Ramón Guzmán Ramos
Iniciación a la lectura
Martes 24 de Abril de 2012

(Fragmento del texto leído por su autor en la Mesa que sobre Talleres Literarios se realizó el pasado 21 de abril en el Foro Cultural de la XIII Feria Nacional del Libro de Uruapan).

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Uno llega a pensar que la vida no tendría sentido si no hubiera libros para leerla. La vida no es sólo lo que nos sucede cuando nos sentamos a pensar en ella, o cuando nos decidimos a tocarla y modificarla con nuestras propias acciones, tanto conscientes como inconscientes; es también los significados y la orientación que le damos, la visión que tenemos de ella, el modo como la concebimos y la hacemos nuestra, las formas diversas en que la expresamos a la hora de afirmarnos o negarnos en sus territorios infinitos.
Cada libro es una obra que ha sido creada a partir de la imaginación. Cada obra es una recreación de la realidad. Es la realidad convertida en lenguaje. La invención de la realidad. Me voy a referir en esta intervención al ámbito de la literatura exclusivamente, aunque sería interesante intentar una exploración de cómo se trata la realidad en las otras dimensiones del conocimiento. Cuando hablamos de poesía y narrativa, los materiales que predominan tienen que ver con la imaginación. Uno pone en juego la imaginación para descubrir o inventar las perspectivas que tiene la vida, las posibilidades de realizarse o frustrarse en otras líneas de seguimiento potenciales.
De ahí que la literatura sea una fuente inagotable de saberes. No es el tipo de conocimientos que se tengan que comprobar a la manera de la ciencia positivista, sino lo que aprendemos a partir de las visiones y exploraciones del alma, eso que somos y no hemos podido ser en nuestra esencia humana. Personalmente, creo que el arte no puede quedar reducido a un fin en sí mismo. El poeta no construye un edificio de letras para que sea visitado y admirado a través del tiempo, sino que abre un orificio en medio de la oscuridad para que veamos y nos asombremos, o nos horroricemos con todos los miedos puestos en movimiento, de lo que hay o no hay al otro lado de la vida, en la vida misma.
Vivir la muerte a lo largo de toda la vida, y morir la vida eternamente. Esta puede ser la condena cuando dejamos que los libros queden fuera de nuestro alcance. Uno tiene que aprender a ver el mundo a través de otras miradas. Y esas otras ventanas son los libros. Cada libro es también un viaje a través de las distintas épocas en que solemos dividir la historia, y de los espacios que forja la vida. ¿Cómo vivir la vida sin los libros para verla y comprenderla, para aprender a vivirla como la vida misma manda? Es aquí donde surge el otro problema. ¿Cómo iniciarnos en la lectura, en la exploración y selección de los libros que habrán de marcar para siempre nuestra vida, que habrán de ayudarnos a encontrarle el sentido que queremos para que la vida pueda ser un acto, un intento de realización continua?
Los libros son los habitantes silenciosos de este mundo. Aguardan en cualquier rincón del tiempo a la espera de que alguien se encuentre con ellos y los tome en sus manos para que otra realidad se ponga en movimiento. Su silencio aparente es su lenguaje externo, el que usan para decirnos que allí están, a la espera de ese contacto que los volverá entrañables, imprescindibles. Nosotros pasamos a su lado y no escuchamos, no sentimos las señales, o no las entendemos. Pasamos de largo. Es lo que ocurre cuando los libros no se han convertido en nuestros amigos, en nuestros maestros, en nuestros hermanos de sangre. Nos hemos dejado atrapar por la inercia de la vida, ese movimiento frenético que no lleva a ningún lado porque carece de sentido. Por eso el padecimiento es mayor. Se sufre más cuando las cosas que se hacen no tienen un propósito humano.
Uno puede decir que la iniciación debe tener lugar en la casa, que debe afirmarse en la escuela y seguir de manera permanente a lo largo de la vida. Pero sabemos que no es así. Son raros los casos en que alguien se encuentra con el mundo de los libros desde sus primeros años de existencia. Es otro de los grandes abismos de la educación. Lo que aprenden los niños y los jóvenes es a odiar la lectura. No siempre los maestros son buenos guías de lectura. No se trata sólo de que hagan las recomendaciones pertinentes, sino de que la lectura ayude a plantearse y a resolver las cuestiones fundamentales de la vida. Uno toma un libro y lo devora cuando ese libro nos dice y nos muestra cosas sobre la propia condición humana. Sabemos que la lectura es también una fuente de placer estético. Es otra de sus grandes virtudes. Se aprende disfrutando y se disfruta aprendiendo.
Cuando la casa y la escuela no son los espacios apropiados para hacer que la lectura se vuelva una actividad cotidiana, un milagro de todos los días, entonces hay que buscar o abrir espacios alternativos, sin que esto signifique renunciar a que la casa y la escuela cumplan alguna vez con este propósito. Me he limitado hasta ahora a hablar sólo de la lectura como una de las condiciones fundamentales de la formación del individuo, y de las sociedades. Pero nosotros sabemos que la lectura es también una condición indispensable para pasar al otro nivel: el de la creación literaria. Un buen lector dialoga con el autor del libro, se relaciona de una manera interactiva con el texto, a veces llega a ganarse un lugar importante en ese mundo fascinante de las letras. De pronto, se da cuenta de que él también tiene necesidad de expresar el modo como siente, como piensa y como actúa la vida. Es en este nivel de comunicación que se forja, precisamente, el espíritu del escritor.

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