Aquiles Gaitán
¿Entierro o incineración?
Martes 4 de Octubre de 2016
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Fachada del Centro Especializado de Recursos Humanos de Alto Nivel en el Sector Automotriz, en San José Chiapas
Fachada del Centro Especializado de Recursos Humanos de Alto Nivel en el Sector Automotriz, en San José Chiapas
(Foto: Cuartoscuro)

Todos hemos tenido ilusiones y frustraciones, grandes o pequeñas, unas y otras acompañan nuestra vida. Cuando las frustraciones son grandes, nos llevan al enojo, a la indignación o a la tristeza y la melancolía; es cuando uno se interroga sobre la vida misma, ¿Qué caso tiene vivir?, ¿para qué?, ¿por qué? Cuando las razones de la vida se van terminando o ya no existen razones que valen la pena, o los caminos se vuelven imposibles, se piensa en cómo terminar la vida; desfilan por la mente todos los finales conocidos, los abruptos de pleitos o asesinatos, los consabidos de héroes o mártires, las muertes naturales por la simple y sencilla razón de que ya es la hora o la muerte por voluntad propia, producto de profundos razonamientos, profundas desilusiones y profundas depresiones. ¿Ha pensado usted en la muerte?, ¿ha pensado usted en el suicidio?, ¿en el entierro o la incineración?; si no lo ha pensado, pues ni lo piense, el día que la muerte llegue, ¡que llegue!, y esto se acaba. Mientras eso sucede debemos desentrañar las interrogantes que nacen de nuestra propia existencia, de nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, de las formas de organización de los hombres en el mundo, del diálogo permanente entre los países, del diálogo permanente entre los hombres y el diálogo permanente con nosotros mismos.

Lo que para unos es bueno, para otros no; lo que para unos es pecado, para otros no, ¿los conceptos y las palabras tienen significados diferentes para unos y para otros? Creo que no, la palabra contiene un significado preciso, inalterable, es el lenguaje con el que nos entendemos todos, pero somos diferentes, producto de la educación y el aprendizaje del medio donde vivimos. ¿De dónde han salido los bandidos y los asesinos?, ¿los han educado para eso? O en su diálogo interno ellos han decidido como cosa natural el robar o quitarle la vida al prójimo por unas monedas.

“¡Qué pendejo!”, escuche decir a un sujeto que se expresaba así de un hombre honesto que, teniendo oportunidad de robar y enriquecerse, dada la circunstancia y posición laboral en el gobierno, no lo hizo, en un acto de coherencia y fidelidad con el mismo, con su moralidad y el respeto a los demás.

Mientras existan esos que piensan así, los que creen que “el que no tranza no avanza”, esta sociedad en que vivimos vivirá en el pantano de la corrupción y el deterioro paulatino de las instituciones. Es cierto, los bandidos viven a sus anchas sin aparente pena ni remordimiento, gastan el producto de sus latrocinios, pero en el fondo de su conciencia llevan la carga emotiva que tarde o temprano los aplasta a ellos y a sus descendientes, hijos de la corrupción y de otra cosa.

Se han levantado las banderas de la honestidad y el combate a la corrupción desde el seno mismo del partido que hoy está en el poder de la Federación, han sometido al escrutinio a tres gobernadores salientes de su mandato con miras a la expulsión del partido por corruptos. ¡Claro!, si no lo hubieran hecho, los hubiera exhibido el gobernante entrante, ¡y hay más!, señalados por su cinismo y desvergüenza por robos escandalosos y evidentes.

Presumo que al gobierno federal llegan puras blancas palomas. Hay un gesto bondadoso, aplaudido, agradecido e inexplicable: se regalaron millones de televisiones con el pretexto de un apagón analógico derivado de las famosas reformas estructurales. ¿Quién? ¿cómo?, ¿a quién se las compraron? Millones de mexicanos, pobres supongo, recibieron las televisiones para recibir la señal de un mensaje embrutecedor por un lado, político e ideológico por otro, penetración cultural pura de una telebasura idiotizante, de una cultura colonizadora, banal, alienante, que tiene al pueblo de México viendo y escuchando lo que le ofrecen los manipuladores, las actividades del presidente y gobernadores, los logros de las fuerzas de seguridad, el modelo de vida norteamericano, las teleseries de El Señor de los Cielos, las muñecas de la mafia, futbol y propagandas de entretenimiento superfluos y vanos, pero no sólo eso, hoy se paga por ver los canales, así como se paga por usar las carreteras y todos felices y contentos.

Es necesario replantear el diálogo de los mexicanos, de los michoacanos. ¿Qué Michoacán queremos?, ¿qué México queremos?, ¿hacia dónde vamos con estos proyectos de desarrollo que cada vez nos hacen más dependientes del exterior cultural y económicamente? Hoy aplaudimos y estamos eternamente agradecidos porque alguna transnacional venga a invertir a México, ¡brincos diéramos por que vinieran a Michoacán!, la agricultura sueña con la exportación y aquí tenemos a los acaparadores y socios locales para acomodar los cultivos con ese fin. Lo nuestro, las variedades de frutas locales, de granos nativos, las agroindustrias, las pequeñas industrias derivadas de los oficios, ¡eso es la historia! Nos interesa estar en la aldea global con el último modelo de celular, de coche, de ropa, de calzado, ¡todo importado! Y lo que aquí producimos viene de máquinas con patente extranjera, para eso estamos en el mercado mundial, somos simples acólitos del imperialismo.
¿Acaso no existe otra alternativa?, ¿a quién beneficia actualmente la globalización? Es cierto que México ha crecido, pero los ricos son más ricos y cada vez son menos y más ricos, frente al pobrerío que cada vez son más y cada vez más pobres; debemos buscar la forma de repartir la riqueza en forma más amplia, de lo contrario las frustraciones, el enojo, la indignación, irán creciendo directamente proporcionales a la globalización a la colonización de las transnacionales, que ya las tenemos hasta en la cocina con eso de las reformas estructurales. Pasarán muchos años para revertir el proceso, no podemos cambiarlo fácilmente; no puede haber a corto plazo un cambio por medio de las armas porque las condiciones no están dadas, diría elegantemente un revolucionario sumido en la tristeza, pero necesitamos un cambio que aproveche, al menos, los beneficios de la globalización en favor de la mayoría de pobres. El problema a resolver es cómo. El modelo ideal sería una educación de lo mejor, no digo de calidad porque ese concepto está politizado, con una educación superior con base científica y tecnológica que nos permita desarrollar los talentos del futuro, que la universidad deje de ser una fábrica carísima de desempleados y en el mejor de los casos, empleados mediocres o subempleados, pero ya ve usted, un mes sin clases porque unos zánganos no dejan entrar a los maestros, alumnos y trabajadores, quienes mansamente, indolentemente, dejan al rector a su suerte, frente a la canalla. ¿Cómo vamos a motivar a los emprendedores?, ¿cómo vamos a transformar a los oficios en pequeñas industrias? Sólo con organización y cumpliendo cada quien con el compromiso contraído: los maestros, a clase; los alumnos, a estudiar; el gobierno, a gobernar. Retomemos el diálogo con el mundo para poder entendernos entre nosotros mismos, para poder entendernos nosotros mismos, antes de pensar en el entierro o la incineración.
Postdata: ¡2 de octubre no se olvida!

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