Rafael Mendoza Castillo
Opinión
2 de octubre y Ayotzinapa no se olvidan
Lunes 3 de Octubre de 2016
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Enmarco estas reflexiones con el pensamiento de Sergio Aguayo : “Es responsabilidad del Estado la manera como se usa o pervierte el monopolio legítimo de la violencia pervertido en 1968. También tiene la obligación de someter esas violencias a las normas de un Estado de Derecho. Es la única manera de evitar que sigan repitiéndose los Tlatelolcos y los Ayotzinapas”.

2 de octubre y Ayotzinapa no se olvidan
2 de octubre y Ayotzinapa no se olvidan
(Foto: TAVO)

El pensamiento crítico y la acción política se enseñoreaban entre los estudiantes, fuerzas progresistas, democráticas y rupturistas del pueblo, el 2 de octubre de 1968 (no se olvida). Lo anterior provocó una pugna entre un pasado de injusticias, de autoritarismo, de pensamiento único, de presidencialismo absoluto, partido único y un futuro de esperanza, de utopía, de emancipación humana.

¿Qué reclamaba el movimiento estudiantil?: 1. Libertad a los presos políticos. Destitución de los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mediolea (de la Policía), así como también del coronel Armando Frías (jefe del cuerpo de granaderos). 3. Extinción del cuerpo de granaderos, instrumento directo de la represión y no creación de cuerpos semejantes. 4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal (delito de disolución social), instrumentos jurídicos de la agresión. 5. Indemnización de las familias de los muertos y a los heridos, víctimas de la agresión del 26 de julio en adelante. 6. Deslindamiento de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de las autoridades a través de la Policía, granaderos y Ejército.

Ayer domingo 2 de octubre de 2016 se cumplió un aniversario más de la masacre de estudiantes y gente del pueblo. Este crimen fue orquestado desde la maquinaria de poder del Estado mexicano, autoritario y represor. En ese momento de nuestra historia estaba como presidente el cruel y colérico Gustavo Díaz Ordaz. Desafortunadamente todavía no se ha castigado a los culpables, vivos o muertos. La herida continúa abierta y no se ha hecho justicia a los caídos en la Plaza de las Tres Culturas. ¿Hasta cuándo?

Al plantearnos la tarea de reflexionar, de manera crítica, sobre el hecho histórico del 68 en México, lo podemos hacer desde la perspectiva de la función, de la utilidad o de la legitimidad, en términos de validez teórica del saber histórico.

A partir de las premisas anteriores vemos que los grupos o clases en el poder utilizan, de manera pragmática, su propio discurso histórico para justificar, no para dilucidar, la acción absoluta del poder en los sucesos del 68 o de Ayotzinapa. Lo anterior revela la inscripción de ese saber histórico como fundamento de la práctica de la clase hegemónica para mantener la estabilidad del sistema.

Para algunos intelectuales orgánicos ubicados en el funcionalismo del saber histórico, los sucesos del 68 son accidentes naturales o riesgos de la democracia. Este saber acaba por tener validez según su conformidad con alguna finalidad circunstancial, ocultando con todo ello la inviabilidad de un modelo de desarrollo social que el pueblo ya no podía, ni puede hoy, seguir aceptando y defendiendo.

Los sucesos del 68 y los 43 estudiantes desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa no solamente deben analizarse desde la trinchera de saberes históricos de anticuarios o de historias monumentales, sino que estamos obligados a repensarlos a fin de orientarnos y explicarnos la realidad de nuestros días y los hechos del presente, además descubrir, a través de las rupturas históricas, los niveles de desarrollo democrático y social alcanzados o también los estancamientos y olvidos.

El movimiento del 68 es un hecho histórico cuya bandera de lucha antiautoritaria tiene vigencia todavía en nuestro tiempo, porque al poder que se enfrentaron no tiene capacidad para incorporar, de manera crítica, esos acontecimientos y, en consecuencia, para asumir comportamientos democráticos ante la sociedad civil, sino que cada día sus estructuras de dominación se hacen más fuertes e irracionales.

Ante la urgente necesidad de no dejar que se pierda nuestra memoria histórica, de explicarnos lo que acontece en el México de hoy, recurrimos al estudio de los hechos que han afectado la colectividad y develar las estructuras de un mundo social injusto y autoritario.

En ese horizonte se ubica el movimiento del 68. Este no debe ser un hecho histórico convertido en objeto para la retórica culpable del poder establecido, sino un acontecimiento que va más allá del inmediatismo y permite penetrar en el conocimiento de la realidad para adecuar de mejor manera nuestras prácticas políticas y legitimar los proyectos colectivos y sociales.

El movimiento del 68 no sólo fue el grito de las personas agobiadas por el poder, sino que adquiere la categoría de hecho histórico ya que rebasa las individualidades y las personas. Se inscribió en un proceso abarcador de necesidades sociales, de reclamos populares y orientados por las clases subalternas que exigían la entrada a la modernidad de la racionalidad democrática y de la libertad, sentidos contrapuestos a la práctica del poder absoluto y unipersonal.

Los jóvenes del 68, con su rebeldía, con su accionar político y con su romanticismo, pusieron en entredicho el mito del presidencialismo y el injusto modelo capitalista, justificado por la ideología de la Revolución Mexicana, la cual ya había sido traicionada. Como bien lo afirma Julio Scherer García: “Nuestros presidentes no son líderes políticos, son jefes burocráticos.

Su primera obligación es para los grupos que los llevaron y los mantienen en la cúspide”.

La trágica e irracional respuesta que dio el poder al movimiento estudiantil reveló que el objetivo del poder es el poder mismo, nunca el ejercicio del derecho o la razón. Asimismo, dicha gesta juvenil recuperó, para la sociedad civil, la duda en las instituciones políticas y los grupos que las administran.

A partir de esa fecha los mexicanos ya no somos los mismos, ya no podemos fácilmente aceptar una identidad nacional en torno a un Estado y a un gobierno que no utiliza las instituciones para servir al pueblo, sino para agredirlo y reprimirlo. 1968 es fecha en la que se echó por tierra el monolitismo en el ejercicio del poder y acicateó la conciencia de los mexicanos para avanzar con una sociedad civil autónoma hacia otros rumbos históricos.

Todos sabemos que el Estado y sus dirigentes actuales no retoman los acontecimientos del 68 para rectificar las acciones del Estado en función de la colectividad, de la defensa de la soberanía y de la independencia del país, sino para mantener el poder establecido y el fortalecimiento de las estructuras lógicas de dominación.

El presupuesto del grito de rebeldía del 68 sigue siendo la crítica, la duda, la reflexión contra lo establecido. Constituyó un pensamiento de ruptura y de cambio como armas de lucha que los jóvenes y el pueblo de hoy deben retomar para hacer de este hecho histórico, no un acontecimiento petrificado, sino un proceso dinámico que oriente y explique las cosas de nuestro tiempo. Por eso Carlos Monsiváis tiene razón cuando dice: “El movimiento del 68 es la primera resistencia masiva a la arbitrariedad policial y gubernamental que la capital conoce en varias décadas”. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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