Ramón Guzmán Ramos
El fin de las utopías
Viernes 6 de Julio de 2012
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Un día de mayo de 1968, el psicoanalista mexicano Aníbal Quevedo se despierta sin memoria en un cuarto de hotel de París. No recuerda cómo llegó a ese lugar ni nada de su pasado personal. Cuando sale a la calle, se encuentra con las movilizaciones de los estudiantes y poco a poco, sobre todo a partir de que conoce a Claire, una militante de izquierda comprometida totalmente con la revolución, se involucra en la causa de los jóvenes. A partir de esa conversión, Quevedo nos llevará por los vericuetos ideológicos y políticos de los movimientos y las revoluciones marxistas que tuvieron lugar en Europa y en América Latina, durante la segunda mitad del siglo XX.
El fin de la locura (2003), de Jorge Volpi, es la segunda novela de una trilogía que empezó con En busca de Klingsor (1999) y concluyó con No será la tierra (2006). El fin de la locura es para Volpi el fin de la utopía revolucionaria. La locura, como en el caso de Don Quijote, es comparada aquí con esa fiebre ideológica y de acción que poseyó a los revolucionarios durante prácticamente todo el siglo XX. Locura igual a utopía revolucionaria. La caída del Muro de Berlín es el signo más poderoso que marca el fin de esa locura. Finalmente, las revoluciones y los sistemas socialistas que se impusieron en el mundo no resolvieron los grandes problemas sobre los que erigieron su legitimidad histórica.
Cuando terminé de leer el libro me quedé con una impresión de profunda contrariedad. He de confesar que esperaba una visión crítica de los sistemas socialistas, en efecto, pero sin que el autor llegara a la negación absoluta de la necesidad original. El socialismo, como sistema ideológico y político, y también como experiencia histórica concreta, sobre todo en esto último, ha sido objeto de toda clase de críticas. Hay un tipo de crítica, sin embargo, que se produjo al interior del propio movimiento y que se propuso llamar la atención sobre las fallas que se generaban y la urgencia de corregir a cada momento el rumbo. No podemos dejar de mencionar aquí, por lo que se refiere a la literatura como crítica de la historia, a José Revueltas (1914-1976) y esas dos novelas que nos mostraron lo que Jorge Volpi quiso hacer desde afuera y con otros propósitos totalmente distintos: Los días terrenales (1949) y Los errores (1964).
Jorge Volpi introduce esa modalidad polifónica en la que hay más de un narrador, incluyendo documentos diversos que se utilizan para referir realidades. Con el riesgo de que se pueda generar en el lector una impresión de dispersión de las partes, de desarticulación adelantada, es un recurso que otros autores han utilizado ya en otras obras. Lo que provoca un cierto escozor, en todo caso, es el modo como el autor introduce a personajes reales en la novela y los coloca en situaciones que para el lector medianamente enterado resultan no sólo absurdas, sino totalmente inverosímiles. Volpi nos diría que el propósito es hacer de la ironía uno de los elementos sustanciales en la obra. Pero no puede ser a costa de ese requisito indispensable que es la verosimilitud, en este caso no sólo literaria, sino histórica. Una obra puede ser el resultado de una fantasía delirante, pero si el autor logra introducirnos a ese mundo donde las cosas fantásticas ocurren con toda normalidad, y que no las cuestionemos, entonces habrá logrado esa verosimilitud que le otorga a la obra legitimidad literaria. En El fin de la locura lo que vemos es a un personaje, Aníbal Quevedo, estableciendo relaciones y hasta psicoanalizando a personajes de la vida real como Lacan, Barthes, Focoult, Fidel Castro, Salvador Allende, el subcomandante Marcos, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Monsiváis.
De la militancia revolucionaria directa, incluso con el uso de las armas, Quevedo pasa a una segunda etapa en la que se propone utilizar las armas de la crítica, del intelecto. De esta manera, pasa del Mayo Francés del 68 a las luchas armadas que se dieron en América Latina en las décadas de los 60 y 70. Luego regresa a México y funda una revista para dar el debate a nivel intelectual. Pero le toca psicoanalizar a Carlos Salinas de Gortari y recibir un pago especial por ese trabajo. Una vez que esto se conoce, Aníbal Ponce cae en el descrédito total, su reputación se ahoga en el lodo y termina hundido en el abismo de la desconfianza. A través de Quevedo el autor de la novela se propone mostrarnos un mundo lleno de contradicciones políticas, de perversidad ideológica, del fracaso histórico de la utopía revolucionaria. Parece decirnos que de nada valieron los esfuerzos y los sacrificios de millones de hombres y mujeres cuando se lanzaron a luchar por un mundo donde fueran la igualdad y la justicia lo que reinara para siempre. Simplemente no había valido la pena.
El fin de la locura de Jorge Volpi nos remite al título del ensayo que en 1989, a raíz de la caída del Muro de Berlín, escribió Francis Fukuyama. La tesis es la misma en ambas obras: a final de cuentas, el capitalismo acabó venciendo al socialismo y en adelante no queda sino la permanencia del libre mercado, la democracia liberal y la globalización de este sistema a una escala mundial. La historia, vista como un conflicto permanente entre las clases sociales, ha llegado a su fin. Lo que queda es perfeccionar el sistema y llevarlo a todas partes. En efecto, sin un contrapeso que lo detenga, el proceso de globalización del capitalismo es ya una realidad. Pero el derrumbe del socialismo realmente existente no hizo que el capitalismo se deshiciera de sus propias contradicciones, algunas tan profundas que estarían adquiriendo también una escala de catástrofe. Es lo que no hacen ni Jorge Volpi ni Francis Fukuyama, aunque éste tendría que matizar después su postura. Lanzan todas sus armas de la crítica para darle el tiro de gracia al socialismo como ideología y como experiencia histórica, pero no extienden esta misma crítica hacia el sistema que ellos sostienen resultó triunfante y que ha escalado a otro nivel de control de la economía y del pensamiento: el neoliberalismo.
Jorge Volpi llegó a declarar en alguna entrevista que América Latina no existe como marca literaria. De lo que nos quiere convencer es que ese idealismo acendrado de tipo bolivarista que prevaleció durante la tercera parte del siglo XX, y que alcanzó de diversas maneras a la literatura hispana que se producía en este continente, simplemente ha caducado. No hay nada que una a los pueblos de esta parte del mundo. Desde luego que Volpi no reconoce que, además de una lengua común y raíces históricas igualmente comunes, aún tenemos algo que, más allá de las fronteras nacionales de cada país, nos hermana a todos: somos naciones que no dejan de sufrir el control y una relación desigual por parte de Estados Unidos y de otras potencias mundiales. Lo que propone Volpi ahora es un tipo de literatura que rebase los límites geográficos de nuestro país y que se atreva a mirar al mundo. Un tipo de cosmopolitismo literario que se acerca mucho a esa visión neoliberal con que pretenden imponernos la globalización. Desde siempre la literatura, como la ciencia, ha sido universal. No importa si la narración ocurre en un pueblo de fantasmas, como Comala, o si tiene como marco histórico y geográfico la Alemania nazi, como sucede en su novela En busca de Klingsor.
La literatura, en efecto, como el arte en general, tiene una dosis vigorosa de crítica hacia la realidad que toca. Lo que hace es mostrarnos, a través de una realidad inventada, creada o recreada, las zonas ocultas de la realidad concreta. Es lo que José Revueltas llamaba, precisamente, “el lado moridor de la realidad”. En ese proceso constante de cambio que experimenta la realidad, hay elementos que han caducado y que se convierten en una resistencia velada o abierta al cambio. La literatura muestra estas contradicciones, estos conflictos entre el hombre y su circunstancia, entre el hombre y su cultura, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y sus pasiones, entre el hombre y su ideología, entre los hombres y la historia. No hay literatura neutra, imparcial, como tampoco sucede con la ciencia. Tampoco se trata de hacer de la literatura un medio de propaganda a favor o en contra de tal o cual posición ideológica. Basta con que una obra nos muestre las desgarraduras de la vida, las osadías del hombre, la lucha interminable del hombre contra la fatalidad, para que cumpla con su función estética e histórica.
El fin de la locura no es de ninguna manera el signo que nos anuncia el El fin de la historia. La economía de libre mercado no es el modelo perfecto que habrá de prevalecer por los siglos de los siglos, tampoco este régimen político al que se le denomina democracia liberal. Las grandes contradicciones del sistema no se han resuelto. Se trata de un sistema que está organizado para que este tipo de contradicciones no se resuelvan. Como ocurre con la ciencia ante la necesidad de nuevos paradigmas cuando los que están vigentes empiezan a caducar, así también con los sistemas políticos, económicos y sociales que pretenden eternizarse en el tiempo.

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