Ramón Guzmán Ramos
Gobernabilidad cuestionada
Sábado 15 de Octubre de 2016
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El Estado ha perdido en esta fase la capacidad para reconocer las causas de los conflictos y darles el tratamiento y las soluciones que por justicia les corresponden.
El Estado ha perdido en esta fase la capacidad para reconocer las causas de los conflictos y darles el tratamiento y las soluciones que por justicia les corresponden.
(Foto: Ernesto Hernández Doblas)

En ausencia de gobernabilidad sobreviene el caos. El caos es la pérdida sistemática de los controles que desde el gobierno se tenían sobre la sociedad. Tales controles pueden ser de índole democrática o proceder de un Estado autoritario. En el primer caso, los gobiernos surgen de mecanismos donde la participación de la sociedad se da en diferentes grados y niveles. En el otro caso, el gobierno simplemente impone sus decisiones sin tomar en cuenta la voluntad y las necesidades de los ciudadanos y los movimientos sociales. Puede ocurrir que el gobierno pierda eficacia en sus capacidades de operación y que se vea rebasado por las exigencias de la sociedad. El poder que pierde el gobierno en sus facultades para mantener una relación estable con la sociedad pasa, de una manera fragmentada, a los grupos que desde la sociedad, legítima o ilícitamente, deciden resolver sus necesidades actuando por su cuenta y haciéndose de los medios que tienen a su alcance o que pueden conseguir.

Está también la cuestión de la legitimidad. Todo gobierno se sostiene por el apoyo y aceptación que logra conseguir de parte de la sociedad, por un lado, y del monopolio que tiene de las fuerzas públicas, por el otro. Las corporaciones policiacas y el Ejército, sin embargo, no bastan para imponer y mantener el orden.

Cuando el descontento de la sociedad adquiere expresiones organizadas que se convierten en movimientos de reivindicación y de reclamo, al Estado sólo le queda ahogarlas por la fuerza.

Lo que realmente le otorga legitimidad a un gobierno es el respaldo que desde su ascensión al poder le da la mayoría de ciudadanos. El gobierno empieza a perder este respaldo cuando sus acciones contradicen lo que había ofrecido, cuando sus políticas públicas se deciden y se aplican para eliminar derechos fundamentales y conquistas históricas de amplias franjas de la sociedad. De la misma manera, cuando el Estado deja de representar los intereses legítimos de la sociedad y se separa de ella para definir con libertad sus preferencias por otras clases y grupos de privilegio. La vulnerabilidad del Estado la aprovechan entonces quienes se dedicaban a actividades ilícitas desde la clandestinidad y ahora pueden imponer sus propias leyes haciendo trizas lo que alguna vez se llegó a conocer como el Estado de Derecho.

Cuando el Estado se separa de la sociedad es obvio que la deja abandonada a su suerte. Se deshace de sus principales responsabilidades públicas y deja que los ciudadanos paguen de sus bolsillos el costo de lo que antes debía cubrir el Estado. De esta manera, servicios y programas que eran derechos fundamentales de la sociedad, como la educación, la salud, la seguridad, la cultura, el empleo, la alimentación, la vivienda, por mencionar los más emblemáticos, pasan a ser responsabilidad directa del ciudadano común. Cuando el descontento de la sociedad adquiere expresiones organizadas que se convierten en movimientos de reivindicación y de reclamo, al Estado sólo le queda ahogarlas por la fuerza. El Estado ha perdido en esta fase la capacidad para reconocer las causas de los conflictos y darles el tratamiento y las soluciones que por justicia les corresponden. Cada vez se arrincona más en sus propios recintos fortificados. Pero incluso en estos espacios aparecen problemas, el riesgo de fisuras internas.

¿Qué decir de la seguridad? Vivimos en un país de víctimas y victimarios. No sólo los delincuentes nos mantienen en una situación de incertidumbre y de zozobra permanentes. También el Estado comete abusos y omisiones contra los ciudadanos inermes. Nadie se siente seguro en ningún lugar. De hecho, nadie lo está. Los ciudadanos han tenido que organizarse y actuar también por su cuenta ante esta amenaza. Sustituyendo las funciones del Estado, grupos de autodefensa han surgido por diferentes regiones del país y han tenido que enfrentar a la delincuencia, aunque a la postre estos mismos grupos se han contaminado y acaban por convertirse en eso contra lo que luchaban. Hasta los vecinos en las colonias aplican mecanismos de alarma y detienen, someten y llegan a linchar a delincuentes. No estamos en realidad ante una situación de Estado fallido, sino de Estado ausente. Alguien diría que es lo mismo… y podría tener razón.

Vivimos en un país donde la gente puede ser asaltada en su casa o en la calle, en el trabajo o en la escuela, en el parque o en los vehículos de transporte; donde cualquiera puede convertirse en una víctima fatal, perder la vida en un asalto o hasta en un incidente de tránsito, desaparecer como el humo sin que nadie nunca pueda volver a dar razón de su suerte, ser detenido en alguna protesta y recibir condenas desproporcionadas e injustas, ser secuestrado aunque no sea poseedor de grandes riquezas, extorsionado por teléfono o por cualquier medio, perder el trabajo por atreverse a pedir un aumento de sueldo, morir en alguna antesala de hospitales públicos porque nadie se dignó a atenderlo con prontitud y eficiencia. La lista podría ser tan larga como lo es ya desesperación de la gente.

En ausencia de gobernabilidad, lo que deviene son fenómenos de ingobernabilidad que se reproducen y se extienden por todo el territorio hasta crear una situación de caos generalizado. El gobierno podrá tener un origen legal, incluso democrático, pero en el transcurso de sus funciones habrá perdido los controles y la relación de consenso con la sociedad, de manera que perderá también su legitimidad. Es cuando toca a la sociedad restablecer desde abajo, de una manera horizontal y con una nueva visión de las cosas, las estructuras que hagan posible pensar en nuevos sistemas de organización y de composición social de los órganos de gobierno, en nuevos tipos de gobierno.

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