Martes 29 de Mayo de 2012
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Los jóvenes en México se han quedado sin futuro. El sistema político y económico que prevalece los ha excluido de todas las decisiones y de los escasos beneficios que ofrece. De hecho, los ha convertido en víctimas cuyas perspectivas de superación y mejoramiento se encuentran canceladas. Hasta hace unos días. En efecto, porque estamos presenciando lo que parece ser el despertar vigoroso de la juventud universitaria como no se había visto desde hace algunas décadas.
Los estudiantes universitarios se han convertido en estos momentos en la conciencia crítica que estaba necesitando el país. Es una conciencia colectiva que coloca la cuestión de la democracia en el primer plano de su atención. Ellos no vivieron directamente lo que significó la etapa de la hegemonía política en manos del PRI, la época de partido de Estado. Pero aprendieron a ver la realidad con ojos de lucidez y se han atrevido a recorrer la historia en el vehículo luminoso del conocimiento.
La salida del PRI de Los Pinos fue provocada en su momento por un amplio movimiento cívico que llegó a adquirir la dimensión de una verdadera insurgencia pacífica. La democracia se convirtió en la demanda central de toda la sociedad, en la utopía posible por la que todas las fuerzas de oposición se arrojaron a la calle para hacerla realidad. La alternancia, sin embargo, se resolvió finalmente a favor de la derecha. Hubo intereses poderosos que hicieron lo necesario para que la izquierda no llegara al poder, aunque el respaldo de la sociedad fuera mayoritario.
Con la derecha en el poder, la llamada transición a la democracia se detuvo. Podríamos decir que dio inicio a un proceso inverso. La alternancia, que debería haber sido uno de los factores que determinaran la democratización de nuestro país, sólo tuvo el efecto de un cambio de personas en el gobierno. Tampoco la pluralidad tuvo un efecto positivo. El antiguo régimen de dominio monopartidista dio lugar a un régimen de distribución del poder entre los nuevos partidos que obtenían su registro. Este régimen ha generado la existencia de una nueva clase política y la separación tajante entre los partidos que se reparten el poder y la sociedad.
Mención aparte merece la izquierda electoral. Ella fue, precisamente, la protagonista central de ese proceso que llegó a tener el nombre rimbombante de “transición a la democracia”. Hay que recordar que fue una escisión del PRI, llamada en su momento Corriente Crítica, la que encabezó aquel movimiento de cuestionamiento profundo y de disputa del poder por vía de las urnas. Pero no fue capaz de defender su triunfo y tampoco ha demostrado que es capaz de gobernar de una forma radicalmente distinta allí donde ha ganado posiciones parciales de poder. En estos momentos se encuentra tan dividida, tan desgastada, tan desprestigiada, que no representa ya una opción atractiva para un gran porcentaje de la población. La figura de Andrés Manuel López Obrador ha sido uno de los pocos valores que persisten en sus filas.
El fracaso de la transición democrática hundió al país en un estado de caos del que no se ha podido recuperar. Podríamos decir que la crisis de catástrofe que padecemos es en realidad la ausencia de una perspectiva adecuada de salvación. Los referentes tradicionales no han funcionado. Muchos movimientos y expresiones que se reivindican de izquierda no han sido capaces de convertirse en factores de descontento y movilización nacional. Han sido movimientos que terminan por aislarse y se quedan atrapados en sus visiones y sus prácticas dogmáticas. De manera que la derecha se ha quedado con el camino libre para imponer todas esas reformas estructurales que llevan como propósito la derechización integral de la vida nacional.
Cuando creíamos que las cosas seguirían igual, que se volvería a producir una nueva alternancia al revés con la vuelta del PRI al poder, ha surgido este movimiento vigoroso y limpio de los estudiantes universitarios. Es un movimiento que le ha dado un golpe definitivo a las certidumbres artificiales. Hace poco más de dos semanas todo apuntaba a que sería Enrique Peña Nieto el nuevo presidente de la República. Lo que tenemos ahora es esa clase de incertidumbre política que caracteriza a toda democracia que se precie. El nuevo gobierno de la República no debe ser por la imposición de nadie, mucho menos de esos a los que se les llama poderes fácticos y cuyos intereses no se encuentran en la misma sintonía que los intereses legítimos de la sociedad. La elección del gobierno ha de ser por voluntad y obra de los ciudadanos que acudan a las urnas a votar.
Pero sucede que el voto ciudadano ha sido corrompido también. Ha caído bajo los controles corporativos de todos los partidos. Se ha convertido en una mercancía infame que se cambia por despensas, por unos cientos de pesos, por promesas huecas. Ha sido objeto de la manipulación de las grandes televisoras que no cejan en la intención de apoderarse de la voluntad popular. Y recibe toda clase de presiones, de amenazas, de manera que el elector llega ya condicionado a la casilla, predispuesto como un robot a cruzar la boleta en el sentido que se le ha indicado.
No es extraño que el movimiento #YoSoy 132 se haya propuesto intervenir en este proceso electoral de una manera distinta, promoviendo lo que podríamos llamar la calidad ciudadana del voto. Es necesario que la gente se mantenga informada y haga una reflexión crítica, a fondo, de las opciones que se le presentan, de manera que su decisión esté basada en el conocimiento de las trayectorias y las propuestas de los candidatos, así como en su libre voluntad. Aquí es donde entra el reclamo para que los grandes medios de información se democraticen, lo que significa que a la hora de informar y opinar deben responder a los intereses legítimos de la sociedad y no a intereses mezquinos, particulares.
¿Por qué los jóvenes universitarios ponen la atención en el presente proceso electoral y exigen que se dé en términos verdaderamente democráticos? Es en realidad una nueva reivindicación de la democracia. La juventud de hoy, a la que le han cancelado su futuro, se ha percatado de que las decisiones que la afectan directamente se producen en los espacios reducidos de poder. Son siempre otros los que deciden por ellos, y lo hacen sin considerar su legítimo derecho a contar con perspectivas de superación, desarrollo y mejoramiento. Es un movimiento que tampoco termina el 1 de julio. Allí empezará otra etapa: la del reclamo directo y la exigencia de espacios de participación democrática.

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