Ramón Guzmán Ramos
Ícaro y el arrebato del vuelo
Martes 17 de Julio de 2012
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Ícaro era hijo de Dédalo. Dédalo fue uno de los genios más grandes de la antigua Grecia. Fue inventor de todo tipo de máquinas de guerra, de instrumentos para observar el cielo; y creaba figuras diversas para divertir a los niños, lo que ahora conocemos como juguetes. Hubiera querido que su hijo Ícaro heredara su inteligencia y su capacidad para imaginar y crear cosas nuevas. Pero su hijo era torpe y no daba muestras de ingenio. Le aburrían las cosas de su padre.
A su casa llegó otro niño, un sobrino suyo de nombre Talos. Talos, al contrario de Ícaro, era un muchacho creativo, muy inteligente, que a esa temprana edad hacía ya sus primeros inventos. Dédalo empezó a tener sentimientos encontrados para con su sobrino. Por un lado, le asombraba la capacidad extraordinaria de Talos para construir cosas que no existían; pero, por el otro, lo sobrecogía una enorme frustración cuando lo comparaba con su hijo Ícaro. Talos era el hijo que siempre quiso tener, pero Ícaro, a pesar de su torpeza, era el que llevaba su sangre.
Una noche se encontraban los tres en la parte alta del templo de Atenea en la Acrópolis. Talos hacía comentarios sobre esa facultad maravillosa que tienen las aves de volar. ¿Crees que los humanos podríamos volar algún día?, le preguntó Dédalo a su sobrino, y éste le dijo que era posible. Ícaro decidió retirarse porque aquella conversación le aburría. Dédalo se dejó llevar por la envidia y la frustración y, en un arranque de ira, empujó a Talos por el borde para que cayera al vacío. Por esta acción fue desterrado y tuvo que huir, llegando después de un tiempo al reino de Minos.
Allí se le encargó que construyera una jaula especial para encerrar al Minotauro, monstruo legendario con cuerpo de toro y cabeza de hombre. El Minotauro era hijo del rey Minos, pero éste no podía matarlo aunque lo despreciara. De manera que Dédalo inventó una jaula tan grande y tan intrincada de la que el Minotauro no podría escapar jamás. Esa construcción fue el Laberinto de Minos. Ariadna era hija también del rey Minos, hermana del Minotauro. Cuando Teseo, rey de Atenas, llegó por esas tierras, se enamoró de Ariadna y ella le propuso que matara al Minotauro y que se la llevara con él. Le dio un hilo para que lo fuera dejando por los pasillos y lo siguiera de regreso. Teseo mató a golpes al Minotauro y regresó por su amada.
El rey Minos se enfureció y arrojó a Dédalo y a su hijo Ícaro al laberinto, pensando que él había tenido algo que ver con lo que había ocurrido. Una vez en su propio laberinto, Dédalo construyó dos pares de alas con plumas de aves. Un par para él y el otro para su hijo. Se las pegaron a sus espaldas y a sus hombros con cera. Antes de lanzarse al vuelo, Dédalo le recomendó a su hijo que no volara muy bajo porque las olas del mar podían mojar las alas y entonces se desplomaría con el peso del agua; y que tampoco volara muy alto porque el calor del sol derretiría la cera y de igual manera se vendría en picada.
Ícaro probó la libertad del vuelo y se sintió por encima del mundo. La torpeza que lo caracterizaba en tierra desaparecía de súbito y por completo en el aire; en el aire él era como un ser extraordinario. Podía hacer los movimientos que quisiera, asemejarse a las aves, arrojarse con toda temeridad por los aires, ganar las alturas. Por ese arrebato, por ese vértigo de libertad, no se dio cuenta de que se acercaba más y más al sol, hasta que sintió que la cera, convertida en líquido viscoso, corría por sus brazos y su espalda. Entonces se le desprendieron las alas y se desplomó sobre el mar. En su honor se le conocería después al sitio como Mar de Icaria.
Dédalo nunca dejaría de culparse por la muerte de su hijo. Finalmente, Ícaro probaría las alas de la libertad y se sentiría como un semidios en pleno vuelo. La turbación de la conciencia y los sentidos le costaría la vida. Pero aquellos momentos en que él estuvo por encima del mundo bien habían valido la pena. Dédalo llegó a Sicilia, bajo el amparo del rey Cócalo. Allí le construyó un templo a Apolo. Sobre el templo colgó sus alas en memoria de aquella aventura que se había convertido en tragedia. Pero la obsesión de volar y el costo que tuvo anticiparon lo que muchos siglos después se haría una realidad: el hombre surcando los aires y el espacio vacío en máquinas dotadas de alas.

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