Rafael Mendoza Castillo
El individuo y el sujeto
Lunes 19 de Mayo de 2014
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Como bien afirma Alain Touraine: “El individuo no es entonces más que una pantalla sobre la que se proyectan los deseos, las necesidades, los mundos imaginarios fabricados por las nuevas industrias de la comunicación”. A partir de aquí podemos visualizar la posibilidad de constituir al sujeto con voluntad de escapar a las fuerzas, reglas y poderes que nos impiden ser nosotros mismos. Veamos.
Hoy, el sujeto sufre el significado de lo ficticio, donde el objeto se disuelve en la formalización, esto es, en los objetos financieros y la tecnología programática. La totalización unidimensional absorbe las particularidades en el mundo globalizado por la clase supranacional, por el peso de lo sincrónico de los sistemas y por la tecnología, que subsume a la racionalidad social.
En lo anterior, aparece la razón técnica, como una identificación del sujeto, que lo conduce al pragmatismo de la acción social y se traduce, en una actitud practicista. Como bien afirma Ernesto Laclau: “El hiato entre clase en sí y clase para sí habría la puerta a una sucesión de sustituciones: el partido reemplazaba a la clase y el autócrata al partido”. La ilusión que se anida en el sujeto, por el lado de la duración de los objetos, se desvanece en la obsolescencia de los productos.
Las formaciones de conciencia del sujeto, en donde la verdad se particulariza, como lo concreto frente a lo ficticio, significa que en la verdad, los contenidos del mundo toman su determinación con eficacia, como capaces de potenciar nuevas direccionalidades en la historia y no como determinaciones puras en la identidad. La particularización de las determinaciones que se mantienen unidas en la configuración universal de la historia o como el pensamiento de la contradicción, frente al formalismo identificante.
El sujeto civil y su identidad particular se llena de lo universal, como acción política constituyente, pero a la vez de la singularidad de la persona (dignidad), que recupera el fondo natural, contenido en lo humano.
Para salvar del formalismo, de la mistificación, de la metafísica, de lo fenomenológico o de lo natural, a la libertad del sujeto, se requiere ubicar el problema en la dialéctica triádica (objetividad, subjetividad y praxis), cuyos contenidos no permanecen aislados en la oposición, tampoco unidos en la identidad inmediata (realidad- reflejo o teoría - práctica). Son transmutados entre sí, pero no se disuelven entre el ser y la nada, forman la objetividad, característica de lo histórico.
Como concreciones, los contenidos de la historia son formaciones sociales, construidas y no preexisten naturalmente. Su concreción no se refiere a lo inmediato, lo empírico, sino que se resignifica en la efectividad, donde la conciencia no es, sino siendo consciente, la praxis no es, sino constituyendo y la realidad social no es, sino construida y hecha consciente.
La identidad como formación de conciencia del sujeto, se configura en lo real, ya no como materia prima a disposición, sino como objeto; ya es sujeto con conciencia posible y acción generadora. La intersección de dichos contenidos constituye al sujeto, más allá de la identidad legitimadora y de resistencia. El caso mexicano de los últimos años, nos ilustra, con el desmoronamiento de las identidades legitimadoras del sistema político mexicano, mismas que se configuraron, vía la disciplina, la complicidad, y la lealtad, en torno al orden corporativo-institucional. Donde la jaula del nacionalismo, pierde su sentido referencial y la sociedad política, coloca un puente hacia la democracia.
El sujeto no cree en la jaula de un invernadero protegido (reformas estructurales), es una entidad nómada y rizomática. El sujeto, entonces, es rechazo, conciencia de sí y reconocimiento del otro, como sujeto, sin apoyo en ningún principio exterior, como la llegada del cielo a la tierra, la salvación y menos, de alguna visión del mundo, sea esta humanitaria o ecológica. Pues todos comprendemos que es el trabajo, mediante el cual el individuo se recompone y transforma en sujeto, al superar la apertura de los mercados y la clausura de una comunidad.
El sujeto fundado sobre la voluntad personal de deseo, no de amor o de felicidad, es la única fuerza que puede dar origen al diálogo y la comprensión, de las tendencias macroeconómicas que desintegran, tanto la experiencia personal, como la vida social. Estos eventos fracturan al sujeto, ya que es la pérdida de la subjetivación, ésta se deshace o no está construida en lo absoluto y nada se encarga de filtrar los efectos contradictorios del mercado, las comunidades o las pulsiones.
Por eso resulta necesaria la constitución de la individuación, ésta es más que el yo, ya que exige ser reconocida, tanto en los otros, como en sí mismo. Este reconocer es su propio fundamento y no procura legitimación, fuera de sí misma. El sujeto es el principio, en relación con el cual se constituyen las relaciones de cada uno consigo mismo y con los otros. De ahí, que el sujeto no sea un principio social.
En ese sentido, la identidad dejó de definirse por la adquisición de roles sociales. Ya quedaron a un lado las miradas y los controles omnipresentes, esto es, la imagen de las sociedades totalitarias y corporativas, como la mexicana. Estas sociedades nos colocan más en la marginalidad, que de pertenencia, más en la exclusión, que en la inclusión y de ambivalencias. Y ya no creemos, como bien lo decía Sigmund Freud, en la correspondencia de la personalidad y los roles sociales, sino en el malestar.
El padre del psicoanálisis desgarró la ilusión, de esa identificación funcionalista y mostró que el universo del deseo estaba en conflicto con el de la ley. No confundir la idea del sujeto, con la persona social, consciente de sus derechos y deberes, buen ciudadano y buen trabajador. El sujeto es más sufriente que triunfante, más deseo que posesión, más rebeldía, más cólera y más esperanza.
El sujeto es tensión acuciante, no armonía, es drama, es épica, es tragedia y sobre todo, un contenido social y político más visible, que la imagen de un yo en busca de un centro de gravedad móvil. Por lo general los invitados al sujeto son rechazados, los del yo, le saturan la casa. La moralización y la normalización, no pueden ser núcleos, donde se inscriba el sujeto de deseo y de libertad.
Hoy, las categorías morales pretenden ganarle el paso, a las categorías sociales. Por eso, no tiene caso hablar de formar al sujeto en los órdenes religiosos, políticos o sociales, ya que lo que provocamos es un incremento de sus amenazas; lo correcto es la afirmación de su libertad, con la ayuda de su trabajo y su cultura. La cultura como fuerza, que constituye su identidad, al dar un sentido a su experiencia. Es un testigo de la libertad. El sujeto es palabra y su testimonio es público, no es un moralista y menos un moralizador. Por ello, el sujeto histórico, no es el partido en el poder, el grupo, sino la figura del disidente, puesto que da testimonio contra los poderes de la alienación humana. El sujeto es impulsado por los esfuerzos que desplegamos para liberarnos del lugar que se nos asigna. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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