Francisco Lemus
Visor
Consumir sin producir
Martes 19 de Noviembre de 2013
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Crecer a un ritmo de siete por ciento anual era la vieja meta del foxismo, pues se aseguraba que al llegar a estos niveles se derramaría la riqueza de esa copa de champaña que es la economía nacional. La promesa nunca se cumplió y las esperanzas son cada vez menores, ahora sólo se augura un crecimiento superior al cuatro por ciento, siempre y cuando se realice la reforma energética.
Un incremento en el Producto Interno Bruto (PIB) no necesariamente significa que la población vaya a vivir en mejores condiciones, pero su disminución a los niveles que actualmente presenta son garantía de una situación nada favorable para la mayoría de los mexicanos.
El decrecimiento de la economía nacional, que para este año no espera rebasar el dos por ciento, no es obra de los vaivenes de la economía financiera, tampoco lo es de la falta de “reformas estructurales”, por más que se insista en ello; es la consecuencia de carecer de una estructura productiva sólida como la que alguna vez se intentó tener.
La filosofía de la economía liberal, aunque llevada a extremos vulgares, siempre ha defendido la idea de que no tiene sentido producir algo en casa si se le puede comprar al vecino, que es experto en fabricarla.
Aunque la idea tiene mucho de razón, y sin duda sería de lo más costoso que cada quien hiciéramos nuestra propia ropa en casa (no todos somos sastres), bajo esta lógica, hoy México prácticamente ha decidido que es mejor comprar todo del exterior sin importar que esto tenga altos costos sociales.
Hoy la tremenda economía de China es capaz de ofrecer salarios que hasta al país más subdesarrollado hace temblar, esto gracias a su fuerte estructura productiva sustentada en prácticas cuasi esclavistas. Ante tal situación realmente es más barato comprar a ellos que producir.
Este agresivo libre mercado desde luego que tiene beneficios, seguramente somos uno de los países no desarrollados que tienen acceso a la mejor tecnología a precios relativamente bajos, por lo menos más bajos que en un país de mayor renta, como Brasil. Podemos comprar prácticamente cualquier marca de ropa occidental sin grandes problemas.
Pero a cambio de eso, hoy el empleo en México es informal en un 60 por ciento, la seguridad social y las pensiones prácticamente han desaparecido y la salud de un amplio porcentaje de la población está mermada, en parte gracias a la comida chatarra que ha inundado el mercado.
Una sólida estructura productiva es lo que está detrás de las potencias como Inglaterra, Francia, Alemania o Japón que, por lo menos, en toda la segunda mitad del siglo XX no enfrentaron nunca una crisis como la que sí enfrentan actualmente España, Portugal o Grecia.
México, tras la Revolución, intentó industrializarse, y aunque no logró convertirse en un país desarrollado, los avances fueron considerables. El neoliberalismo ha venido a desmantelar dicha estructura y hoy, en términos productivos, el país es cada vez más dependiente del mercado externo.
Para poder comprar ropa al vecino hay que producir algo, y México cada vez produce menos. Aún así nos aseguran que la respuesta a la crisis nacional está en consumir intempestivamente, aún a costa de las deudas que sean necesarias y aunque sea sólo en un Buen Fin.

Sobre el autor
Francisco Javier Lemus Yáñez Es doctorante en Ciencias de la Sostenibilidad por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), maestro en Estudios Políticos y Sociales por esta misma universidad, y Licenciado en Economía por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). En 2010 inició sus labores como reportero de economía en Cambio de Michoacán, desde 2011 colabora con el segmento Visor en el cual trata temas de economía, política y sociedad. Es profesor de asignatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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