Ramón Guzmán Ramos
La piedra de Sísifo
Jueves 9 de Agosto de 2012
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La primera cuestión que uno se puede plantear es sobre la relación que existe entre la falta y el castigo. Toda falta amerita una sanción. Toda transgresión del orden establecido se ve como una actitud que merece algún tipo de castigo. A veces es necesario y legítimo romper el paradigma imperante para que uno nuevo tome el lugar del que ha caducado. Pero una vez que se instala el nuevo orden, la transgresión vuelve a quedar prohibida. Lo que hay que aclarar, en todo caso, es si el tipo y la magnitud del castigo se corresponden con el tamaño de la falta.
Es lo que uno piensa cuando lee el caso de Sísifo. Homero lo registra, aunque con ciertas limitaciones, en La Odisea. Sísifo fue fundador y rey de Éfira, nombre antiguo de Corinto. Fue el padre de Odiseo. Se trata de un personaje de la mitología griega que muestra en su temperamento actitudes contrapuestas: es un hombre sabio y cauto, pero también mentiroso y avaro; es astuto y temerario, rebelde y asesino; capaz de desafiar a los dioses y, como Prometeo, robar sus secretos para compartirlos con los hombres.
¿Pero de qué tipo de falta y de castigo estamos hablando cuando nos referimos a Sísifo? El caso es que cuando Tánatos, la muerte, fue en busca de Sísifo porque ya era su hora, éste simplemente la atrapó y le puso grilletes. Durante todo el tiempo que la tuvo encadenada nadie en el mundo se moría. El orden natural se había alterado. Simplemente no puede haber vida sin la muerte, y viceversa. El hombre no tendría esa relación tan intensa, tan apasionada, tan tormentosa con la vida si la muerte no existiera.
De manera que Ares, el dios olímpico de la guerra, personificación de la fuerza brutal y la violencia, así como del tumulto, la confusión y los errores de las batallas, liberó a Tánatos de sus grilletes y puso a Sísifo bajo su custodia. Esta vez no se escaparía de irse al inframundo, lugar donde habitan las almas de los muertos. Antes de morir, Sísifo le dijo a su esposa que dejara su cadáver expuesto en la plaza, sin realizar el ritual que se hacía por los muertos. Ya en el inframundo, Sísifo se quejó de que su esposa no estaba haciendo lo correcto con su cuerpo. Convenció a Hades, dios de ese lugar, que es la morada de los muertos, que le permitiera volver al mundo superior para persuadir a su esposa de que hiciera los rituales. Hades se lo permitió, pero una vez en el mundo de los vivos, Sísifo no quiso regresar de nueva cuenta al infierno.
Los dioses no podían permitir que Sísifo se burlara de esa manera de ellos. Así que enviaron a Hermes, el mensajero, el dios olímpico, hijo de Zeus y la pléyade Maya, a someter a Sísifo y a devolverlo definitivamente a la morada de los muertos. Pero su castigo no podía quedar allí. Había que darle un escarmiento doble, especial, algo que se correspondiera con la magnitud de la falta. En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de alcanzar la cima de la colina la piedra se volvía a desplomar. Sísifo tenía que bajar por ella para volverla a subir. Así una y otra vez, en una repetición absurda y totalmente improductiva que duraría indefinidamente.
En 1942 Albert Camus escribió un ensayo sobre el mito de Sísifo. El novelista, dramaturgo, ensayista y filósofo francés, quien en 1957 habría de obtener el Premio Nobel de Literatura, nacido en Argelia en 1913, plantea en este texto una visión por demás interesante y reveladora. Lo que nos dice Camus es que podríamos hablar de una especie de extensión de ese mito a la vida nuestra. Muchos en el mundo hacen durante toda su vida alguna actividad que se repite una y otra vez, como una maldición totalmente absurda e improductiva, que no mueve a la realización humana.
Pero Camus vislumbra una perspectiva de liberación. Nos dice que él se imagina a Sísifo en el momento en que baja por la pendiente para volver a cargar la piedra. En esos momentos Sísifo tiene la oportunidad de mirar el mundo alrededor; sobre todo, de reflexionar y tomar conciencia de su condición, de su suerte, y de la nueva aventura que podría significar romper aquella condena. Los mitos y las condenas no son para siempre. Pero hay que atreverse a romper con ellos y arrojarse al vuelo de la libertad.

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