Columba Arias Solís
Los medios de comunicación ayer y hoy
Viernes 6 de Diciembre de 2013

Última parte

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La responsabilidad de los medios.
En el ejercicio periodístico -escrito, televisado o radiofónico y ahora en las redes de Internet- parece haberse convertido en práctica común que algunos representantes de medios incurran en los excesos de su derecho a la expresión y se adentren en terrenos que pertenecen a la intimidad de las personas, en unos casos, y en otros, sobre el buen nombre o la fama pública de personajes que si bien son públicos por las características del trabajo que desarrollan, también tienen el derecho de preservar su intimidad y su prestigio, más allá de la actividad a la que se dedican.
Muy conocidos en México han sido los casos de personajes puestos en la picota del escarnio y el deshonor por ciertos medios de comunicación, que en aras del sensacionalismo o de ganar la nota, o bien por instrucciones, han utilizado las páginas o los micrófonos para acusar y sentenciar como si fueran tribunales establecidos.
Es indudable que los medios de comunicación constituyen el elemento indispensable para hacer conocer a la sociedad la información generada, tanto por quienes se encargan de los asuntos públicos, como de quienes forman parte del mundo del entretenimiento, y son también -los medios- el cauce necesario para la participación de la sociedad en los asuntos públicos, empero, no deben crear juicios paralelos contra personas que no han sido juzgadas por los tribunales, suplantando las funciones jurisdiccionales, como quedó asentado en la VI Cumbre Iberoamericana de Tribunales de Justicia.
¿Cuándo -se pregunta el investigador argentino Ramón Daniel Pizarro- la actividad de los medios de comunicación social puede ser reputada antijurídica? ¿Cuáles son los límites de lo lícito y lo ilícito en materia de publicación y difusión de noticias, ideas y opiniones? ¿Existe un derecho por parte de los medios de publicar lo que les plazca, aun cuando puedan lesionar gravemente el honor, la imagen, la intimidad o la dignidad de los protagonistas de la información?
Pizarro proporciona la respuesta partiendo de un principio fundamental aplicable en todos los países cuya legislación protege los bienes de la privacidad, la intimidad y el honor: toda transgresión al honor, a la intimidad y a la imagen de la persona por los medios de comunicación masiva debe ser reputada antijurídica, salvo que medie causa de justificación.
Pocos bienes espirituales -dice Pizarro- tienen tanta trascendencia para el ser humano, como el honor. Buena parte de lo que es y puede llegar a ser depende de su autoestima y de la fama de que goce o que merezca dentro de la comunidad. Citando a Cifuentes, el investigador señala: la personalidad está sostenida en la reputación, crece, se agranda con la fama y el esfuerzo para consolidarla ante los demás; depende de la opinión ajena, pero también de la estima personal; hablar del honor significa hacer referencia a la valoración integral de la persona, en todas sus proyecciones, individuales y sociales, valoración que puede asumir diferentes aspectos que la doctrina distingue como conceptos objetivo y subjetivo de honor.
De acuerdo con el autor, el concepto subjetivo de honor también denominado honra, es el aprecio de la propia dignidad, la valoración que cada uno tiene de sí mismo en cuanto sujeto de relaciones ético sociales, en tanto que el concepto objetivo del honor se refiere a la valoración que otros hacen de la valoración ético social de una persona, se refiere a la reputación, a la buena o mala fama, a la estima y al respeto que el sujeto pueda merecer frente a terceros.
En ese contexto se considera que muchas veces la reputación depende de la valoración que la persona tenga de sí misma, no porque ella se encuentre condicionada por lo que otros piensan, sino porque pocos sentimientos son tan gratos para el ser humano y le provocan mayor satisfacción personal que saberse aceptado y honrado.
Así, Pizarro apunta que de la fama de una persona dependen sus posibilidades de éxito, ello, en virtud de que quien es bien valorado por sus semejantes es merecedor de confianza, de crédito moral, de oportunidades, en lo económico y en lo social. En cambio, aquella persona que socialmente es sospechada o tenida por deshonesta sufre una minoración de sus posibilidades objetivas, con las inevitables secuelas patrimoniales y morales, de tal forma que cuando se asestan los golpes mediáticos, sus posibilidades económicas y sociales se ven dañadas.
Aunque pareciera que en nuestro país ningún ciudadano está a salvo de caer en la vorágine de la nota amarilla y sensacionalista, y que golpe dado en la prensa nadie lo puede quitar, lo cierto es que no hay acciones sin responsabilidad. Así, en el caso de las personas que se vean afectadas tanto en el ámbito de su privacidad, como en el honor, la legislación civil establece la responsabilidad por daño moral, al cual define el artículo 1916 como “la afectación que una persona sufre en sus sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación, vida privada, configuración y aspectos físicos, o bien en la consideración que de sí mismo tienen los demás”.
El artículo anterior señala que cuando un hecho u omisión ilícitos produzcan un daño moral, el responsable del mismo tendrá la obligación de repararlo mediante una indemnización en dinero, con independencia de que se haya causado daño material, tanto en responsabilidad contractual, como extracontractual*.

* Fuentes citadas: Cantú Peña María Elena, Medios y poder. El papel de la radio y la televisión en la democracia mexicana. Grupo Editorial Norma.
Pizarro Daniel. Responsabilidad de los medios de comunicación.
http://www.juridicas.unam.mx/publica/rev/

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