Ramón Guzmán Ramos
Y retiemble en sus centros la Tierra
Sábado 22 de Octubre de 2016
A- A A+

Y retiemble en sus centros la Tierra.
Y retiemble en sus centros la Tierra.
(Foto: Carmen Hernández )

Las críticas más viscerales e intolerantes han provenido de un sector de la izquierda que no se propone cuestionar de fondo, ni mucho menos transformar sustancialmente el sistema económico y político que nos domina, sino hacerlo menos agresivo y, de ser posible, más benévolo y protector con los sectores victimizados de la población. Es también esa parte de la izquierda electoral que ha roto con el PRD y que se ha organizado o simpatiza con la nueva candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador. Las reacciones ante el anuncio del Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en el sentido de que llevarán a consulta de sus bases la propuesta para participar con una candidata indígena en los comicios de 2018, han sido inusitadas y extrañamente agresivas. De inmediato, y sin mediar un análisis objetivo, desprejuiciado, no sectario, han acusado a las organizaciones postulantes de hacerle el juego al gobierno con una propuesta que tiene la intención de dividir al electorado de izquierda y provocar con ello la probable derrota de Morena.

Habría que partir del reconocimiento de que una postura como la que sostienen en estos momentos el CNI y el EZLN con respecto al proceso electoral de 2018 es legítima. La izquierda nunca ha sido homogénea en ninguna parte. Desde luego que lo ideal sería que todas las corrientes lograran acuerdos de unidad en cuestiones fundamentales como la que nos ocupa, pero el hecho es que las diferencias llegan a ser tan grandes que se crean distancias abismales. En tiempos de crisis sistémica lo primero que habría que plantearse es si se puede y se debe salvar el sistema en cuestión con medidas o reformas que eviten su colapso, o pensar en un sistema nuevo, totalmente distinto, que funcione con la participación de todos y para beneficio de todos. Una de las expresiones más agresivas e infames de esta crisis es la violación sistemática de los derechos humanos que sufre diariamente la población. Podríamos hablar ya de una profunda crisis humanitaria. Quienes forman parte del sistema político y económico que nos somete no pueden, aunque digan lo contrario una y otra vez, resolver de fondo la situación. Hasta ahora no teníamos una propuesta que se atreviera a plantear un cuestionamiento de raíz y la posibilidad de construir algo que no replicara el modelo que nos desangra. La propuesta indígena tiene derecho a decirle al pueblo con una voz distinta lo que podría ser una suerte que no sea ésta que hoy nos asfixia.

Quienes hacen la propuesta de una candidata indígena afirman que no irían a la campaña en busca del poder. De inmediato, las reacciones se han volcado también contra esta postura. Para los partidos tradicionales, incluyendo los que se asumen de izquierda, la cuestión del poder es fundamental; de hecho, es el objetivo a lograr. Todas sus acciones se diseñan y se concretizan en función de esta perspectiva. Se trata de un poder que se ve como un espacio reducido que debe ser ocupado sólo por un grupo pequeño de políticos profesionales quienes, por cierto, gobernarían en nombre y, por lo general, en sustitución de las grandes masas populares. Es el tipo de poder por el que luchan y se hacen pedazos los contendientes. De ahí la facilidad con que caen en la corrupción. Lo que nos dicen quienes nos hablan desde una experiencia diferente es que el objetivo primordial es el camino, el recorrido, todos esos espacios que pueden ser ocupados por la sociedad en movimiento. No es esa clase de poder que nos han hecho padecer desde siempre. Es, por el contrario, el poder que se levanta desde abajo, con una visión horizontal de la perspectiva, con las voluntades, los brazos y los pies de todos. De lo que se trata es de impulsar un gran movimiento de masas con un alcance de vista que llegue hasta donde las cosas, que ahora nos parecen imposibles, se vuelvan viables. Si algo así se consigue, la eventualidad de los comicios pasa a segundo término. Sería como el acto de confirmación de un poder que se ha creado a ras de piso y que encarna en la voluntad de todos. Son los procesos los que dotan de poder al pueblo y no los espacios reducidos desde donde se pone a funcionar la maquinaria de dominación.

Otro señalamiento es que su propuesta es exclusivamente indígena. El resto del mundo quedaría excluido, sería discriminado, quedaría si acaso en segundo término. Me parece que es como el síndrome del espejo invertido. Quienes se empeñan en salvar este sistema que está a punto de colapsar no pueden pensar en términos distintos. Cualquiera que se meta a la arena por el poder lo hace para aprovecharse de él y tomar venganza de sus adversarios. Acá se trata, por el contrario, de demostrar que todo se puede hacer de otro modo, del modo, precisamente en que la gente de abajo se ve a sí misma más allá de cualquier tipo de frontera. Podemos pedirles que lo hagan explícito, que nos digan que en su propuesta cabemos todos, que sólo quedarían fuera los que se empeñan en alimentar un sistema que se sostiene sobre los huesos y la sangre, sobre el dolor y la desazón de la inmensa mayoría de la sociedad mexicana, y no habría problema.

El pueblo merece una opción como esta. En otras coyunturas su postura, en efecto, ha sido diferente. Pero las posturas cambian cuando cambian las circunstancias. Tocará a la sociedad decidir si legitima con su aceptación esta propuesta, si la hace suya o sólo deja que corra y se diluya. Lo que no tiene discusión es que nadie les puede negar el derecho a presentarse como lo han hecho y con la propuesta que ya se encuentra

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

Independentistas

La naturaleza del poder

Marichuy

La revolución en su laberinto

La toma del cielo por asalto

Una dictadura disfrazada

En defensa propia

Normalistas

Por la candidatura presidencial

Una utopía menor

La hora de Comala

El segundo más violento

Conflicto en Bachilleres

Arantepacua en el corazón de Bachilleres

Opacidad

Ingenuidad

Bono de fin de año

Frente amplio electoral

El socialismo irreal

País en vilo

Del pasmo a la resistencia

CNTE: Un balance necesario

Ícaro y el arrebato del vuelo

Y retiemble en sus centros la Tierra

Gobernabilidad cuestionada

El hombre como un ser erróneo

Adolescentes embarazadas

Rechazados

La necia realidad

¿Cuántas veces última?

La vuelta a clases

El enfoque crítico en educación

El Diablo no anda en burro

La imaginación y la subversión de la realidad

Entre la incompetencia y la demagogia

Educación para la vida

Las trampas del diálogo

Diálogo

El profesor Filemón Solache Jiménez

La mujer es la esclava del mundo

Culpables, aunque demuestren lo contrario

Razón de Estado y Estado sin razón

La amenaza y la represión como oferta de diálogo

Albert Camus y el mito de Sísifo

Albert Camus y el mito de Sísifo

El oficio de escribir y la emergencia de la realidad

Los brazos de Sísifo

Ayotzinapa: Tiempo funeral

La cultura al último

Estado de excepción

Cherán y su rechazo al Mando Único

Sección XVIII: El congreso inconcluso

C e s a d o s

Reminiscencias

Sección XVIII de la CNTE: El poder que desgasta

El amor en la boca del silencio

El amor en la boca del silencio

Francisco superstar

Partir de cero y quedarse allí

Comisionados sindicales

Cómo distraer a un país

Que paguen los que siempre pagan

El debate por la cultura

Democracia sin oposiciones

Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas

Colectivos pedagógicos

Evaluación con policías y leyes a conveniencia

La violencia nuestra de todos los días

La suerte de Renata

La piedra de Sísifo

Contra la imposición

Ícaro y el arrebato del vuelo

La culpa la tiene el pueblo

El fin de las utopías

Congreso Estatal Popular de Educación y Cultura

La era de Pandora

El otro debate

La estrategia del endurecimiento

Yo soy 132

Evaluar para sancionar

Célestin Freinet

En busca de Jorge Cuesta

Iniciación a la lectura

Cherán y su relación con los partidos

Deslinde

Encuentros

Una vida

Después de la oscuridad