Aquiles Gaitán
El elefante
Martes 20 de Septiembre de 2016
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«Es más importante el desfile del 16 y la revista de las tropas de gala que utilizar las fuerzas especiales para acabar con la delincuencia en Tierra Caliente y la Meseta»
«Es más importante el desfile del 16 y la revista de las tropas de gala que utilizar las fuerzas especiales para acabar con la delincuencia en Tierra Caliente y la Meseta»
(Foto: ACG)

Aquel elefante majestuoso pulía sus colmillos de marfil tarde a tarde en las arenas del río en el cual se bañaba, tomaba agua, barritaba a sus anchas y presumía sus colmillos magníficos, hasta que un día, ya con los años a cuestas, aquel elefante majestuoso, al pulir sus colmillos de marfil en la arena de la playa del río, ya no pudo levantar su cabeza, el peso de sus colmillos magníficos se lo impedía y ahí quedó, murió contemplando sus colmillos de marfil. Así nosotros andamos presumiendo que somos primeros en esto, segundos en lo otro, que tenemos colmillazos, riquezas inagotables, pero nos moriremos viéndolos como el elefante, mientras los michoacanos se estratifican en riquísimos, ricos, medio ricos, pequeños propietarios de ranchos o casas, pequeños industriales y comerciantes, jornaleros, peones, empleados, desempleados; es decir, el pobrerío que demanda casa, vestido y sustento, comen, descomen y generan basura. Todos queremos dejar de mentarle la madre al responsable de tapar los baches cada vez que caemos en las profundidades de alguno, todos queremos policías honestos al servicio de la sociedad, no de las sociedades secretas; todos queremos vivir sin miedo a policías y delincuentes, todos queremos que la justicia sea justicia, que los representantes sean honestos, que los funcionarios sean probos. Todos queremos cuidar el medio ambiente, menos los propietarios de los bosques y selvas que hacen lo que quieren hasta en las áreas naturales protegidas o parques nacionales o zonas de reserva, pues un simple decreto que dicta una modalidad a la propiedad sin expropiación correspondiente es simplemente una farsa. El propietario del terreno hace lo que quiere. “¡No me puedo comer los pinos!”, me dijo un viejo campesino hacha en mano que tumbaba un pino descomunal para hacer leña y sacar ocote y, por supuesto, plantar aguacatitos.

Requerimos un órgano rector en cada pueblo que planifique las acciones de desarrollo urbano y cuidado del medio ambiente, creo que se llama “ordenamiento ecológico territorial”. Bonito nombre pero nadie le hace caso en las contadas localidades que han hecho el intento. ¿Por qué será? Primero, porque los municipios no saben quiénes son los propietarios de su territorio. El Catastro se reduce al Catastro Urbano de las cabeceras municipales con registros de valores en su mayoría ancestrales, sobre esos cobran el Impuesto Predial, dando por resultado la cuota mínima y consecuentemente una pobre recaudación de impuestos; los propietarios de huertas, ranchos, ejidos y comunidades no pagan nada de impuesto pues no existe el Catastro de la municipalidad. ¿A quién le exigen que cumpla con los ordenamientos si no saben quién es el propietario? Veremos en qué paran las clausuras de huertas de aguacate. Segundo, porque no existe una educación ambiental apropiada a los tiempos que nos ha tocado vivir, la educación cívica es orientada a los desfiles, efemérides y honores a la Bandera, no hay respeto al medio ambiente, así como no hay conciencia cívica.

La planeación brilla por su ausencia, lo que da lugar a que se disparen los discursos triunfalistas y el optimismo desbordado. ¿Y el plan de desarrollo?, ¿cómo vamos?, ¿por dónde comenzaremos o ya vamos lejos?

El discurso de la victoria está en todo lo alto, la confianza ciega en lograrla es a la vez fortaleza y debilidad, los deseos llevan aparejados los temores y los temores se confirman en una realidad que nos hace poner los pies sobre la tierra. Es cierto, no podemos dejar la felicidad para más tarde, pero el miedo, la falta de inversiones, la desilusión social, la matazón de parias, nos conducen al callejón sin salida del desencanto; pero estamos aquí, en Michoacán, en esta tierra nuestra que nos vio nacer y aquí están pasando las cosas, cada vida que se pierde tiene efectos en una familia y una comunidad, con las secuelas de viudas y huérfanos; cada vehículo incendiado es una pérdida irreparable, cada camión secuestrado por supuestos normalistas constituye un delito y una afrenta contra el orden establecido y la legalidad.

Sabemos bien que no hay nada tan destructivo como creer en un sueño ilusorio de una victoria en un conflicto si no tenemos los elementos para lograrlo; buscamos la sociedad ideal sin los elementos para hacerlo, hablamos de paz, no de justicia, en medio del caos y la inseguridad, con una ineptitud que espanta en la toma de decisiones. ¿De qué nos sirven las corporaciones de policías si no pueden ni detener la anarquía de los secuestradores de autobuses y camiones en la Meseta Purépecha?, ¿acaso no saben dónde están?, ¿acaso no saben quiénes fueron?, ¿acaso no pueden diseñar un operativo de rescate?, rescate no sólo de los camiones, si no de la propia dignidad, pues lejos de ser algo terrible es triste y trágico.

La Policía es grande por su tamaño y pequeña por su eficiencia, el Ejército se cocina aparte: mientras no se ordene el operativo no hacen nada, es más importante el desfile del 16 y la revista de las tropas de gala que utilizar las fuerzas especiales para acabar con la delincuencia en Tierra Caliente y la Meseta. Todo marcha bien en los cuarteles, no se preocupen, bien boleaditos, las insignias relucientes, las armas limpias y los marrazos afilados, mañana y tarde le rinden honores a la Bandera, los tambores y cornetas suenan marciales ¡todo en orden! ¿Y eso que? ¿Hasta cuándo van a comenzar un verdadero combate?

Por ahora el elefante barrita presumiendo sus colmillos de marfil paseando por la sabana, con orgullo inusitado, poco importa lo que en el entono suceda, él es el elefante.

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