Rafael Mendoza Castillo
Fetichismo, poder y creencias
Lunes 21 de Abril de 2014
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Enmarco estas reflexiones con el pensamiento de Federico Campbell: “No de otra cosa escribe Franz Kafka, de un poder sin rostro, ubicuo, enmascarado, que está en todas partes y en ninguna: el poder que no da la cara, el poder que amenaza: el poder que tira la piedra y esconde la mano”.
El mundo donde vivimos o sobrevivimos, no se presenta muy claro ante nuestros sentidos. Como aquel no es patente, hemos inventado conceptos, categorías para esclarecerlo, interpretarlo, interrogarlo e incomodarlo (pensar y acción constituyente). De esto se desprenden dos posibilidades, dejarlo como está o cambiarlo. Lo anterior implica un pleito, un conflicto, una lucha, que consiste en seleccionar un modo de pensar con determinados conceptos, ideas, creencias, saberes, conocimientos, que nos permitan la comprensión de la realidad, de la conciencia y de la acción. Estos tres componentes del mundo socio-histórico han sido constituidos por el poder de dominación y por lo tanto, están nombrados y significados por el orden social, su sistema político y la clase social a la que sirven.
Lo primero que debemos hacer es asombrarnos, sospechar, dudar de los sentidos y a veces de los nuestros, que la realidad ya tiene. A partir de esa posición frente al mundo, ir más allá de lo nombrado, de lo que está dado, hecho, es decir, construir otras opciones alternativas, no reiterativas de lo existente. Recordemos que Galileo, Copérnico o Marx no se colocaron desde La Biblia, sino que lo hicieron desde otros campos de saber, que les permitió incomodar a la conformidad de su tiempo. A unos los corrieron de su país y a otros, casi los matan. Este es el riesgo que asumen, quienes van más allá de lo que aparece a la vista, lo visible. Entender, entonces, que lo que se ve no es. Que el poder algo esconde o reprime. Por ejemplo, esconde la explotación entre el trabajo y el capital, y reprime los deseos de libertad de la gente.
Lo que se reprime o se esconde se tiene que reproducir para que el dominador pueda continuar robando el excedente de los demás (inflación, dígitos, macroeconomía, topes salariales, etcétera). Esta dominación no se hace con la fuerza solamente, sino que el poder se vale de la producción de ideas, creencias, saberes o conocimientos, que no tienen que ver nada con la verdad, sino con la mentira, el engaño, la manipulación.
Esto último con la pretensión de convertir al otro en un ser obediente, al que se le ha quitado su voluntad. Si el Papa Francisco (pide perdón, en lugar de hacer justicia) dice que hay que ir al encuentro con el otro, con los pobres, tiene razón. El problema está en que no lo hace llevando creencias o saberes liberadores, sino ideas conservadores, ilusiones más allá de la muerte, que al final mantienen a la gente atada al capitalismo corporativo. Los calmantes como la religión, el yoga, el futbol, la diversión, las drogas, ayudan a estar con el mundo, pero no lo cambian.
Recodemos que el poder es una invención humana. Nosotros lo inventamos y luego queremos justificar su existencia, recurriendo a elementos de fuerza, de derecho, de dioses, de obediencias, de obligaciones, de miedos. En ese juego de legitimaciones (consenso) y legalidades (derecho), se presenta la verdadera naturaleza del poder, que tiene que ver con un pleito entre voluntades. Una voluntad que se determina con la propiedad privada y la otra que le apuesta a lo público, lo de todos. Una voluntad que se instala y que tiene su contenido en un clase social, que usa el poder para acumular infinitamente riqueza, capital y la otra voluntad, que tiene su contenido en la clase subalterna, marginada, excluida, explotada y aspira a la comunidad solidaria, popular y libre.
La voluntad del dinero, del capital, de la plutocracia, de la oligarquía, establece su dominación, creando mecanismos que vengan a mantener su propio orden social, acompañado con su propio proyecto de país, de nación. Para ello, busca el cemento adecuado para reproducir y cohesionar a la gente en función de su ideología, concepción del mundo y de su interés como clase (hegemonía).
Así, nos convierten en fuerza de trabajo, mercancía, en clase asalariada, en individuos aislados, en consumidores, en súbditos, en votantes, en masas, en conciencias y prácticas reiterativas de lo establecido. Por eso, cuando los dominadores afirman que lo hacen por el bien de México (Pacto por México), de los jóvenes y que es lo que los mexicanos queremos, es falso. Porque su idea de poder no es servir a los otros, sino a sí mismos.
El poder de los dominadores se justifica con la ley y la legitimidad. Vemos que esto no se cumple. Porque la ley se hace facciosa y el poder político sufre un proceso de fetichización, que consiste en que el que representa el poder de la voluntad y de la comunidad, se coloca en lugar de esta última, esto es, se siente la fuente del poder (corrupción de la política). Lo contrario de la legitimidad es el poder de hecho y lo contario de la legalidad es el poder arbitrario. Acomodan la ley al gusto del cliente.
Vemos que la mano invisible-visible del mercado libre, abarca todas las esferas de la sociedad, ya nada se le escapa. Poder, mercado y capital, todo lo corporativizan. En lo militar viene la gendarmería para ocupar espacios y tiempos, y que los ciudadanos permanezcan atados a sus espacios y tiempos y no accedan a lo público, es decir, al espacio de la acción constituyente, la política. Convertir a las instituciones públicas en entidades privadas, en empresas al servicio del capital y sus negocios. Convertir a la política en administración, en planificación, esto es, en técnica (tecnocracia), para controlar a la sociedad, sus contradicciones de clase y sus contradicciones en opciones de futuro. Para el capital el presente de la explotación es eterno y no les hace falta ni el pasado ni el futuro.
El que domina explota y el que explota domina al otro, construyéndolo como esclavo en Hegel (amo), como fuerza de trabajo, como mercancía (proletariado y burguesía en Marx). Ambas formas se inscriben en la historia, no son parte de la naturaleza humana, sino construcciones sociales, culturales, políticas; las cuales podemos transformar y crear otras configuraciones sociales, donde lo primero sea defender la vida de la especie, de las personas y de la naturaleza. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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