Ramón Guzmán Ramos
En busca de Jorge Cuesta
Martes 8 de Mayo de 2012
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Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) era estudiante de Derecho en la UNAM. Allí escuchó por primera vez la historia de Jorge Cuesta. Quien llegaría a ser el miembro más lúcido y crítico del grupo Contemporáneos, aunque quizá no el mejor poeta, se había mutilado sus propios genitales y acabó colgándose con las sábanas de su cama en el último psiquiátrico en el que fue recluido. Tenía apenas 38 años de edad. “Canto a un dios mineral” ha sido considerado como uno de sus poemas más logrados y ambiciosos. Consta de 37 estrofas de seis versos cada una. Las últimas tres estrofas las escribió febrilmente frente a los enfermeros que habían llegado a su casa para llevárselo al manicomio.
A partir de ese momento, Volpi se dedicó de lleno a investigar la vida y a realizar un análisis profundo sobre la obra poética y ensayística de Cuesta. Terminó con ello una tesis sobre el poeta. De ahí salió el ensayo titulado “El magisterio de Jorge Cuesta”, con el que llegaría a ganar el Premio Plural de Ensayo 1991.Y con todos estos materiales en sus manos, emprendió el desafío de hacer una novela con el mismo tema. Tiempo después daría a conocer A pesar del oscuro silencio (1993). La primera línea de la primera página empieza así. “Se llamaba Jorge, como yo, y por eso su vida me duele dos veces”.
Volpi incorpora en esta novela un elemento novedoso. El narrador de la novela es él mismo convertido en personaje. Es su propio personaje contando la historia de una búsqueda particular: la de otro personaje que también se llama Jorge y cuya historia le provoca un desasosiego profundo, un deseo irrefrenable por comprender las motivaciones más profundas, oscuras, que llevaron al poeta de Contemporáneos a caer en la locura y el suicidio. La anécdota complementaria no tiene mayor importancia: es Jorge, el narrador, en medio de una crisis de amor con Alma, su compañera, quien a su vez mantiene relaciones con otro hombre: un director de orquesta. La búsqueda de Jorge Cuesta es en realidad el tema central.
Es una búsqueda, sin embargo, que no cumple con las expectativas que despierta desde el principio. Con todo y que se trata de una novela biográfica, aunque la verdadera biografía que Volpi desea develar es la del alma de Cuesta, el lector se queda con la impresión de que Cuesta no es sino una sombra, un fantasma atormentado huyendo de su propio cuerpo. Lo que hace Volpi es intentar una incursión al mar oscuro donde se refugia el espíritu del poeta, ese mar oscuro que es en realidad el poeta mismo, para hacerse de esa sustancia del alma que en Cuesta ha hecho surgir el genio y la locura. Y el propio Volpi, personaje narrador, está a punto de caer al infierno. Quizá aquí radica el mérito de la novela, no tanto en la historia de una vida que termina en tragedia.
Su nombre completo era Jorge Mateo Cuesta Porte Petit, llamado más tarde “el más triste de los alquimistas”. Nació en Córdoba, Veracruz, el 21 de septiembre de 1903. Cuando tenía un año de edad, se cayó de los brazos de su niñera y se lesionó cerca del ojo izquierdo contra el filo de una mesa. De ahí esa impresión de “párpado caído” que dejan sus fotografías. Al terminar la preparatoria, en 1921, se mudó a la Ciudad de México. Quería ser violinista, inscribirse en el Conservatorio Nacional, pero terminó por ingresar a la Facultad de Ciencias Químicas. En 1924 se integra al grupo de los Contemporáneos (“archipiélago de soledades”, según Villaurrutia), al lado de otros grandes poetas como Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia.
En 1928 se casa con Lupe Marín, quien había sido esposa de Diego Rivera. En 1930 entra a trabajar a la Subsecretaría de Educación Pública. Una vez que desaparece la revista Contemporáneos, Cuesta decide fundar otra, de nombre Examen, que llegaría a alcanzar tres números. En 1938 se incorpora como jefe a un departamento de laboratorio en una industria de azúcar y alcoholes. Emprende una búsqueda frenética de lo que se conoce como “el elixir de la vida”, es decir, la fuente de la eterna juventud. De acuerdo con la leyenda que se crearía en torno a esta etapa de su vida, logra hacer asombrosos descubrimientos.
Dice Volpi: “Se rumora que inventó un método para refinar el aceite desperdiciado por los motores de combustión, una fórmula para producir vino, otra para inducir a un rápido proceso de añejamiento de los vinos naturales; que descubrió un líquido del cual bastaban unas cuantas gotas para contrarrestar la intoxicación provocada por las bebidas alcohólicas más fuertes, y una píldora para reservas de energía durante periodos sostenidos de tiempo”. Lo que realmente llegaría a encontrar sería su propia locura. Aunque la locura, como decía Dryden, “es un placer que sólo el loco conoce”. La de Cuesta, sin embargo, parecía ser un tipo de locura que le ayudaba a escapar de su propio cuerpo. Dice Volpi: “La inmortalidad en un instante. Esta fue su nota a lo largo de su vida y de su obra, de su pasión. La inmortalidad que significa salirse del tiempo, arrastrarlo, dilatarlo hasta que en un segundo quepan todos los demás”.
La locura tiene muchas zonas de misterio. Podríamos decir que ella misma es el misterio supremo. De hecho, vivimos condicionados por diversas creencias que nada tienen que ver con la realidad. Nosotros las convertimos en nuestra realidad cotidiana y vivimos de acuerdo con ellas. Y nadie dice que se trate de algún tipo de locura. Podemos deducir, entonces, que hay locuras tolerables. La cuestión consiste en mantener algún tipo de equilibrio entre la realidad y la fantasía. Algo ocurre de pronto en la mente humana y nos deslizamos hacia alguno de los extremos. La realidad desaparece y sólo queda la fantasía. Pero la fantasía puede llegar a ser, ella misma, un tipo de realidad: la realidad que habita al que le llaman loco, precisamente.
Jorge Cuesta empezó a vivir un tipo de realidad así. Pero la inmersión en su locura fue terriblemente dramática. El proceso de conversión le causó un sufrimiento moral que no pudo soportar. Después de una crisis de hemorroides en que sangró profusamente, el poeta imaginó que estaba cambiando de sexo y que se trataba de una menstruación. Obligado por su hermana Natalia, consultó con el psiquiatra Gonzalo Lafara, quien le diagnosticó disturbios mentales debido a una tendencia homosexual reprimida. Elías Nandino llegaría a firmar: “Jorge Cuesta era completamente ajeno a su cuerpo. Su existencia se consumaba por su evasión”. Es que su cuerpo era el campo de batalla entre dos presencias que se hacían pedazos por ganarse el derecho a existir. Es la apuesta que se juega Jorge Volpi en su novela: ¿Y no era posible concebir un solo cuerpo con los géneros compartidos? Francisco Segovia diría: “En el principio está el afán de Cuesta de desaparecer; abolir el yo y sus caprichos para que predomine el pensamiento”. De ahí que, a final de cuentas, Cuesta sería visto como una inteligencia solitaria y escindida, tan soberana que se emborracha de sí misma; un pensamiento intenso y suicida, capaz de consumirse a la vuelta de una vida.
Cuesta fue, además de poeta y ensayista, un científico poseído por el demonio del análisis; ejerció una inteligencia ígnea, ácida, corrosiva. A partir de esta dimensión del conocimiento llegaría a ver a la literatura como una vía de conocimiento. Su espíritu estaba constituido por los materiales de la tierra y el fuego; era sinuoso y atormentado, arduo y áspero. Por eso, la de Cuesta es una poesía hecha contra el lenguaje, deliberadamente torturada, una poesía sin bondad. Cunde en lo remoto, en lo innombrable. Es el eco de otra voz que habla por la suya. Decía Elías Nandino: “Su voz parecía nacer de los fantasmas del aire”. En el último instante intentó, no evadirse del tiempo como había anhelado, sino trascenderlo, llegar a ser su culminación.
“A pesar del oscuro silencio” es la novela de Jorge Volpi en la que se emprende esta búsqueda imposible del otro Jorge, el de apellido Cuesta. Uno termina la obra con el deseo de saber más sobre la vida trágica de quien llegaría a ser considerado como la conciencia más lúcida y crítica del grupo Contemporáneos. Es otro de los efectos virtuosos que tiene la novela: uno cierra el libro y emprende su propia búsqueda de Cuesta. Hay que hacer una exploración profunda sobre su vida para tratar de sentir con mayor disposición su poesía, hacer que la poesía nos regrese a la biografía y nos haga tomar conciencia de que ambas son una sola cosa, un solo proceso de vida y de muerte. Jorge Volpi, quien pertenece a la llamada Generación del Crack, movimiento literario mexicano de finales del siglo XX, en ruptura con el llamado postboom latinoamericano, nos abre una zona inédita para mirar desde allí la oscuridad luminosa en que se hundió Jorge Cuesta.

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