Aquiles Gaitán
La espiga solitaria
Martes 9 de Febrero de 2016
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La indignación es la expresión genuina y natural contra la injusticia, contra la sinrazón, contra el abuso; ahí se parten los caminos entre los mártires y los héroes. Los dos están dispuestos a morir, uno por la fe, el otro por la ideología; unos rezan, otros pelean; uno por una vida mejor y el otro también. Una indignación sin ideología nos conduce a la pena y la tristeza donde, por ejemplo, hoy se encuentran los proclamados autodefensas convertidos en “sirimiques” de lo injusto, los indignados que cortaron seis de las siete cabezas de la hidra pero no la mataron, convertidos por obra y gracia de la maniobra política, en mercenarios asalariados dispuestos a dar su vida por la paga. ¿Será el desempleo?, ¿será la calentura?, ¿qué será lo que impulsó a los indignados a aceptar la indignante propuesta? Los que tuvieron vergüenza y dignidad volvieron a sus campos, a sus oficios habituales, son los que hoy contemplan a la misma hidra con sus nuevas cabecitas; los otros están marchando con uniformes nuevos, por supuesto, como la joya del nunca suficientemente despreciado Mando Único.
Voy por el mundo contemplando el mundo, unos toman té, otros café, otros infusiones, en todas partes hay ocasos y amaneceres, ríos limpios y sucios, basura, borrachos y drogadictos. La arquitectura expresa el genio creador de cada pueblo, los antiguos palacios de la clase dominante, los suntuosos templos, las plazas y avenidas, la traza urbana, las fincas de los campos. Mientras unos pueblos piensan en la conquista del espacio, inventan artificios para mejorar la convivencia humana sobre la base de la ciencia y la tecnología, motores, circuitos electrónicos de comunicación, computadoras, nuevos materiales para las telas, conservación de alimentos etcéteras. Nosotros andamos aferrados a los últimos bueyes que jalan el arado egipcio o contemplando el campo abandonado, o nuestro éxito rotundo, haber destruido los bosques de coníferas para convertirlos en productivas huertas de aguacate, o las tierras de riego en huertas de mango, de limones o toronjas. El progreso de los pueblos, lo que hoy se le dice el desarrollo, parte de los que se quiere hacer y del dinero que se tiene para poderlo hacer. Si no hay dinero no hay desarrollo, si no hay agua no puede haber cascada. ¿Y quién dice a quien le damos agua y a quien no?, ¿a quién le dan dinero y a quien no? ¡He ahí el fondo del asunto!, “si la leche es poca, al niño le toca”, pero habrá que dejar a otros sin leche pues el burócrata planeador dirá “¡esos no la necesitan!”. ¿Bajo qué criterios indicadores o de parte de quién se gastan los presupuestos que los diputados asignaron? La manga está muy ancha para algunos, para otros, como el que ofreció chiles rellenos recalentados, cuando le dijeron que sí simplemente les dijo: “Se esperan para mañana”. Es tan subjetivo, ¡hasta kafkiano!, hacer un plan de gastos, que si cada quien hace uno, todos serán diferentes. Unos dirán que las enfermedades son un medio de purificación del cuerpo, que no necesitamos hospitales, otros que cultivemos productos de exportación en casetas cerradas para que las plagas que asolan el campo no afecten los cultivos, ¡ay pulgón amarillo, qué viniste a buscar a los campos michoacanos! Sea esta crítica sana que hoy nos permite la democracia, un gesto de libertad de pensamiento, la tribuna libre de nuestras comunidades, la semilla que se esparce y que germina según el suelo o el cerebro donde cae.
Hoy es 9 de febrero, martes de Carnaval, se cumplen 103 años del cuartelazo y la traición de Victoriano Huerta y sus secuaces, Manuel Mondragón, Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, Bernardo Reyes, Aureliano Blanquet etcétera, al presidente de la República Francisco Ignacio Madero. El 9 de febrero de 1913 fue sacado de la prisión de Lecumberri Félix Díaz, a sangre y fuego, de la prisión de Santiago Tlatelolco fue sacado el general Bernardo Reyes a sangre y fuego. Ambos al frente de las tropas junto con Huerta, de la rebelión; los leales a Madero se fortificaron en la Ciudadela y en Palacio Nacional, ahí se dieron los combates de artillería y ametralladoras, el caos y la destrucción fue terrible, los muertos y heridos por cientos. El 18 de febrero, el presidente Madero fue hecho prisionero en el Palacio Nacional por Aureliano Blanquet, al igual que su hermano Gustavo Madero, José María Pino Suarez y sus más cercanos colaboradores. El 22 de febrero Madero y Pino fueron asesinados en una pared afuera de la penitenciaria de Lecumberri, a Gustavo lo mataron en la Ciudadela. Este pasaje de la historia conocido como la Decena Trágica, del 9 al 18 de febrero de 1913, ha quedado como el paradigma de la traición y la antidemocracia que dio origen a raíz de la indignación producida en el pueblo de México al movimiento revolucionario que desató los Jinetes del Apocalipsis por el territorio mexicano.
No entraré en los detalles del día a día, me detendré en el primer día, el día en que el general Bernardo Reyes fue sacado de la prisión de Santiago Tlatelolco para dirigir la columna de ataque al Palacio Nacional.
Su hijo el poeta, escritor y diplomático Alfonso Reyes escribió el 20 de agosto de 1930, el día en que su padre cumpliría 80 años, un ensayo, tal vez una carta, dedicada a su padre y que es en mi opinión uno de los más bellos textos que un hijo puede escribir a un padre que independientemente de sus razones históricas o ideológicas es un padre a quien su hijo le dedica un pensamiento. El ensayo se llama “Oración del 9 de febrero”. Al salir de la prisión no dudó el general Reyes en montar su yegua Lucero y atacar el Palacio Nacional fuertemente fortificado.
El general Reyes lanzó a su tropa en un ataque al Palacio marchando él al frente montado en su yegua que fue presa fácil de las ametralladoras apostadas en la defensa. Ahí cayó masacrado junto con su tropa de más de 500 soldados. En esos momentos el presidente Madero venía escoltado por los cadetes del Heroico Colegio Militar del Castillo de Chapultepec al Palacio Nacional.
En la mente de don Alfonso Reyes quedó el recuerdo de su padre biológico, de su formador de su faro de luz, “acuérdate que después de todo, allá en Monterrey, te queda algo sólido y definitivo: tu casa, tu familia, tu padre”.
Al perder al padre se pierde todo, la familia, la casa, pero perdiendo en las condiciones “patéticas y sangrientas” que interesan no sólo a la familia sino a todo un pueblo, es otra cosa.
“Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a lo que un vehículo destroza una pata; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saque fuerzas.
“No lloro por la falta de su compañía terrestre porque yo me la he sustituido con un sortilegio o si preferís, con un milagro. Lloro por la injusticia con que anuló así propia aquella noble vida; sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación. Mis lágrimas son para la torre de hombre que se vino abajo, para la preciosa arquitectura que una sola sacudida del azar pudo deshacer.
“Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y de caballos, a media plaza y frente a la puerta de Palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto.
“Una ancha, generosa sonrisa, se le habría quedado viva en el rostro: la última yerba que no piso el caballo de Atila; la espiga solitaria, oh Heine que se le olvido al segador.”
Vaya este recuerdo al pasaje de la historia de la traición de Huerta, del cuartelazo reproblable y vergonzoso que levantó la indignación del pueblo mexicano y propicio la Revolución, pero vaya también este recuerdo al cariño de un hijo por su padre que aun cuando en su última actuación estuvo equivocado, fue su padre y lo quiso, simplemente como se admira y se quiere a un padre.

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