contacto y comunicación, de hermandad y comunión. Como cuando Jesús andaba pescando almas y rasgando las tinieblas de la conciencia, uno esperaría que tus palabras no sean como los discursos de los que desde arriba te van a recibir. Que tus palabras toquen la realidad y la develen, la hagan brotar y arrojen luz sobre ella. Que sea la realidad del pueblo mexicano la que impregne de contenido y significado tu sermón. Que nadie te diga cómo decir lo que el pueblo demanda que digas. Que digas lo que vean tus ojos y aprehenda tu corazón. Que tus palabras sean también el eco de otras palabras auténticas que desde abajo hablan de este martirio que debe acabar.
Que la bienvenida, querido Mario Bergoglio, Papa de esta Iglesia católica tan conservadora y llena de pecado, jesuita, alguna vez simpatizante de la teología de la liberación, te la den los que desde el fondo de su corazón creen en ti, mantienen a pesar de todo la esperanza; los que quizá no crean tanto o de plano no crean nada pero siguen al pie de la letra el espíritu de aquel discurso en la montaña que muchos han olvidado: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia… / Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia…” Bienaventurados, Papa Francisco, porque ellos tienen la razón y la razón es ya el cimiento de una nueva realidad, un nuevo país; el reino de la igualdad, la paz y el bienestar para todos.

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